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Erase Una Vez

Viajes de ascensor

Viajes de ascensor
Cerré la puerta doble del ascensor y pulsé el cero. Para entretener la espera me reflejé en el espejo y terminé por aplastarme un poco más el pelo, me supervisé la limpieza de los dientes, me guiñé un ojo y ensayé una postura seductora apoyado en la barra imaginaria de una cafetería imaginaria exhalando la última bocanada de humo imaginario antes de la total prohibición del tabaco en lo público.

El indiscutible vaho humeante que nació de mi garganta, síntoma de frío extremo, empañó el espejo y no me quedó más remedio que enfundarme el abrigo de piel de foca, suave y cálido, enguantarme las manos para evitar su congelación y cubrirme con el capuchón la cabeza y las orejas.

Ya preparado, recogí el arpón del suelo y comencé a buscar el rastro de los renos que había perdido ayer al caer la noche. Las huellas aparecían claras en la nieve. Había tenido suerte porque ninguna ventisca nocturna las borró. Los tenía cerca. Los presentía.

Decidí correr durante un pequeño tramo para entrar en calor, así que aseguré el cuchillo de caza con una fuerte tira de piel, muy al fondo de las botas y comencé a trotar como trotaría un muñeco de trapo por entre las nieves perpetuas de aquél desolado lugar.

Hice mal. Desperté la curiosidad de un pequeño oso que no debería estar merodeando por allí. Se acercó rápidamente por detrás, me trabó las piernas para hacerme caer y saltó sobre mí. De un empujón me lo quité de encima. Ahora corrí como un loco. Sabía que lo peor estaba por venir. Y, desgraciadamente, no me equivoqué. Mientras corría poniendo en mis piernas la gasolina de la desesperación, escuché una y otra vez el profundo rugido de la madre del cachorro repetido cada vez más cerca. Debía de estar orgullosa de que el bebé encontrara comida. El osezno aguardó a su madre para iniciar desde el principio una cacería en toda regla y experimentar el cobro de aquél animal tan extraño que huía empleando tan sólo dos patas.

La angosta entrada de una cueva, fácil de defender con el arpón, era mi única esperanza y un golpe de suerte al doblar a la carrera una pequeña colina helada me la ofreció en bandeja. Me iba la vida en aquellos cincuenta metros escasos que me separaban del agujero excavado en la pared de una gigantesca roca que se elevaba en mitad de la nada. Treinta metros y los osos los tenía pegados a los talones. Me quité la capucha y la lancé a un lado y la osa se desconcertó un momento. Lo suficiente para ganar diez metros más. Miré con pánico hacia atrás. La osa se preparaba para saltar. En el último instante esquivé el salto, la osa se resbaló y gané otros diez o quince metros. El sudor helado, los pequeños ojos desorbitados, la estrecha entrada del agujero. Lo podía conseguir. En dos zancadas me planté junto a la gran roca y me agaché para entrar en el escondite. Al mismo tiempo que preparaba el arpón, sentí que algo tiraba de mí y me arrojaba lejos. Aturdido me giré en la nieve con el arpón en la mano dispuesto a defenderme y la osa, de un zarpazo, me lo arrebató de las manos. No me quedaba otra que gritar, cerrar los ojos y esperar lo inevitable.

Se abrió la puerta del ascensor y me escapé al portón del edificio. El vecino del segundo me miró como se mira a los demonios y entró mascullando palabras hirientes. Huí calle abajo y entonces escuché un grito desgarrador y recordé que el vecino del segundo era más fondón que yo.
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4 comentarios

mox -

Muralla, ¡por los pelos!
Un abrazo abrazao.
lunaaaa, sí, siempre vecinos, siempre otros y a mí no. ¡Estoy más harto...!
calsetines, ja,ja,ja, las claustrofobias se entienden mejor así ¿no?.

calsetines -

para que luego la gente no entienda el pánico que tienen algunos a subirse a un ascensor ;)

lunaaaaa -

es toda una aventura leerte...pero ,es azar...¿o casi siempre son los vecinos los que no la libran?......SUSURROS MOX

muralla -

Jo, qué bueno... Casi creí que no te librabas...
Me gustó mucho. Bueno, como siempre me gusta lo que escribes.
Besiños. Muralla.
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