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Erase Una Vez

Mengánez

Mengánez Desde que le oí a mi amigo Mengánez decir que sus mejores amigas eran las novias de sus amigos, ya no fue más mi amigo ni vio más a mi novia. Y aunque él juraba (perjuraba, diría yo) que ya tenía novia en su pueblo y que sólo había sido sincero conmigo porque era su amigo, yo, que sabía que era alto, rubio, de ojos azules, con carita de niño bueno, deportista, muy simpático y que tenía en su revólver más muescas amorosas que Billy el niño gente asesinada, le retiré mi amistad y mi confianza.

Por eso me extrañó que, después de tantos años y aprovechando que el tiempo esconde recelos, estuviéramos cenando en una pizzería del centro de Aguilas, hablando de pasados lances de estudiantes, del presente de lejanos amigos y de mi antigua novia, ahora su mujer.

Comprobé que mantenía su filosofía de la vida y que seguía obteniendo sus mejores amigas de las mujeres de sus amigos, y lo sacó a relucir dos veces, dos. Pero esta vez no me alteré. Incluso le reí la gracia, aunque maldita la gracia que me hacía. Los recelos se estaban desperezando de su letargo. Pero como lo conocía y sabía que no era de los que malgastaba palabras esperé a ver lo que se llevaba entre manos.

Entre la segunda y tercera cerveza, me terminó proponiendo que siguiera su filosofía de encontrar filón productivo entre las esposas de mis amigos.... como la suya... (“porque yo soy tu amigo ¿verdad?”). Sonreí con placer. Me había levantado la novia y ahora me la devolvía porque le quemaba en las manos, y jugaba con mis sentimientos dormidos y los de ella, que según le fui sonsacando seguía añorando una relación que pudo ser pero que no fue. Me explicó los celos de su mujer, o de mi antigua novia, como se prefiera, y las ventajas que tendría para él, con sus visitas a esos lejanos amigos... y sus mujeres, claro, y de las que disfrutaría yo, el despertar del primer amor, el mejor, el de los impetuosos y cálidos abrazos, el que me hacía sonreír mirando al cielo cada vez que me acordaba de ella, y el que me desgarraba el corazón cuando pensaba que ya no estaba...

Llegamos a los postres. Entre amplias sonrisas encargó una botella de cava para rematar la cena y celebrar mis silencios y mis miradas de desconcierto. Me estaba tentando en un pulso entre mis sentimientos y su deseo. Y al final (como soy humano tuve que esperar al final) le susurré la respuesta a sus plegarias:

-“Mengánez, cómo me gustaría, Mengánez, no sabes cómo me gustaría. “ y nos serví las dos últimas copas de cava mientras su rostro de niño bueno alumbró una última sonrisa en el brindis .

-“Pero mi mujer, tu antigua novia, no me perdonaría nunca que fuera tan idiota. Por cierto, te manda recuerdos desde la mesa de enfrente”.

Y me levanté a buscar a mi esposa, que le dijo al pasar “Paga también aquella cena.” Y nos fuimos paseando a disfrutar de la brisa del mar.

Después de todo nos la debía ¿no?.
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2 comentarios

Essss -

el tío qué buitre...

mox -

Buitre acanallado en vuelo rasante...
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