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Erase Una Vez

Cosas de casa

Pijama de rayas

Tengo uno de esos pantalones de hospital. Son de algodón, con rayas blancas y azules muy finas y desgastados y descoloridos de tanto uso y tantas lavadas. Tienen un cordel de hilo blanco muy largo para sujetártelos a la cintura, porque siempre te los dan grandes, como tres o cuatro tallas más grandes. Y son rabicortos.

Sí, claro, te puedes quejar diciendo que pareces un esperpento protagonista de alguna película de campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Pero es que si te quejas, te ponen uno de esos babis gigantes que se anudan al cuello y que te dejan el culo al aire. El peluquero de mi barrio los tiene de color negro, los de los hospitales son blancos, pero en el fondo los dos te dejan con el culo al aire.

Los robé con la esperanza que nadie llevara más semejante aberración. Además invité a los demás vecinos de planta a que hicieran lo mismo y que propagaran el mensaje entre los nuevos que llegaran, a ver si había una renovación de vestuario decente en la Sanidad Pública Española.

Y sin embargo, después de tanto tiempo conmigo, ahora los miro con otros ojos. Ahora tienen un no sé qué, que me atrae. Son bellos los muy jodíos.

Y esta noche me he decidido. Me los pondré. Y con mi torso desnudo, me presentaré al mundo.

Me tatuaré con las ceras de mi hijo pequeño una calavera en el pecho, cuidando no dejar demasiados pelos en ellas por si luego le da asco. Los ojos de la calavera coincidirán con mis pezones y la boca con mi ombligo, claro.

Con un trapo del polvo (resto de una antigua jarapa escandalosamente coloreada) me haré una cinta para el pelo que oculte bien mi calva de monje franciscano.

Iré descalzo, aunque apeste sin plantillas devorolor que me protejan.

Y meteré para adentro todo lo que pueda la barriga.

Pretendo así, además de presentarme al mundo como antes he dicho, tener una noche ardiente con mi mujer, que hace ya tiempo que está sosona.

Mañana os cuento. Deseadme suerte.

 

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Teoría

Me sé la teoría

y a veces también la práctica.

Y hay que ver cómo anhelo

un poco de mala leche

para acercarme mejor a la vida.

Hablando conmigo mismo

Hablando conmigo mismo

Estos días me dije muchas veces que lloramos por lo bueno que perdemos.

Luego me dije que sí, que lloramos por lo bueno que perdemos pero que al final siempre aprendemos a vivir con lo que la vida nos deja.

Y ahora me digo que esto es la enfermedad de la edad y que no se si tengo ganas de sobrevivir... y luego, sacudo la cabeza y sigo preparándome los 300 gramos de ensalada.

Mentiras verdaderas

Mentiras verdaderas

Tengo cien mentiras escondidas y cuando las descubras ya tendré cien más.

La primera de todas es una mentira de verdad y la segunda es una verdad de mentira y por más que quieras nunca sabrás si lo que te digo es lo primero que digo o es lo segundo, es decir si te miento de verdad o si te hablo con el corazón aunque te mienta.

Así advertida ya te puedo decir que te amo o que te odio, que eres mi sol o mi infierno, que te quiero hasta gritar al viento cuando me estalla el corazón o que me consume mi sombra y ya no me quedan nada más que estos dos dedos para escribirte que te amo y que te odio, que eres mi sol o mi infierno y que te quiero hasta gritarle al viento que no sé gritar con fuerza nada más que la verdad. La mía. Que te quiero aunque no te dejes querer. Que te amo aunque lo sepas y no quieras que te quiera así.

El laberinto

El laberinto

Estos días, las calles se han puesto ya definitivamente la bufanda, el abrigo y los guantes. He colgado eso de vestir de buena mañana un suéter de manga corta con un jersey de manga larga y quitarme la manga larga a medio día para sentir el sol tibio en la piel. Sólo quedan cuatro meses para volver a hacerlo.

Disfruto ahora del invierno de nariz roja, lleno de luz amarilla y camisetas interiores de esas forradas de pelo y añoro los frotes enérgicos por todo el cuerpo que me daba mi madre al meterme en la cama por las noches para que el pesado frío fuera ligero y amable con mis huesos de niño.

