Dulce Navidad

Me pillaron desprevenido. Un bajón de autoestima y una buena dosis de aborregamiento tuvieron la culpa de todo lo que ocurrió y aunque no lo deseaba me vi inmerso en la vorágine de la Navidad.
Me explico.
El asunto comenzó cuando encontré la caja que todos tenemos en casa para agasajar con más o menos fortuna los solsticios de invierno. Sin saber ni por qué, ni cómo, la abrí y comencé a tragar luces de árbol a tal velocidad que no pude distinguir color alguno (excepto las azules, que es el color más bonito) y prendieron en mi cuerpo bombillitas rojas, amarillas, azules, naranjas, verdes y violetas. Tampoco distinguí entre las tradicionales, las leds ni las de fibra óptica. Estaba omnibulado y todo lo consentía.
Comenzaron, entonces, a colgarme bolitas rojas brillantes, cintas de colores, estrellas rutilantes y calcetines de Papá Noel. Me conectaron a un simple enchufe (fue tan fácil como hundir los dedos en él) y tras una sensación eléctrica, un escalofrío brillante que me erizó los pelos de la nuca, di comienzo a un lento parpadear en colores, medroso al inicio, con confianza y ritmo después. Mis hijos jugaban con el programador de luces para hacer el parpadeo más o menos frecuente, con mas o menos intensidad, para que se encendieran primero las rojas, luego las amarillas, luego las verdes ...
Lo que más me emocionó fue cuando se olvidaron el programador y jugaron conmigo a viva voz.
- Papá, enciende sólo las verdes... ahora, las violetas... y ahora intensifica las verdes, quita brillo a las violetas y márcate un parpadeo suave de naranjas y amarillas... y ahora, cuando aplauda, me quitas brillo a las amarillas en las manos, le das intensidad a las naranjas de los pies, parpadea las de las orejas en todos los colores y bailas. Esto último me lo ordenó mi mujer, que le estaba encontrando el gustillo al tema.
Lo más complicado fue la posición en la que determinadas luces se encendían y apagaban al ritmo de la música del villancico de turno así como el cambio de color de una misma bombilla (¡¡Alaaaa!!!, el papi ha cambiado de azul turquesa a naranja chillón).
Lo más doloroso, cuando me pisaron dos dedos de la mano derecha y machacaron las bombillas de las uñas.
Pero no sólo encontraron estas utilidades.
Cuál fue mi sorpresa cuando me tumbaron en el piso y comenzaron a echarme tierra blanca, a ponerme espejos que simulaban ríos y sobre ellos puentes ancianos, a colocarme unas montañas sobre las que se edificaban casas lejanas, palacios infanticidas y establos con buey y mula incluidos. Además había Reyes que caminaban sobre mí montados en camellos. Pastores, cabras y ovejas campaban a sus anchas por mi barriga generosa. Un fuego prendido delante de una cueva, un ángel anunciando nuevas,un cagón haciendo honor a su nombre. Un matrimonio con su bebé en el pesebre. Y mucha nieve helada.
Aquella primera noche, me dejaron parpadeando en mitad del salón y al día siguiente se levantaron, me dieron los buenos días y me cantaron un villancico, me rompieron un par de figuras y metieron al todoterreno teledirigido para atravesar el río, el puente y las montañas.
A partir de entonces mi vida transcurrió de villancico en villancico, entre juegos de niños, mazapanes, cordiales, alfajores y turrones, copas de cava, comida y uvas, juguetes y otros regalos sin dejar de parpadear día y noche. Todos los que me contemplaban convenían en la buena idea que habíamos tenido, y esposas y niños miraban de reojo a maridos incautos que hablaban de sus cosas ajenos a amenazas veladas en forma de miradas de imaginación.
Y así sucedió todo. Nada más. Bueno, sí, se me olvidaba. Que cuando mi esposa y los niños me empaquetaron hasta la próxima Navidad me dieron un beso de despedida, así que nadie piense en desconsideraciones familiares.
Me explico.
El asunto comenzó cuando encontré la caja que todos tenemos en casa para agasajar con más o menos fortuna los solsticios de invierno. Sin saber ni por qué, ni cómo, la abrí y comencé a tragar luces de árbol a tal velocidad que no pude distinguir color alguno (excepto las azules, que es el color más bonito) y prendieron en mi cuerpo bombillitas rojas, amarillas, azules, naranjas, verdes y violetas. Tampoco distinguí entre las tradicionales, las leds ni las de fibra óptica. Estaba omnibulado y todo lo consentía.
