Masajes voladores

Es de noche. Huelo mis presas.
Adelantadas unos pasos, caminan de vuelta a casa. Las siento preocupadas, tensas, impacientes por llegar a no saben bien dónde y descargarse en el rincón de un sofá para desconectar y dejar que la mente vuele entre nubes blancas, húmedas... y volver a revivir en mitad de un baño de espuma o de lágrimas (que a veces también sirven, no se crean), sin lograr alejar fantasmas.
Esas son mis presas, mis queridas presas.
Siempre hay una calle estrecha, una farola apagada o un portón abierto donde empujarlas y actuar. Sorprendidas, el grito no les llega a la garganta y así aprovecho para taparles la boca con una cinta adhesiva en medio de miradas de aterrado miedo, y sin dejarlas reaccionar, atarlas de pies y manos.
Despliego entonces en el suelo mi alfombra, de anchura y largura suficientes para que cómodamente quepan dos personas. Conecto un mp3 a unos diminutos altavoces y dejo correr a Astrud Gilberto, Diana Krall o Norah Jones, según la noche. Enciendo una vela de jazmín o azahar y les pido que se suban a la alfombra. Increíblemente la mayoría sube sin más. Me sitúo detrás, solícito
Al pronunciar el poderosos conjuro y empezar a volar vuelven la cabeza incrédulos hacia atrás como para que les confirme que no sueñan. La música se escucha nítida, el olor impregna la alfombra, la calma es absoluta, pero todo corre cien metros por debajo nuestro a velocidad vertiginosa. Delicadamente rompo las ataduras de las manos y de los pies y comienzo a arrebatarles la ropa y dejarles al descubierto la espalda.
Aceite de lavanda y naranja, atemperado en mis manos y esparcido por sus hombros. Amaso los músculos que bordean el cuello y con los dedos anteriores sobre la clavícula y los pulgares sobre los omoplatos, desplazo el masaje desde los hombros a la nuca. Juego con las zonas duras, rígidas a pellizcarlas, a hundirlas, a retomarlas, a que se escurran entre mis dedos y a presionarlas como buscando un camino que las atraviese sin forzarlas, que las ponga donde debieran de estar y que les haga disfrutar de la carrera de los dedos.
Para ese entonces, mis víctimas están tumbadas en la alfombra, boca abajo, con los ojos cerrados y con los pensamientos vagando entre la música, entre la ciudad a nuestros pies y entre el aroma a azahar y acompañan con murmullos de cómodo regocijo las suaves presiones de mis manos y se abandonan a todo. Incluso alguna vez he tenido que llamarles la atención para que no levitaran demasiado y de este modo evitar caídas tontas e irremediables.
Logro al fin que el sueño las domine y así hablo con sus almas. Les recuerdo levemente intensas pasiones, colchones deshechos, alegrías derrochadas y mares serenos junto a una gran luna llena roja... y también todo eso que tú te imaginas ahora y que no sabes expresar nada más que con las manos rellenas de recuerdos, de sueños y de esperanzas ilusionadas.
Por último las dejo desnudas, relajadas en sus camas y me despido de sus almas con abrazos, esencias y sonrisas, enrollo mi alfombra mágica y como me gusta andar, me llego paseando hasta mi casa.
Nunca más las vuelvo a ver.
Adelantadas unos pasos, caminan de vuelta a casa. Las siento preocupadas, tensas, impacientes por llegar a no saben bien dónde y descargarse en el rincón de un sofá para desconectar y dejar que la mente vuele entre nubes blancas, húmedas... y volver a revivir en mitad de un baño de espuma o de lágrimas (que a veces también sirven, no se crean), sin lograr alejar fantasmas.
Esas son mis presas, mis queridas presas.
Siempre hay una calle estrecha, una farola apagada o un portón abierto donde empujarlas y actuar. Sorprendidas, el grito no les llega a la garganta y así aprovecho para taparles la boca con una cinta adhesiva en medio de miradas de aterrado miedo, y sin dejarlas reaccionar, atarlas de pies y manos.
Despliego entonces en el suelo mi alfombra, de anchura y largura suficientes para que cómodamente quepan dos personas. Conecto un mp3 a unos diminutos altavoces y dejo correr a Astrud Gilberto, Diana Krall o Norah Jones, según la noche. Enciendo una vela de jazmín o azahar y les pido que se suban a la alfombra. Increíblemente la mayoría sube sin más. Me sitúo detrás, solícito
Al pronunciar el poderosos conjuro y empezar a volar vuelven la cabeza incrédulos hacia atrás como para que les confirme que no sueñan. La música se escucha nítida, el olor impregna la alfombra, la calma es absoluta, pero todo corre cien metros por debajo nuestro a velocidad vertiginosa. Delicadamente rompo las ataduras de las manos y de los pies y comienzo a arrebatarles la ropa y dejarles al descubierto la espalda.
Aceite de lavanda y naranja, atemperado en mis manos y esparcido por sus hombros. Amaso los músculos que bordean el cuello y con los dedos anteriores sobre la clavícula y los pulgares sobre los omoplatos, desplazo el masaje desde los hombros a la nuca. Juego con las zonas duras, rígidas a pellizcarlas, a hundirlas, a retomarlas, a que se escurran entre mis dedos y a presionarlas como buscando un camino que las atraviese sin forzarlas, que las ponga donde debieran de estar y que les haga disfrutar de la carrera de los dedos.
Para ese entonces, mis víctimas están tumbadas en la alfombra, boca abajo, con los ojos cerrados y con los pensamientos vagando entre la música, entre la ciudad a nuestros pies y entre el aroma a azahar y acompañan con murmullos de cómodo regocijo las suaves presiones de mis manos y se abandonan a todo. Incluso alguna vez he tenido que llamarles la atención para que no levitaran demasiado y de este modo evitar caídas tontas e irremediables.
Logro al fin que el sueño las domine y así hablo con sus almas. Les recuerdo levemente intensas pasiones, colchones deshechos, alegrías derrochadas y mares serenos junto a una gran luna llena roja... y también todo eso que tú te imaginas ahora y que no sabes expresar nada más que con las manos rellenas de recuerdos, de sueños y de esperanzas ilusionadas.
Por último las dejo desnudas, relajadas en sus camas y me despido de sus almas con abrazos, esencias y sonrisas, enrollo mi alfombra mágica y como me gusta andar, me llego paseando hasta mi casa.
Nunca más las vuelvo a ver.
7 comentarios
Fernando -
Malasanta -
Es buenísimo, de verdad.
lunaaaaa -
mox -
lola, jejeje, nada, nada, reclámala, que hoy día todos los títulos vienen con alfombra incluida.
Un beso de masajista aficionado.
muralla, jajaja, así es que ahora noto que me miran de otra forma.
Un abrazo abrazao y masajeao.
muralla -
¡Malandrín!
Bicos. Muralla.
lola -
Eso no me lo enseñaron en la escuela de masajes, tendre que reclamar mi alfombra a la directora. A mi como mucho se me quedan dormidos a un metro del suelo en la camilla.
Un beso
El pais de las maravillas -