Tengo flases de gorro triángulo de lana con una bola en la punta, de orejas de hielo a punto de romperse, de río sin agua congelado a rodales y bordeado de groseras y salvajes malas hierbas pintadas delicadamente de blanco escarcha en mitad del cauce.

Me doy la vuelta mirando al cielo, y me aferro al poste de la portería y giro a la velocidad de la luz y me suelto y mareado el cielo es tierra y la tierra, cielo y me caigo al cielo, y para tomar constancia de la tierra pego mi cara contra él y muerdo arena. El otro, el que me ha retado a ver quién aguanta más tiempo de pie después de girar alrededor de los postes de la portería se ha soltado ya del suyo, y está junto a mí, intentando agarrarme de las manos para frenarse en su caída desde la tierra al cielo y me mira riéndose... y vomita entre ahogos.

Como en la playa. Tan fríamente calurosa de baños sin bañador en aguas desiertas casi árticas.

Como en el día de la entrega de notas cuando le tengo que decir a Don Fermín que me da miedo cambiarme al instituto y ya delante de él, se me agolpan las palabras formando un tapón imposible de destapar.

Y vuelvo a las carreras, a jugar a la pelota después de clase, a caminar veinte minutos hasta casa, a comer y a veinte minutear caminando hasta el instituto y notando que las calles ya se han puesto la bufanda y que de un momento a otro se pondrán el abrigo y los guantes.

Y aquí sigo, en mitad de mi laberinto, solo y acompañado, siguiendo recto las vueltas que doy, encontrándome con paredes que me vuelven al principio y con otras que no me dejan seguir.

Imagen "Mutus Liber" de Dino Valls

Dedos

Dedos

Desde siempre, me ha parecido que entrecruzar los dedos de las manos es símbolo de dulce intimidad. El tener entre mis dedos otros dedos significaba poseer parte de la persona que me los ofrecía, y esto me daba miedo, pero en ese gesto había algo que me daba aún más miedo y era que yo también cedía parte de mí mismo.

Por eso he evitado muchas veces el saludo scout (te entrechocas la mano y el meñique lo hundes en el meñique de la otra mano), el dar la mano a gente que no me inspira confianza, el hacer una promesa que no cumpliré y que se sellaría con un apretón de manos. En fin, que me cuesta dar la mano, y nunca jamás entrecruzo los dedos con nadie. Nunca.

Pero esta noche he dormido en la cama nido de mi hijo. Y he recordado cómo me dormía aferrado a las manos de mi madre casi de bebé, buscando, entre los barrotes de la cuna uno o dos de sus dedos o lo que ella quisiera dejarme, y eso hacia que me sintiera protegido y durmiera mejor.

Así que he buscado los dedos dormidos de mi pequeño y los he entrecruzado con los míos. Me he emocionado de miedo y de bienestar y he dormido agradablemente protegido por él.

Sueños

Sueños

Sueño con el tiempo (y me das besos de aire o caricias de dedos que barajan el pelo o calor cansado de tanto cariño o brillo cálido en tus ojos, en tu boca, en tu abrazo).

Y aún tengo el temblor de tus piernas entre mis dedos, el deseo de tus labios entre los míos, tu voz que me refresca el alma y mis brazos escudándonos de la falta de ganas de todo.

Sí. Aún creo en esto... Aunque tus temblores sólo sean mis sueños

Recuperar

Recuperar

De camino en camino y ahorrando caminos de agua, buscamos otros caminos, caminos rotos y remendados cien veces, y así, caminando entre harapos, vamos surcando la vida.

Y no nos damos cuenta de que los compañeros de viaje que nos ayudan a caminar son los que ponen los remiendos mejores y más resistentes. Y tampoco nos damos cuenta que nos apoyamos tanto en sus espaldas, que al final terminan derrumbándose y a veces no somos capaces ni de echarles una mano cuando debiéramos porque ni siquiera nos damos cuenta que se han caído... y no apreciamos su caída de tan acostumbrados que estamos a su presencia, ¿verdad?

Ha llegado la hora de dejar de mirarnos nuestro ombligo y ver a nuestro alrededor la gente que camina cerca, por nuestros mismos caminos de harapos, por nuestras mismas ruinas, por nuestras mismas sombras. Ha llegado la hora de dejar de caminar triste, y parar y ayudar para variar. Ha llegado la hora de capturar y dejarnos capturar por amigos y dejar que nos conozcan un poco mejor ...

