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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Buenas noches. En tus sueños![]() Tengo la mala costumbre de despertarme en tus sueños. No sé si sabes que me encanta la música de fondo que sintonizas: Hoy canta Sandrine Kimberlain. Bajas la mirada. Sonríes ausente mientras canta. Me gusta observarte cuando crees que nadie te vigila. Bruscamente has cambiado de color de cielo. Hoy, de violeta brillante, te has ido a azul vaquero, no sé si es porque has comenzado a hablar en sueños, los demás pueden escucharte y te da miedo desnudarte demasiado… o porque he comenzado a perseguirte en mitad de una guerra contra mí. Te he dado la mano y sin dudarlo, me la has arrancado para dársela de comer a unos pájaros que te buitreaban desde el comienzo del sueño. No has hecho caso de mis chistes de mancos y te has largado con tu amiga la triste mientras le reías las gracias. Luego ha aparecido nuestro nene y su cabeza se ha convertido en un surtidor de gasolina del que sólo salían besos. Besos de cariño, besos insistentes, besos apremiantes, besos agobiantes, besos pesados, besos cargantes, besos odiosos. Huyes. Te alcanzo y te pregunto si quieres navegar. Te hundes en la tierra para esquivarme, pero sigo el rastro de tu canción y te doy uno de mis ojos, encerrado en un juguete, un suave peluche de terciopelo de barro. Lo has dejado caer y se ha hecho trizas. Despliegas las alas para escapar volando. Te escoltan tus amigos los pájaros-buitre. Para despistarlos les ofrezco media pierna. Te cuento chistes de cojos, pero te evaporas a una nube junto a tu amigo el desconsolado que te piropea con historias divertidas y que te arrancan sonrisas de lujo. Te localizo durmiendo en una cama y me acerco con sigilo porque quiero despertarte con saña. Pero no te sorprendo. Eres tú la queme sorprendes a mí, porque ya estás despierta y cuando te giras alzas tus dedos y me despegas la cara. No hay sangre. Siento lo mismito que siento al explotarme una espinilla rebosante de pus. Te la pones. Me río porque te falta un ojo. Por primera vez en todo el sueño me sonríes, aunque lo hagas con mi cara. Y ahora… Te despiertas. Me despierto. - ¿Qué tal la noche? ¿Has descansado? - Bien, bien, ya sabes, como siempre…
18/10/2008 03:18 Autor: eraseunavez. Enlace permanente. Tema: Buenas noches No hay comentarios. Comentar. Feliz 2008 Os deseo a tod@s unas muy felices fiestasLa pizarra-¿Y nunca te ha guiñado el ojo la pizarra para que le dejaras un mensaje? Eh, que también sabe hablar... -Pues no. La pizarra está ahí. Es negra y pesa mucho. Pero no se mueve, ni guiña ojos, ni habla, ni nada. -No la has mirado bien. Ven... (me cogió del brazo y me sacó al pasillo). Ahora vas a entrar y pegas la oreja en el centro de la pìzarra, a ver si escuchas algo de lo que te diga . O mejor deja que te lleve yo, pero con los ojos bien cerrados para que sepa que estás muy concentrado en lo que te dice... muy concentrado. A ver si la oyes. Tienes que cerrar los ojos... cerrarlos y tenerlos bien apretados para que ella vea que sólo puede hablar contigo, que no le vale con guiñar el ojo... Y seguro que cuando empieze a hablar, la escuchas. -¿Y de qué habla? -Anda, calla y cierra los ojos, que te llevo. -Bueno, vale...Mira cómo los cierro... ¿Así de apretados? (y otra vez, del brazo, me sirvió de Lazarillo y me dejó justo delante de la pizarra) -Calla y pega la oreja. -¿Así? -No... Más fuerte... -¿Asííííí? (y empujaba con la oreja, la cara y el pelo de mi perfil de ojos cerrados contra la pizarra) -Sííí, asíííí... Pero la pizarra seguía muda. Tan sólo escuché un rumor de risas contenidas de mis compañeros. Seguro que estaban pensando que estaba loco al apoyar de esa forma la cabeza contra la pizarra, como si la quisiera romper... Hasta que, cansado de la mudez de la pizarra, me separé de ella, protestando, al centro de la clase. -Aquí no se oye na de ná. Y abrí los ojos. Y todos estallaron en risas. Me volví a la pizarra y entendí la tomadura de pelo. Mientras estaba en el pasillo dejándome convencer, algún conchavado pintó un círculo blanco de tiza y cuando apoyé la cabeza en la pizarra, me ensucié tanto de polvo blanco que parecía que me habían rociado de harina. Me encogí de hombros y me senté... Y entonces fué (os lo puedo jurar) cuando la pizarra me guiño un ojo. Así que me levanté y, sin ser original, que no estaba yo, con toda la clase riéndose a mandíbula batiente, para ser original, le dejé este mensaje: "Paren el mundo que me bajo" La gota![]() Erase una vez una gota de agua que jamás había visto el mar. Y lo intentó de mil maneras y sé de algunas en que casi lo consiguió. Veréis: Una vez, el sol la ayudó a subir a una nube y pactaron con el viento veloz del norte, el más frío e implacable, para viajar rápido, pero cuando se encontraban justo encima del mar y se descolgó alegre, impaciente por sentir la blancura de su espuma, una veloz gaviota se la tragó y huyó vertiginosamente hacia los acantilados altos de una isla donde la gota fue defecada en la tierra, absorbida por una ramita de tomillo y liberada de nuevo al aire, pero ya sin peso, etérea. Flotó tantos kilómetros que se mareó y perdió el sentido y la oportunidad de su deseo. Otra vez, allá en los lejanos páramos del Sur, una noche sintió frío y al día siguiente se despertó