Comenzaron, entonces, a colgarme bolitas rojas brillantes, cintas de colores, estrellas rutilantes y calcetines de Papá Noel. Me conectaron a un simple enchufe (fue tan fácil como hundir los dedos en él) y tras una sensación eléctrica, un escalofrío brillante que me erizó los pelos de la nuca, di comienzo a un lento parpadear en colores, medroso al inicio, con confianza y ritmo después. Mis hijos jugaban con el programador de luces para hacer el parpadeo más o menos frecuente, con mas o menos intensidad, para que se encendieran primero las rojas, luego las amarillas, luego las verdes ...
Lo que más me emocionó fue cuando se olvidaron el programador y jugaron conmigo a viva voz.
- Papá, enciende sólo las verdes... ahora, las violetas... y ahora intensifica las verdes, quita brillo a las violetas y márcate un parpadeo suave de naranjas y amarillas... y ahora, cuando aplauda, me quitas brillo a las amarillas en las manos, le das intensidad a las naranjas de los pies, parpadea las de las orejas en todos los colores y bailas. Esto último me lo ordenó mi mujer, que le estaba encontrando el gustillo al tema.
Lo más complicado fue la posición en la que determinadas luces se encendían y apagaban al ritmo de la música del villancico de turno así como el cambio de color de una misma bombilla (¡¡Alaaaa!!!, el papi ha cambiado de azul turquesa a naranja chillón).
Lo más doloroso, cuando me pisaron dos dedos de la mano derecha y machacaron las bombillas de las uñas.
Pero no sólo encontraron estas utilidades.
Cuál fue mi sorpresa cuando me tumbaron en el piso y comenzaron a echarme tierra blanca, a ponerme espejos que simulaban ríos y sobre ellos puentes ancianos, a colocarme unas montañas sobre las que se edificaban casas lejanas, palacios infanticidas y establos con buey y mula incluidos. Además había Reyes que caminaban sobre mí montados en camellos. Pastores, cabras y ovejas campaban a sus anchas por mi barriga generosa. Un fuego prendido delante de una cueva, un ángel anunciando nuevas,un cagón haciendo honor a su nombre. Un matrimonio con su bebé en el pesebre. Y mucha nieve helada.
Aquella primera noche, me dejaron parpadeando en mitad del salón y al día siguiente se levantaron, me dieron los buenos días y me cantaron un villancico, me rompieron un par de figuras y metieron al todoterreno teledirigido para atravesar el río, el puente y las montañas.
A partir de entonces mi vida transcurrió de villancico en villancico, entre juegos de niños, mazapanes, cordiales, alfajores y turrones, copas de cava, comida y uvas, juguetes y otros regalos sin dejar de parpadear día y noche. Todos los que me contemplaban convenían en la buena idea que habíamos tenido, y esposas y niños miraban de reojo a maridos incautos que hablaban de sus cosas ajenos a amenazas veladas en forma de miradas de imaginación.
Y así sucedió todo. Nada más. Bueno, sí, se me olvidaba. Que cuando mi esposa y los niños me empaquetaron hasta la próxima Navidad me dieron un beso de despedida, así que nadie piense en desconsideraciones familiares.
10 comentarios
lunaaaaa -
Yotro -
mox -
Malasanta, al menos exigiría que me abrigaran con una bufanda ;-)
Que tengáis unos días buenecicos y un feliz año y unos felices Reyes también, sobre todo para tus pequeñas.
Malasanta -
FELIZ NAVIDAAADDD HOMBREEE!!!!
Chihiro -
mox -
lunaaaaa -
mox -
Un abrazo abrazao de Nochebuena para tí y tu clan con mucho cariño y burbujas de cava.
Lunaaa ja,ja,ja,ja, pero en sentido figurado y real también, no creas.
Un beso de 500 Kilos de felicidad que no te aplaste sino que te rebose para repartir a tu amor de tu alma, y a todos los tuyos.
Feliz Navidad, Amiga.
lunaaaaa -
Me agrada tu ingenio..y estos textos de sutil ficcion....Feliz...Feliz Navidad...Amigo.
muralla -
¡Buenas fiestas llenas de abrazos abrazaos para ti y los tuyos. Muralla