Y es que me gustaría recuperar el odio que le tenía a la frase esa de nadie hace nada por nadie a cambio de nada...

No podemos

No podemos

No se puede dejar de mirar al interior de nosotros mismos. Se nos puede escapar algo que nos ayude a conocernos mejor y por eso hay que rebañar nuestros propios datos y rebuscar en los posos de café antes de siquiera pensar en tirarlos.

Así me entero que soy débil, que te quiero y no puedo hacer nada para alegrarte el día y que dejo esa delicada tarea de arrancarte sonrisas en manos de nuestros hijos, de sus frases vitales.

Así me entero que te evades, que no estás, que no me evitas, que dejas caer el alma un poco en mí cuando te abrazo y no puedo darte calor, o al menos no darte tanto como un día te supe dar. Ese día me supongo que estaba más comprometido que ahora.

Así me entero que necesito ayudarte y que quiero darme y que no se si me quieres recibir y que tampoco hago lo suficiente para facilitarte la vida y que tampoco sé si realmente quieres que te la facilite.

Y todo está en calma. Todo es plano. Sin chispas. Hasta que surge una sonrisa por una frase del pequeño o por un guiño a la vida del mayor. Y me alegro por ti....

Así me entero que te quiero, que te entiendo y que soy débil.

Quiero seguir intentándolo y seguir amándote.

Isabelita

Isabelita

Hasta ayer, Isabelita era mi suegra. Hoy mi hijo me ha preguntado por qué no le ponían la lápida.

Ha visto cómo entraba en el nicho del panteón. Era el de arriba y se necesitaba un andamio y un par de hombres sobre él ayudando y dirigiendo al empuje de los de abajo. Ha visto también cómo meticulosamente elegían los ladrillos y los enyesaban para taponarlo. Había que cortar con la paleta trozos de ladrillo y encajarlos en la anchura de la entrada, porque dos ladrillos no eran suficientes y tres no cabían. También han dado forma a los que han tapado el arco superior quitando trozos de aquí y de allá para dejarlos en semicircunferencia.

Se ha despedido de ella. Eso me ha dicho. No sé si le ha dicho adiós o hasta luego, que es lo que siempre me gusta decir a mí (aunque sepa que no vaya a volver a ver más a la persona a la que despida).

Han cubierto los ladrillos con una capa de yeso, echada a mano, con mucha delicadeza, sin ruido, y la han repasado con la llana para embellecerla y que quedara totalmente lisa.

Tal vez se haya acordado de su sonrisa de hace unos años, de sus ojos de ver siempre las botellas medio llenas, de sus quitar hierro a las cosas y de su calor cercano.

Luego han paseado una esponja húmeda para limpiar salpicaduras de yeso no deseadas y dejar un halo reluciente que tristemente se ha secado pronto.

Me ha abrazado y me ha dicho si podía ayudar a rellenar con agua los búcaros de cristal tallado para los últimos ramos de rosas.

"Sí, claro, corre con el tito y échale una mano"

Han, retirado el andamio, barrido el yeso del suelo y entrado todas las flores entre las que nos movíamos los asistentes.

     - "¿Por qué no le ponen la lápida?

     -  Porque no le han tallada todavía. Luego se la pondrán.

     -  ¿Cuándo?

     -  No lo sé. Tardarán dos o tres semanas."

 Han puesto los ramos en su sitio y nos hemos retirado a la sombra después de cerrar el panteón.

Cuando volvíamos le he preguntado si quería ir esta tarde al cole y me ha dicho que sí.

 

Isabelita creía en Dios y los tres sacerdotes que han concelebrado la misa en el tanatorio no sólo la conocían sino que la querían y admiraban. Gabriel la ha descrito tal y cómo era hace siete años. Me quedo con una frase: "Isabel era de esas personas que tenía el corazón limpio".

Isabelita tenía Alzheimer, y desde hace siete años, poco a poco dejó de ser Isabelita y se convirtió en unos ojos que daban miedo, que no reconocían, a los que les pedías un destello de razón y que, de vez en cuando, (son sólo sospechas) te lo daban, pero sólo unas décimas de segundo. Y entonces sus hijos la cubrían de besos y de caricias, que eran a lo que ella se mostraba más receptiva.

