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Erase Una Vez

cosas del calor

Ojitos tienes

Ojitos tienes

Rodeo nucas apasionantes queriendo descubrir miradas vitales, con chispa, de esas que te lanzan un "me gustas y te sonrío con los ojos que has buscado porque con los labios sería mucho descaro y a mi edad no estoy para descaros... lo siento".

Me engancho a miradas tristes de las que se resbala un "... y a tí qué te importa lo que sufro o dejo de sufrir. No me mires así que mi vida no es tuya... No me mires..."

Me sobresalto cuando una mirada se escapa entre el resquicio cada vez más pequeño de las puertas de un ascensor cerrándose, dispuesta a huir de la formalidad de su dueña y robarme el paso que doy hacia un lado para mantenerla unida a mí, hasta que inevitablemente se corta cuando la puerta se acaba de cerrar y el ascensor inicia viaje a los pisos de abajo.

Me cuesta deshacerme del abrazo que me dieron unos ojos rellenos de azul líquido, casi hielo y que me dieron esquinazo en la penúltima parada del tranvía.

Y sobre todo me inquietan los que veo cada mañana en la otra dimensión, aquellos que viven tras el espejo del cuarto de baño, que me persiguen en el espejo puzzleado del recibidor y me rematan en el espejo del retrovisor del coche. Porque no reconozco esos ojos que me observan. Porque solo siento que no sienten. Porque se dispersan y huyen de los demás.

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Feliz verano

"Érase una vez" se me ha convertido en un huerto que, aunque ahora mismo lo tengo bastante descuidado, siempre me ha dado satisfacciones, y la mayor de ellas es la satisfacción de conocer los pensamientos y los sentimientos de muchas personas que se encuentran al otro lado de mi pantalla, asomados a la suya propia y conectados por este milagro que es internet.

Por eso ¡¡¡¡GRACIAS!!! y desearos a tod@s un feliz verano.

Hasta siempre

 

Encuentros

Encuentros

Voy encontrándome cosas por ahí.

De bebé me encontré un chupete debajo de la almohada y me gustó. A la vista de ese tesoro y como hace cualquiera al que le ha sonreído la diosa fortuna, perseguí la suerte en el mismo lugar en que la encontré la primera vez, así que durante años siempre busqué chupetes bajo las almohadas.

De niño, encontré una estampa en una mesa y me gustó así es que busco desde entonces estampas en todas las mesas.

De adolescente, un balón detrás de una puerta y me gustó así es que busco siempre detrás de cada puerta que abro otro balón.

De joven, un bolígrafo dorado en la carpeta de los apuntes y me gustó, así que ahora busco en cada carpeta de apuntes bolis aunque no sean dorados.

De mayor en la playa, una cadena de plata eslabonada con anillos esbeltos y me gustó, y ahora me paso las horas muertas buscando pulseras en todas las playas.

Ayer ví un reflejo arco iris en la taza del wc y me gustó. Así que he ido a comprarme unas cuantas cajas de guantes de plástico largos para cuando vaya a restaurantes, cafeterías, gasolineras y casas de amigos.

Noches de Verano

Noches de Verano

Sentado en un rincón de la cama miro desganado las zapatillas aparcadas debajo de un cojín y me hurgo con dedos perezosos la mollera. Toca dormir dentro de un momento pero me niego a perder unos gramos de noche, así que aguanto una vidriosa ojeada durante algunos segundos a mis pies, y casi sin querer se me escapa un cerrar de párpados.

Un truco que uso cuando quiero dormir y mis malos presentimientos no me dejan y me quieren convecer que resista, (pobre de tí si te duermes porque nos vamos a transformar en peligrosa pesadilla), es sacudírmelos de la cabeza a base de imaginarme tumbado en una playa de arena fina, regado de sol y de espuma de mar, sujetándome las ganas de flotar entre aguas turquesa, derritiéndome gota a gota de sudor, encadenado a la última historia de mi vida de la que arranco palabra a palabra una sensación de paz, una sonrisa de placer y una alegría inmensa por ser capaz de soñar de esa forma mi vida.

