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Erase Una Vez

Velitas, cava y perfume

Question?

Question?

¿Alguien te ha dicho alguna vez (mirándote a los ojos y respirando tu mirada): me gusta pasar el tiempo contigo?

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Gotas de vida

Gotas de vida

Poco más o menos la frase era así.

Hay personas que entran en tu vida destinadas a salir de ella. Aunque las quieras y las abraces muy fuerte, lo único que consigues es que tarden un poco más en irse.

Y ahora digo yo.

A veces su estancia con nosotros es tan sólo de unos meses, y en esos casos te das cuenta que son esas gotas de vida que te regala el destino y que te llevarás a todas partes grabadas a fuego en tu retina y en tu alma.

Ayer descolgué del armario de mis sueños, la camiseta del recuerdo. Estaba entre otras, remezclada  con las de mis posibles futuros y con las de mis vidas anteriores. Y en un bolsillo encontré una de estas gotas de vida. Mari Jose. Tan solo puedo hablar del suave dulzor que me llenaba el pecho al despertar esta mañana.

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Mi desesperación

Mi desesperación

Estaba sentado en una de esas alargadas heladerías rectangulares que sobreviven en los picos esquinas de pueblos de sol y playa. Un gran mostrador, recubierto de arriba a abajo de espejos limpios como patenas, corría de un lado al otro del local. Las mesas se situaban frente al mostrador, de modo que, todos los que estábamos sentados, nos reflejábamos en ellos  brillantes bajo la excesiva iluminación del local.

Delante de mí, en una mesa contigua, un hombre y una mujer, cuarentones ya, conversaban animadamente.

Podía ver la cara del hombre fumando sus cigarrillos hasta la boquilla, mirando sin ver el otro lado del bar, para así reconcentrarse en la historia que estaba contando. Me ofrecía su perfil y así, sin necesidad de espejo que reflejara su imagen, pude distinguir sus cejas espesas y canosas, su nariz romana absorbiendo en cada calada profunda, los restos de humillo que se desprendían de la punta abrasada de su cigarro y los gestos tan expresivos de sus grandes manos que, suavemente, pintaban en el aire las palabras que resbalaban de sus labios.

La mujer me ofrecía generosamente su espalda. Llevaba un vestido sensual, muy ceñido y alegre, lleno de rosas, rojos y limones sobre crema. Una cabellera castaña quemada por las horas de playa se le descolgaba ligera como mi sofocada imaginación. Por debajo de la mesa, el vestido dejaba entrever unas pantorrillas morenas, duras y bien torneadas.

La mujer, con movimientos flexibles de querer fundirse en su pareja, jugaba a déjame acercar, que me alejo. Continuamente cruzaba y descruzaba las piernas, se desplazaba unos centímetros de su asiento y se distorsionaba hacia el hombre.

Me enganchó como me enganchan y me alimentan las puestas de sol limpias o los amaneceres de rayos de sol naranjas prisioneros entre nubes que poco a poco se liberan y explotan brillantes de color. Y así pude alimentarme de sus interminables piernas cruzadas acompasadas en ligeros temblores rítmicos, pude alimentarme de sus caderas voluptuosas que se aplastaban arrastrándose por el asiento de la silla y por fin, pude alimentarme con la ”S” torcida de su espalda cuando se vencía hacia el oído imperturbable de su pareja y se recostaba cara con hombro, como buscando un suave colchón de plumas en el seno de su hombre.

No alcancé a verle la cara. Pensé que, como los espejos eran grandes, al final se la descubriría, así que dejé que el tiempo hiciera su trabajo.

Pero no aguanté. Me pudo la impaciencia.

Moví la cabeza hacia todos los lados buscando el reflejo que me enseñara su imagen. No hubo manera. Desplacé con disimulo la silla hacia un lado para abrir el ángulo de visión pero su cara se me negaba. La moví un poco más hacia el otro lado sin llamar demasiado la atención, a riesgo de romper la magia del momento, pero tampoco.

Me puse enfermo de imaginación cuando el espejo me devolvió el apretón de manos que le dio ella por debajo de la mesa. Fue una búsqueda desesperada por entre los pantalones, búsqueda ciega, de palpar hasta encontrar la mano de él y atesorarla con cariño entre las suyas.

Hice un nuevo intento. Tiré las llaves al suelo ahogado por la impaciencia de firmar ese cuerpo con un rostro relleno de amor y ojos lánguidos y las recogí buscando desesperado su cara. Pero mi mal disimulado acto sólo cosechó una silenciosa ojeada de reproche de un hombre molesto que me hizo acobardar y bajar la mirada arrepentido de una intrusión que fue inútil porque el espejo, al fin y al cabo aliado de esa pareja, me negó su semblante.

Entonces el hombre se removió en su asiento y le susurró a la mujer una sonrisa, un beso y una caricia. Se levantaron, pagaron y se fueron. En su espalda se llevó escrita mi desesperación. Seguro que cuando ella ladeó su cabeza hacia él, le tuvo que devolver la sonrisa.

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