Mi esposa se ha acercado esta tarde a casa de sus padres, la tenemos enfrente de la nuestra. Ha estado con su padre, que después del tanatorio, la misa y el cementerio estaba cansado y sonrientemente triste.

Luego, han ido apareciendo los demás hermanos "a ver cómo estaba el papá". Ha vuelto y me lo ha contado. Este fin de semana le tocaba hacerlo a ella.

Mi esposa me ha pedido que mañana no vaya a trabajar, que me quede con ella. Sabe que no va a cambiar su estado de ánimo, pero se va a sentir algo más acompañada....

Hasta luego, Isabelita

 

 

Sin ojos

Sin ojos

Me he sentado en un taburete sin respaldo en mitad de mi dormitorio a las doce del medio día, he cerrado las ventanas a cal y canto, he apagado los apliques de las mesillas, he puesto toallas debajo de las puertas para evitar destellos de cualquier luz y he dejado que la oscuridad más absoluta me envuelva.

Cierro los ojos. Respiro profundo y lento. Vuelo.

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Pasan diez minutos

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Abro los ojos para perderme en la oscuridad.

Estoy aquí, sentado en mitad de una habitación sin vistas, totalmente cerrada al aire exterior y supongo que al aire interior también, escuchando el tenue aullido de un furioso viento de tormenta al regatear los obstáculos que me protegen de su poder. Protesta el plástico de las persianas al combatir su empuje y golpea como tambor irregular las rendijas de metal que las encaja. Los ojos no me sirven. Y en este momento no me importa que no me sirvan

No dejo penetrar ninguna brizna de luz y se cuelan rayos de viento en esta alcoba. Así pienso que es mi vida. Llena de ruido y escasita de luz.

Me acuesto en la cama, me ovillo y ¡vuelo!

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Hola...

¿Me dejas tenerte un poco conmigo?

pintores

pintores

Necesitaba el color de tu alma para pintarme por dentro. Necesitaba atravesar esa alegre sonrisa de ojos tristes y bucearte.

Y tu me gritas al oído todo lo que necesito para pintar pero no te escucho. Y eso que ni siquiera tengo ya la venda que no me dejaba escuchar.

En una azucena colgabas tus horas muertas y me pinté de perfume blanco.

Me equivoqué.

Luego te vi hablar con el mar y me tizné de azul espuma diamante.

Me equivoqué.

Mas tarde ofreciste al sol tu rostro y me cubrí de polen dorado y dulzón.

Me equivoqué.

Ahora no te pienso. Te has ido. Porque aunque estés ya no estás. Por eso te has ido. Y eso que estás. O puede que a lo mejor me haya ido yo. Sí, será eso.

Ahora he encontrado un gris marengo casi negro. No se si me equivoco...

Esos días...

Esos días...

-   Mire usted... Que me ha venido la regla. No, si ya se que no tiene nada de extraordinario que a alguien le venga la regla, ya lo se. Pero oiga, en mi caso, un poco casi que sí...

-   Verá... es que es la primera vez.

-   Y es que tengo cuarenta años.

-   Y es que soy hombre.

El médico me escuchó impasible y a continuación escribió una dirección en un papel, y con un garabato por firma, unas tristes palabras de consuelo y una mal contenida ironía cuando habló del extraño virus que asola a las gentes durante esta época del año, me quiso despedir.

Me hice el remolón y entonces me recetó también Nolotil, "por si los dolores menstruales", me dijo, y se levantó, me levantó, me puso la mano en la espalda y sin parar de hablar de hacer unos análisis para dentro de una semana, ("a ver la evolución"), me empujó fuera de la consulta y llamó al siguiente enfermo de la lista, un señor bajito y delgado con cara de estreñido y a punto de llorar.

Y allí me quedé, en mitad de una sala del Centro Médico, rodeado de señores con caras de estreñidos y a punto de llorar, con una dirección, con una receta y con cara de asombro.

Volví a casa.