Entro así por la puerta de atrás en mis mejores sueños, y me dejo llevar por caricias, miradas, besos y borbotones de cariño.

Pero a veces no funciona. Y entonces sin recurrir a ningún truco dejo pasar los segundos canción a canción, y me agoto buscando en el techo del dormitorio sombras que me solucionen la falta de imágenes de sueños como cuando miras las nubes que cargan un cielo espeso y les buscas parecidos de algodón. O me hago preguntas estúpidas como por qué soñamos en color si con los ojos cerrados no dejamos pasar la luz, o por qué tengo la manía de mirar sin pestañear a la gente y querer hurgar en sus pensamientos e inventarme sus vidas, proyectos, idas y venidas, o por qué me gusta quedarme en el chiringuito del Náutico con un cubata de Legendario y cola en vaso ancho disfrutando de fresco y de música.

Homer

Homer

El otro día oí gritar desesperadamente a Homer:

- ¡¡Rápido, Bart!! ¡¡Enciende la tele, que estoy empezando a pensar!!

Tengo una vaca que se llama ciones. Estos días la llamo.

Tengo una vaca que se llama ciones. Estos días la llamo.

La vaca me dirige hacia el mar, a ver qué se cuentan las olas y las sombras de las sombrillas, a ver si podemos jugar en mitad de la arena, o en mitad del mar, o en mitad de una isla...  ¡vete tú a saber!.

 En Agosto,cuando venga una barca a rescatarnos de tierra firme, iremos a sur-suroeste, a la isla de los piratas, y también pero hacia el este, si me dejan las medusas, bucearemos en una cueva pequeñita, escondite seguro de filibusteros del siglo XVII, y si arribamos temprano, como media hora después de ver amanecer, regalaré a mis sentidos unas brillantes aguas turquesas, sorpresa de la gran montaña de Cope.

O a lo peor se tuerce el verano y no queda nada... ¡vete tú a saber!

Un abrazo a tod@s y hasta pronto.

Lo que asusta me disgusta

Lo que asusta me disgusta

 

A veces hablo con los fantasmas que se han pasado a tomar algo por el frigorífico, y les noto algo familiar. Entonces me miro al espejo y no me encuentro. Harto ya, recojo las cadenas y me voy a dormir hasta la medianoche del día siguiente

El gran viaje

El gran viaje

He calculado que puedo vivir con 20 euros diarios, incluyendo comida, desplazamientos cortos, y ropa. Por eso me hice bloger. Ya sabéis. Para dar la vuelta al mundo. Es una idea madurada durante cortas horas y largos momentos. Es una idea simple, obsesiva, prudente, serenamente alocada pero que no he podido quitármela de la cabeza en todos estos años.

Veréis, tengo una especie de amor en cada puerto, una red de araña con todos los nudos necesarios tejida pausadamente con delicadeza, con dulzura, con mucha ternura, pero una red de araña al fin y al cabo. En ella me dispongo a pasar mis noches, mis conversaciones, mis andares y mis cuentos porque en alguna casa de alguna ciudad de cada país vive un nudo de la red, desconocido pero muy familiar, con el que he intercambiado pensamientos tan íntimos como inconfesables, sentimientos de felicidad, de angustia, de esperanza, con el que he intercambiado vida, ideas y opiniones y con el que, alguna vez le he dejado caer la posibilidad de ser un okupa en su cama (o sofá, o garaje, o trastero, no penséis mal).

Seleccionados los confiados nudos que dijeron sí, he inventado un itinerario de amores hospitalarios a través del camino más largo que he podido y consigo partir por levante y regresar por poniente, atravesando cuatro continentes y tres océanos y alguna que otra isla en terreno de nadie y en, preveo, dos o tres años.

He mandado un sobre cerrado a mi nombre a la oficina postal de cada ciudad que visitaré con los 20 euros que durará mi estancia allí (porque me pienso quedar sólo el tiempo que tarde en gastarlos) y el nick del nudo amable en cuestión.

Como equipaje, un saco de dormir, una tienda de campaña, una camiseta de manga larga, una bufanda, unos pantalones cortos, las Leyendas de Becquer, Rayuela y El Perfume, una sonrisa, una callada compañía que continúen una conversación inacabada o un abrazo de palabras silenciosas relleno de calor. ¡Ah!, también un portátil o una lista de cibercafés, por supuesto.

En fin, que lo único capaz de torcerme el proyecto es que algún nudo se encuentre haciendo el mismo viaje y a la misma vez que yo... o que me tuviera que llevar a los críos, claro.

El especialista

El especialista

 

Tengo un oficio poco común.

Hay días que acudo a los estrenos de cine que dan en sesiones cerradas a periodistas especializados y nada más terminar la película aplaudo, primero lentamente y luego más rápido y así consigo que los demás me hagan coro. Las críticas serán más favorables si los aplausos se arrancan antes y son más fuertes. Por eso me contratan.

Hay días en que entro cientos de veces en una tienda nueva arrastrando con mi entrada a clientes verdaderos que se habían entretenido mirando el escaparate de la calle y, delante de ellos, no paro de hacer comentarios en voz alta sobre la magnífica calidad de la ropa, el asombroso precio tan barato que tienen, las piezas únicas que nadie nunca encontrará en ningún otro sitio, el buen gusto, el original diseño y la decoración tan especial de la tienda. Siempre consigo resultados muy buenos en estos casos.

Hay días que me contratan restaurantes para que, después de comer en una mesa central, obligue al maitre a pedir al cocinero que salga y allí mismo, delante del público que frecuentemente deja de comer por curiosidad de la situación, les alabo la ingeniosa combinación de sabores, la salsa exquisita con la que se acompañaba tal o cual plato y la elegante presentación con la que deleita y aturde los sentidos. Luego sigo con la escogida carta de vinos tan bien estructurada y de paladar tan auténtico. Si el rumor que se extiende por entre las mesas supera determinados decibelios cobro más.

Hay días en que voy a los clubes de tenis, a los de golf, a los hípicos y a algunos bailes privados con objeto de alardear de joyas bien compradas, que han satisfecho expectativas de esposas y amantes y nombrar al joyero tan competente que tiene una solución para cada necesidad o sugerencia. Aquí tengo que seleccionar muy bien el público oyente, pues lo hago cara a cara. Y he de confesar que es más difícil controlar si han ido o no a contentar sus caprichos y no me queda más remedio que fiarme de la palabra de la joyería.

Últimamente el negocio se ha hundido un poco por la crisis y he tenido que recurrir a ser el primero que se sube a la plataforma de un concierto de un grupo famoso volviéndome loco por los huesos del o de la cantante y que los guardias de seguridad me saquen a empujones golpes y bofetones. Cuanto más desgarrados son los gritos de dolor y cuanto más desfigurados son los gestos de sufrimiento, menos ganas le quedan a la gente de subirse al escenario y cuanta menos gente se suba, más cobro yo.

También he tenido que ser el voluntario que pide el domador de circo para poner la cabeza debajo de las patas de un elefante, el que se sube a un edificio en llamas y se tira el primero al colchón inseguro que los bomberos tienden en el suelo y el primer huelguista que recibe los porrazos de los antidisturbios o el primer antidisturbios que recibe el primer ladrillazo (dependiendo de quién me contrate, claro). Estos últimos casos siempre cobro si salgo en la tele y más si soy portada de periódicos. La condición es que se vea sangre, como en el caso de los conciertos. Hago también de ayudante de mago, ése al que parten en dos con la sierra, de corredor de bolsa que siembra rumores de pánico para que se consigan buenos precios de compra, de detenido esposado en los campos de fútbol con una enorme navaja de Albacete delante de mí para servir de escarmiento, de soldado contento, de ganador de lotería, de doble de Darth Vader cuando le cortan el brazo y de Homer Simpson en el bar de Moe.

Bueno, de algo tengo que vivir ¿no?

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Sin querer

Sin querer

Cierras los ojos para que un beso flote en tu mejilla y te devuelva la mirada. Tu boca se convierte en tartamudas palabras que se descuelgan chorreando agua reseca y ni siquiera una excusa pobre enriquece el desgastado ambiente. Por eso es mejor callar.