"¿Cómo que una dirección?... Tú estás tonto. ¿Y no le has dicho que qué te pasa? ¿Qué cómo se cura? ¿Qué si es para siempre?.... ¿Cómo que no?... Tu estás tonto". Tras estas dulces palabras de apoyo a mi problema, mi mujer me mandó a la dirección de marras con un último y prudente consejo. ("¡¡No vuelvas hasta que no lo soluciones, calzonazos!!")

Cuando llegué, una multitud aguardaba que la tragara unas enormes puertas de un enorme edificio que se abrirían de un momento a otro (según un señor con cara de estreñido y ganas de llorar) y que, seguramente, eruptarían con fuerza después de tal banquete.

Como siempre pasa en mis enfrentamientos con las multitudes que viajan en la misma dirección que yo, me sentí apretujado al principio, luego aplastado y finalmente, cuando rehusé entrar e intenté dar la vuelta, aprisionado entre varios cuerpos que me teletransportaron hacia dentro a pesar de haber levantado los pies y mantenerlos en el aire sin rozar siquiera el suelo.

Al entrar y descongestionarse la pelota de gente, aterricé en un gran salón que ocupaba toda la planta baja del edificio. Excavadas en las paredes y cada cuatro o cinco metros se distribuían ventanillas lo largo de la habitación salpicadas de vez en cuando por puertas de madera macizas que accedían a habitáculos repletos de funcionarios. (Pues sí, era un edificio institucional)

Una vez dentro y en un despiste de la marabunta, me arrojé en brazos de una de aquellas ventanillas tras la cual, la consiguiente funcionaria me miraba expectante.

     -  Oiga, es que me ha venido la regla.

     -   Ventanilla treinta y cinco.

     -   ¿No me oye? ¡Que me ha venido la regla!

     -   Ventanilla treinta y cinco.

     -   Es que el médico me ha dado esta...

     -   ¡¡Que-se-vaya-a-la-ventanilla-treinta-y-cinco!!

Y como no puede ser menos, la ventanilla treinta y cinco era la única con una cola enorme que serpenteaba por todo el edificio. La cola la integraban señores con cara de estreñido a punto de llorar.

Al cabo de las tres horas y cuando creí que me cerraban, llegué a mi destino. Un amable funcionario me pidió que le describiera con exactitud y detalle el problema, cosa que hice gustoso y emocionado al mismo tiempo, porque, por vez primera, un ser humano sería capaz de escuchar sin reservas y abiertamente mis problemas menstruales.

 

         -   Ya está. No me diga más.

         -   Oiga, si no he empezado a hablar.

         -   ¿Ha rellenado la declaración de Hacienda?

         -   No.

        -   Está usted acojonado porque tendrá que pagar y eso le tapona el tiroides lo que le provoca un funcionamiento hormonal desfasado. Usted necesita rellenar la Declaración de la Renta, que le saldrá a pagar. Pero no se preocupe. Mire a su alrededor a todos estos señores con la misma cara estreñida que tiene usted. Pasa en esta época. Usted pague y no se desasosiegue, verá cómo todo volverá a su cauce.

    Ahora vuelvo a casa a recoger las retenciones, los papeles del préstamo y los papeles del catastro. Me supongo que me esperará mi mujer, así es que me voy a pasar por la farmacia, ya sabéis, a por el Nolotil.

Arrugas

Arrugas

Un pequeñajo de seis años me preguntó no hace mucho si me dolía mirar.

Como me dejó pensando, me volvió a preguntar que si me había enfadado.

Como no sabía qué responder y lo miré como se mira al que entra a saco en tus entrañas, me dio un abrazo.

Cuando me repuse de la conmoción, le cosí a preguntas y al cabo fue, que identificó dolor con arrugas de ojeras.

Como me vio reir, se dio la vuelta desinteresado y sacó un juguete para desintoxicarse de mi risa.

Entonces le expliqué que mis arrugas eran buenas porque significaba que había visto mucho, no que me dolieran. Le admití que había visto cosas malas y cosas buenas pero que cada vez que lo veía a él me hacía reir de contento y que era entonces cuando se marcaban las arrugas, osea que las arrugas eran pura alegría y que por eso las arrugas no eran malas.

Como se quedó cavilando le pregunté por sus pensamientos y me dijo que él no tenía arrugas y eso que se reía mucho...