En mitad de un silencio lógico, unos brazos te rodean de cariño la cabeza y la refugian entre unos pechos blandos y suaves que respiran tranquilos, sin pedir perdón ni masticar rencor..

Algo se quiebra muy dentro y llora la falta de ganas de vivir.

 

 

 

 

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Me ducho y adiós calor (I) y (II)

Me ducho y adiós calor (I) y (II)
Me ducho y adiós calor (I)
Pongamos que se trate de Agosto en una habitación cerrada, oculta con persianas al fuego de las cinco de la tarde. Pongamos una cama húmeda de calor. Pongamos un cuerpo brillante, de oscuro pelo mojado, de labios rojos de sed. Pongamos una siesta profunda enterrada entre almohadas. Pongamos en fin, un brillo luminoso de aceite de sudor.

Cuerpo desnudo, asfixiado, hielo ardiente derretido, castigado por el dulce látigo de la luz del mar.

No puedo más. Un pié en el suelo fresco y me animo a buscar la ducha. Las gotas de sudor nacen como lo harían en el origen de un río: revueltas se abrazan, se funden y caen por peso en mitad de mi camino al cuartucho de baño.

No cierro la puerta. ¿Para qué?. No espero a nadie. El pié de ducha está encajado al fondo, justo después de la pila para lavarse la cara, del bidet y del Asiento Real. Es un sitio muy estrecho y muy cálido.

Impaciente miro al techo cerrando los ojos y abro el grifo. Recibo un chorro de agua que se evapora al mojarme. Abro la boca y pido más: quiero penetrar en la cañería y recibir el bálsamo de un agua fría que resbale por entre todos los rincones de mi vida, y me lleno de vida la boca y dejo que fluya y se derrame y se estrelle contra el suelo y se la trague el desagüe.

Me ducho y adiós calor (II)

Tan estrecha la ducha que toco con mi espalda el suave tacto del alicatado. Mi calor siente una punzada de frío y algo me recorre desde la nuca a los tobillos.

El grifo cerrado. Las últimas gotas de agua caen lentas, distanciadas, perezosas sobre mi cabeza e inconscientemente alzo la boca y la abro para beberme la última... que no llega.

Y trago saliva y comienzo a sudar, aunque de otra forma.

Juego con abrir unas gotas y dejarlas resbalar por entre mi espalda, y me muevo hacia ellas ofreciéndome, primero la cara, luego los hombros, luego las piernas y me doy la vuelta y dejo que se suiciden, lentas, en mi culo.

Y trago saliva. Enrojecida la piel, tenso el cuello y trago saliva.

Busco el jabón, lo humedezco y comienzo a frotar con los ojos cerrados mi cuello, pezón de un lado, cadera, ombligo, vientre, pezón del otro lado hombro , brazo, mano, cadera, piernas, de una a otra, de una a otra.

Y trago saliva. Durante muchos minutos. Muchos.

Me dejo dominar por mis manos, retardando el contacto que me hará cerrar los ojos de forma tranquila, sin esperar lo inesperado sin buscar lo encontrado sin enredarme en un lago de hilos dulces, como la piel de tu sonrisa, como el tacto de tu boca, como el sol de tus dedos... tus dedos... flotan hacia mí... dentro... como la arena de la playa , como el mar turquesa de una gruta esclava de las olas, como el viento que te nombra... tu voz que me llena y me relaja, que me recubre y me posee, que se cae entre mis brazos agotándose, dejándose ir a mis manos... mis manos... que son plumas que presionan, que resuelven, que frotan con frotes de nubes, de espuma de jabón...

Me dejo caer sin fuerzas, aún encontrando placer, y en cuclillas, abriéndome lo que la estrechez del baño me permite, busco nuevas gotas de agua... gotas de agua que no han dejado de caer, tan ligeras sobre mi cuerpo, sobre mi cara, sobre mi boca, sobre mi lengua, y las trago, para apagar mi sed, las bebo para enfriar mi calor y revuelvo la cabeza para que se repartan por donde ellas quieran.

Dedos que exploran. Y trago saliva. El cuello tenso, buscando el cielo.

Y el frío del alicatado se mezcla con el calor del sudor, con el frío del agua y con el calor del placer y empujo hacia arriba la pelvis en busca de lo que no está aunque mi imaginación lo dibuje, mis ojos lo vean y mi corazón lo sienta.

Sí. Respiro tan caliente que me quemo con el aire de los gemidos que alguien invoca, con lo ininteligible del éxtasis que alguien sufre, con los salvajes balanceos buscando fríos que me hagan sudar.

Sí. Síííííííí. Síííííííi. Siiii. Sii

Caigo. Silencio. Rendición. Gotas frías en mi nuca. Tiempo. Inerte. Tiempo. Ojos cerrados. Tiempo...

Me levanto, me lavo, salgo a mi habitación, busco la cama, me desparramo en ella y me entierro entre almohadas. Pienso.

Palabras de más

Palabras de más De risas la tarde llena....

Y cómplices de un momento...
..............

Las gotas de calor nos recorrían libres, incordiantes...

- Me gustaría ser multiorgásmico...
(Me mira y le entra el descojone)
- En otra vida, cariño, en otra vida.
...Y seguimos...

- ¡Cuarentón!
(Bocado en su cuello)
- ¡Ja,ja! ¡Orgasmán!
(Cagontó)
- ¡Así no hay manera! ¡A ver si estamos...!
- ¡...en lo que estamos! (interrumpe ella)
(Notedigo)
(Y venga gotas de sudor)
- ¡Pues no me voy a concentrar ¿eh?!
- Ja,ja Pues no te concentres.

...
- ¡¡Ja,ja,ja,ja!! ¡Multiorgasmán!
(Joer qué cabrona. Que me ha desconcentrado)
..........

Entonces se dio la vuelta, me miró, se incorporó y lentamente dispuso las rodillas sobre mis caderas hasta encontrar mi deseo perdido. Se volcó hacia detrás, me sujetó las piernas y dijo con un suave susurro chillón:

- Tonto... Déjame a mí ...

...................!!

Sudor

Sudor
Una fina piel de calor se había fundido en sudor.

El sudor pica, es pegajoso al tacto y molesto porque gotea desde todos los sitios y a la vez, y te faltan manos para apartarlo de tu cara, de tu cuello y de tu camisa mojada que te gustaría quitarte pero que te es imposible por aquello de mantener ciertas formas sociales.

Al mismo tiempo el sudor significa soñar con un martini helado, con sus olivas, una en cada punta del palillo, su porción de limón para chupar ácido cítrico cuando quieras y mezclarlo con el sabor del rojo en una playa mediterránea (por ejemplo) de aguas transparentes, morenos impresionantes y sonrisas blancas.

El sudor es ajetreo. Y es también golpeteo de corazones. Sudas cuando amas. Sudas mucho. Ella o él, también. Y siempre recordaré el brillo de cierta piel de amante. Destellos de una luz naranja de aquellas velas mezcladas de olor, de cubito de hielo abriéndose camino entre el cuello y luego la clavícula y después la espalda, de erizar de vellos a su paso dejando hilillos de agua que se encharcaban en el hueco del final de la columna vertebral. ¡Ay!

El sudor es música. Es Otis Redding silbando soul, sentado en el muelle de la bahía. Es JuanLuis Guerra queriendo ser un pez que respira burbujas de amor. Es Burning preguntándose qué hace una chica como tú en un sitio como éste. Es Luz Casal pensando en mí. Es Aute pidiendo que no te desnudes todavía, que esperes un poco más. Es Silvio Rodríguez deseando un rabo de nube. Es esa canción vuestra en la que ahora piensas y que golpea fuerte a tu deseo un palmo mas abajo del ombligo.

El sudor es hambre de agua, sed de helado de chocolate, cansancio por culpa de una siesta de verano, relajación al final del partido de tenis, es lana de manga larga en Agosto, es un desierto, es un agobio, es una mentira a la cara, es una lágrima desde la ceja, es una mirada profunda, es una noche de San Juan sin aire acondicionado... es Verano... puro y duro. Vacaciones...