Entonces le invité a una hamburguesa en el Mac Donald y le prometí que de mayor tendría más arrugas que yo.

Me preguntó qué juguete venía con la hamburguesa...

El año que viene

El año que viene

Lloro lluvia por ningún motivo. Me crispo y sale sola sin arco iris al fondo, gris y fría, sin gotas de perlas en las macetas de casa, sin dibujos en el vaho de la ventana.

Me miro la barriga y siento que no tengo cuerpo, sólo sollozo, desconsuelo. Me siento abierto en canal y extirpado el hígado, el sexo y la sangre, me quiebro y lluvio llanto.

Me siento en el rincón de detrás de la puerta, agacho la cabeza y aprieto los ojos hasta sus quejas y exprimo a los lacrimales su dolor. Me recojo en feto con mis rodillas empeñadas en ocultarme la cara, clavándose en ella, llanto de lluvia salada, ácida de limón amargo y me pregunto por qué... para tomar soluciones.

De momento, amargo mi llanto salado y ácido todo el tiempo que puedo hasta sentirme bien, con ese bienestar que sabes huidizo, típico de enfermo de recaídas agotadas, con ese bienestar que se marchará en el momento que me asalte la idea de verme VACIO , y peor aún SIN POSIBILIDADES

Reinventar

Reinventar

Una vez me quise reinventar y conseguí un estropicio. Todos lo decían.

 Así que no me quedó más remedio que nacer de nuevo, pero cuando me autoparí fue peor aún, y además de escuchar que todos lo decían yo también lo pude observar.

Tú

A veces me gustaría no dormir para así curar el insomnio y cuando estuviera agotado quedarme horas junto a mi almohada. En realidad no duermo para pasar por la vida del día siguiente como un zombie y evadirme así de la cotidianeidad.

Hablo y floto y vuelo por un entorno de aire. Debajo, ellos, y medio existiendo entre nubes que no me dejan ser, yo.

Luego estás tú... Si no sujetaras el cordelito del globo, me escaparía hasta la estratosfera. No sé si eso sería bueno o malo. Sólo sé que lo del cordelito me lo invento yo, que tú no tienes alma para retener a nadie si nadie quiere escapar, que tú no tienes otro deseo más que dejar que cada uno sea lo que quiera ser y ayudarle a que de verdad sea.

...Estás tú...

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Gazapo

Gazapo

Se esconde detrás de un espejo y me mira con ojos de "no quería hacerlo pero lo he hecho". Yo le miro con ojos de "¿Cómo que lo has hecho?" o de "Así que has sido tú".

Y huye corriendo a buscar una nueva madriguera.

La última vez lo tuve que sacar de debajo de la cama. Pero el gran pequeñajo, escurridizo malandrín, llorando de risa, se zafó de la escasa presión de mi abrazo-prisión y, ojos chirivitas de diamante, mofletes rojos de rubí y dientes de perlas blancas carcomidas por las caries, se refugió donde sabía que no podría jamás alcanzarlo: las dulces piernas de su madre.

Pero ahora, había roto la puerta de un puntapié de mal domado genio y ni la cariñosa nata acaramelada de su madre, fiel aliada en tantas otras ocasiones le libró esta vez.

Sentado pensando llanto pasillo 45 minutos arrepentido perdón lágrimas no lo haré más cabizbajo miró de reojo abrazos mami, papi, hermano cabizbajo tranquilo sólo esa mañana.

Mi gazapo... (mi cuñada dice que los niños, de pequeños están para comérselos y de mayores te arrepientes de no habértelos comido)

Silueta

Silueta
El otro día, mi mayor se tumbó en el parque y un amigo suyo, con una tiza le pintó su silueta. Nos quedamos los tres mirándola sin decir nada. A mí me entró el canguelo y para romper un poco los pensamientos de todos dije que la cabeza había salido un poco pequeña. Se rieron. Pero no nos movimos, los tres con la mirada fija y cada uno con sus propios pensamientos. Y yo con el canguelo.

No me resístí más y me tumbé para que me hicieran la silueta. Y se rieron aún más cuando vieron que mi cabeza era aún más pequeña que la de mi hijo. Yo no me reí. Sólo pude tragar saliva.

Estaba con el canguelo .
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