Me voy a Aguilas a disolver esa fina capa de sudor, a buscar noches de luna que alumbren nubes de colores, a desnudarme en el mar, entre el sol y la fina arena. Nos vamos todos a intentar disfrutarnos... Y durante un montón de días.

Hasta siempre a tod@s. Un beso muy fuerte de este mox cojonero que os echará de menos, seguro.

Cuento con ventaja

Cuento con ventaja
La ventaja de este cuento es que no termina cuando acabas de leerlo, sino que es entonces cuando empieza. Por eso hay quienes lo confunden con sueños prohibidos, de esos que se tienen pocas veces en la vida y que sirven para provocar un giro en su rumbo: O evitar que te encamines a un determinado puerto, u obligarte a amarrar frente a una isla de caníbales.

El cuento se vive en una isla repleta de agujeros que se abren y se cierran como bocas-trampa. Si por desgracia te come uno de ellos, te conviertes en una mujer con cabeza de hombre, alas de gallina y piernas de elefante y a partir de entonces los demás dejan de quererte. Por eso tienes que sortearlos y llegar al Barco que Siempre Espera.

El Barco que Siempre Espera esconde en sus bodegas un mantel de oro y esmeraldas que reluce en las tempestades, te abriga en los desánimos y te hace despertar cada día con una sonrisa, cosa muy extraña en los tiempos que corren. Pero a pesar de ser un tesoro tan valioso, la gente no lo escoge, porque al fin y al cabo es un simple mantel. A la gente le puede más los cofres repletos de monedas de oro, pero lo que muy pocos saben, es que al bajar a tierra firme, el conjuro de los piratas del malvado Capitán Murdock las convierten en monedas de chocolate.

Hay también otro tesoro y es la salida de las bocas-trampa. Bueno, digo tesoro por llamarlo de alguna forma. Veréis. Encerrados en jaulas y apiñados junto a huesos y calaveras, las mujeres con cabezas de hombre, alas de gallina y patas de elefante que no se hayan suicidado al ver que nadie les quería te suplicarán que los liberes. Si lo haces, volverán a su aspecto habitual y te deberán algo más que la vida. Pero claro, entonces saldrás de allí convertido en un auténtico pobre. Ha habido quienes se volvieron locos al ver que se transformaban en pobres teniendo tan cerca todos los tesoros del mundo.

Aquí termina el cuento. Pero recordad que este cuento tiene una ventaja. Comienza de nuevo cuando escojáis un tesoro. Y por supuesto no dejes de pensar en que puede cambiarte la vida. Así que elige con cuidado.

Embotellamiento

Embotellamiento

Escuché el pequeño gran grito desde la cocina y, extrañado, rebusqué en la galería y entre el geranio y el romero, encontré a Tarzán agarrado a una liana, con un tropel de monos comandados por chita detrás y Simba persiguiéndole.

Así que los metí a todos en un frasco de cristal, que no quiero líos, que luego se me quejan los vecinos del escándalo que llevamos en casa y no es plan. Cuando llegaron mis críos, le metieron un trozo de plátano para que comieran y me preguntaron si harían capullos de seda, como los gusanos. Les dije que no, que como mucho habían hecho el capullo huyendo de la selva y que había que devolverlos.

Mi mujer me dijo que la única selva que conocía era la de las grúas a las afueras de la ciudad. Y allí, efectivamente, todos los cientos de edificios nuevos tenían al menos una con un enorme brazo contrapesado del que colgaban como lianas cables de acero. Te podías imaginar a los monos peleándose con los albañiles y tirándoles ladrillos, a Tarzán luchando a brazo partido con el promotor y me gustó la idea.

Dicho y hecho. Todos al coche. Canciones de viaje (Hola don Pepito, la Gallina Turuleta, Winky-Winky araña, el barquito chiquitito y el veo veoo ¿qué ves?...), con los monos y Simba vomitones (paramos dos veces) y al fin llegamos al embotellamiento.

Los niños aplaudieron porque esta vez, el Ministerio de Transporte y Comunicaciones había contratado a Zidane, a Ronaldinho y a Fernando Alonso que iban de coche en coche firmando autógrafos y fotografiándose con todos, repartiendo sonrisas. Mi mujer se quejó porque se acordaba que la semana pasada habían fichado a Javier Bardem y a Antonio Banderas... y yo, que suspiraba por Cayetana Guillén Cuervo, Uma Thurman y Nicole Kidman, no veía la hora de que llegara el embotellamiento de la semana que viene, porque estaban anunciadas...

En el puesto de avituallamiento del kilómetro 5, nos bajamos a que nos dieran masajes en los pies y a por los sandwiches, que esta semana eran catalanas de ibérico con tomate. Mientras tanto, los equilibristas, funambulistas, contorsinistas, magos y payasos deleitaban al embotellamiento arrancando ruidosos aplausos al personal. De mala gana observamos que los coches comenzaban a tomar velocidad de nuevo, aunque aún dio tiempo a mojarme la cabeza un par de veces en los puestos-maratón con las esponjas chorreando agua y servidas por gente muy amable vestidas de Red Bull que te animaba y aplaudía para que no desfallecieras.

Cuando llegamos al final, la Guardia Civil nos felicitó y nos dio dos puntos para el carnet. Por último, el funcionario de turno nos condecoraba con la medalla a la paciencia (hoy no era muy importante el atasco y no estaba el alcalde, qué le vamos a hacer), y tras dos horas para recorrer 30 Kms, llegamos a la Selva de Grúas de Nueva Ciudad.

Nada más bajar, dos vendedores nos asaltaron para que compráramos pisos. Uno de ellos nos ofreció un diez por diez en la planta diez, nos daba diez mil y nos dejaba que lo probáramos diez meses, pero el otro mejoró la oferta a doce mil y doce meses. Contraatacó el primero con quince mil y quince meses y el segundo ofreció veinte mil y veinte meses, pero yo les dije que se pusieran de acuerdo y les dejé discutiendo un rato mientras liberaba a Tarzán y los demás que se subieron en seguida a una liana y con un pequeño gran grito de los suyos se despidieron de la familia. Lloramos un litro como es costumbre hacer en las despedidas y regresamos con los vendedores.

- Déjese querer, hombre, le doy el piso, treinta mil y treinta meses.
- Nada, nada o me dan cuarenta mil y cuarenta meses o no se lo compro.

No aceptaron, por supuesto, pero es que no sabía cómo quitármelos de encima.

Volvimos a tiempo de acostarnos dos horas y con otra medalla esta vez impuesta por el alcalde. (Yo me quejé porque iba a llegar tarde al trabajo y me otorgó una bula especial embotellamiento para que la presentara en el trabajo y me dieran un día más de vacaciones pagadas doble. Ya sabéis el que no llora no mama.)

La verdad es que, después de todo, el embotellamiento de esta semana había estado muy bien.
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Masajes voladores

Masajes voladores
Es de noche. Huelo mis presas.

Adelantadas unos pasos, caminan de vuelta a casa. Las siento preocupadas, tensas, impacientes por llegar a no saben bien dónde y descargarse en el rincón de un sofá para desconectar y dejar que la mente vuele entre nubes blancas, húmedas... y volver a revivir en mitad de un baño de espuma o de lágrimas (que a veces también sirven, no se crean), sin lograr alejar fantasmas.

Esas son mis presas, mis queridas presas.

Siempre hay una calle estrecha, una farola apagada o un portón abierto donde empujarlas y actuar. Sorprendidas, el grito no les llega a la garganta y así aprovecho para taparles la boca con una cinta adhesiva en medio de miradas de aterrado miedo, y sin dejarlas reaccionar, atarlas de pies y manos.

Despliego entonces en el suelo mi alfombra, de anchura y largura suficientes para que cómodamente quepan dos personas. Conecto un mp3 a unos diminutos altavoces y dejo correr a Astrud Gilberto, Diana Krall o Norah Jones, según la noche. Enciendo una vela de jazmín o azahar y les pido que se suban a la alfombra. Increíblemente la mayoría sube sin más. Me sitúo detrás, solícito

Al pronunciar el poderosos conjuro y empezar a volar vuelven la cabeza incrédulos hacia atrás como para que les confirme que no sueñan. La música se escucha nítida, el olor impregna la alfombra, la calma es absoluta, pero todo corre cien metros por debajo nuestro a velocidad vertiginosa. Delicadamente rompo las ataduras de las manos y de los pies y comienzo a arrebatarles la ropa y dejarles al descubierto la espalda.

Aceite de lavanda y naranja, atemperado en mis manos y esparcido por sus hombros. Amaso los músculos que bordean el cuello y con los dedos anteriores sobre la clavícula y los pulgares sobre los omoplatos, desplazo el masaje desde los hombros a la nuca. Juego con las zonas duras, rígidas a pellizcarlas, a hundirlas, a retomarlas, a que se escurran entre mis dedos y a presionarlas como buscando un camino que las atraviese sin forzarlas, que las ponga donde debieran de estar y que les haga disfrutar de la carrera de los dedos.

Para ese entonces, mis víctimas están tumbadas en la alfombra, boca abajo, con los ojos cerrados y con los pensamientos vagando entre la música, entre la ciudad a nuestros pies y entre el aroma a azahar y acompañan con murmullos de cómodo regocijo las suaves presiones de mis manos y se abandonan a todo. Incluso alguna vez he tenido que llamarles la atención para que no levitaran demasiado y de este modo evitar caídas tontas e irremediables.

Logro al fin que el sueño las domine y así hablo con sus almas. Les recuerdo levemente intensas pasiones, colchones deshechos, alegrías derrochadas y mares serenos junto a una gran luna llena roja... y también todo eso que tú te imaginas ahora y que no sabes expresar nada más que con las manos rellenas de recuerdos, de sueños y de esperanzas ilusionadas.

Por último las dejo desnudas, relajadas en sus camas y me despido de sus almas con abrazos, esencias y sonrisas, enrollo mi alfombra mágica y como me gusta andar, me llego paseando hasta mi casa.

Nunca más las vuelvo a ver.

¿Vienes?

¿Vienes?
Dejo crecer mi vida y te encuentro acostada cada noche junto a mí. Dejo crecer mi corazón y se escapa por mis ojos, mi boca y mis manos, actuando, diciendo, observándote. Y no tengo duda. Aunque te pese. Es lo mejor. Descansas ahora con los labios entreabiertos respirando nuestro aire, dejando crecer tu vida al lado de la mía y sin saberlo dándome lo que te pido.

Una rosa roja, unas palabras que cuelgan sobre tu mesa, una foto nuestra, las pequeñas cosas que te he ido regalando, siempre cerca de ti. La rosa pinta de rojo mi mirada. Las palabras las dicen mis latidos. Los pequeños recuerdos son grandes regalos y los pequeños regalos son grandes recuerdos y todo porque los miras tú.
Dentro de instantes, desnuda la noche, preguntaré ¿vienes? Y, dormida, y como siempre, me dirás que no. Entonces esperaré y trataré de ver películas en las sombras sin luz del techo y una sonrisa acariciará mi boca cuando te eches sobre mí, tu pierna sobre las mías, tu cabeza en mi pecho, tu mano en mi cuello. Y con ronroneos suaves me dirás con tu cuerpo que bueno, que sí, pero que sólo un poco, que ronco como una mala bestia. Y que si te rasco.

Delicadamente firme es el pulso de mi garra sobre tu espalda, y araño tus hombros, tu columna, tu cintura, tu culo y lo celebras murmurando suaves gustitos Mmmmmm mmmmmmmmmm MMMMMMM mmmmmmMMMMMmmmmmm mmmmmmm... y , como una dulce serpiente te enroscas y me aprietas y se alegra mi alma.

Y un buenas noches y un beso de contorsionista en la boca y un eco vacío que devuelve tan sólo el beso, porque duerme en su murmullo.
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