siendo una gota-hielo inmóvil en mitad de una gran montaña de gotas-hielo inmóviles, y se ilusionó porque todos saben que los bloques de hielo gigantes de los que formaba parte, se desprendían y viajaban flotando por el mar hacia el cálido ecuador y poco a poco se derretían y todas las gotas-hielo terminaban cambiando a gotas-agua de mar. Y cuando ya formaba parte de la grieta del iceberg, y sonreía a la ilusión de verse convertida en mar, el destino quiso que la gota se quedara en el lado malo de la grieta. Luego un poco de calor, lo suficiente para verse otra vez etérea, y luego entre nubes y arrastrada al interior de los continentes Hubo una vez más: regando árboles, logró no ser atrapada por sus raíces y pudo huir hacia una corriente subterránea que la llevó a la bóveda de una cueva. Allí se precipitó por una pequeña catarata a un río enorme y la sonrisa le volvió a pintar el alma y se llenó de la emoción de verse entre remolinos de río juguetón porque, como todas las gotas saben, los ríos van directos al mar. Pero se despistó, navegó cerca de la orilla, una noria la raptó y el destino le volvió a negar sus deseos. Por último, también sé que lo intentó siendo lagrima de una amante despechada, que aliviaba su dolor caminando descalza por la playa justo a la orilla del mar. Desde los ojos, a punto de saltar, se sentía mal porque era una lágrima feliz, pero es que podía ver cómo reventaban las pequeñas olas a los pies de su dueña. Y al fin cayó. Pero una ráfaga de viento malintencionado ululó en sus oídos y sintió cómo la empujaba hacia el vestido de la mujer y se diluyó entre los hilos de un suave tejido vaporoso. Sé que anda luchando por conseguir su deseo negado tantas veces y os aseguro que la he buscado por todo el mundo. Pero cuando pregunto por ella nadie sabe dónde está y yo no la distingo porque, como todos sabéis, son todas iguales... Aunque hubo una vez que creí ver diminutas lágrimas en una lágrima. Camaleón![]() Ayer, cuando me iba a la cama, tropecé con un disfraz de camaleón en el comedor. Nadie lo había visto durante el rato que estuvo desparramado en la alfombra. Claro, porque ¿quién, en su sano juicio, puede ver un traje de camaleón? Y si suponéis que me lo probé acertáis. Era de la talla XL, de esos que ceden y se ajustan, y aunque me venía un poco estrecho, empeñándome y batallando un poco con la barriga, me lo enfundé. Mi mimetismo era total y aunque estoy acostumbrado a ser invisible para las mujeres por tener más de cuarenta años, comprobé la invisibilidad del disfraz ante un espejo y aquello superaba todas mis sensaciones anteriores. Sencillamente yo era un camaleón perfectamente invisible. Lo primero que hice fue abrir la ventana del patio de luces, caminar boca abajo por las paredes y entrar en el piso inferior. Para descender, las uñas se clavaban con agilidad en el yeso buscando automáticamente el resquicio, el agujero o la pequeña grieta, y la velocidad de bajada era asombrosamente alta. Aún así, lo mejor de todo era la visión panorámica que me proporcionaba el traje. Al principio, el cerebro se confundía porque no lograba compaginar la información independiente que recibía de cada uno de esos ojos saltones, pero una vez acostumbrado aquello era como estar en un cine imax. Así que con mi visión periférica no había cucaracha, hormiga ni moxca (cojonera o no) o mosquito que se me resistiera, y durante el breve camino al piso de abajo, cené copiosamente sin poder resistirme al impulso cazador de mi larga lengua. Cuando entré en casa de los del primero, lo primero que vi, fue el primer plano de una pareja haciendo el misionero. La cara de la vecina era todo un poema porque espasmódicamente se arqueaba, alzaba las piernas y abriendo mucho la boca y cerrando muy mucho los ojos quería gritar pero no lo hacía. Y es que Segundo, el vecino del segundo, le seguía la corriente a gritar callando. No había colchón de muelles sino de látex, por lo que una tumba sonaba igual. Así que cuando se escuchó el vuelo cansino de una moxca aterrizando en el culo de Segundo, en un visto y no visto, un chasquear de mi lengua significó una moxca en mi estómago y un latigazo en el susodicho culo con un gritar de aullido, severo pero satisfecho, de una manada de lobos. Como todo se contagia, la vecina no se pudo dominar y gritó a los cuatro vientos su placer descontrolado. Camaleón mas asustado nunca se vio y como hacemos todos los cobardes, regresé de estampida al lugar de origen, con la mala fortuna que no entré a mi casa sino que, desorientado por las prisas, lo hice a casa de Segundo, el vecino del segundo, y más concretamente a su dormitorio, y del que tuve tiempo de ver salir con el rabo y la ropa entre las piernas, desnudo como Adán, a Prímulo, el vecino del primero y a mi vecina del segundo con imaginaos qué cara de circunstancias. Noches posteriores investigando en la idiosincrasia del edificio até y desaté nudos de felicidad e infidelidad, y di consejos dejados caer aquí, acá, allá y acullá con lo que conseguí una distribución de la población más acorde con la sinceridad de los sentimientos. Y así, es un orgullo oír el látigo de vez en cuando en el piso de Segundo o unas carreras locas en el piso de Prímulo. Ahora estoy en las páginas amarillas anunciándome como consejero matrimonial ecológico, el único en desinsectar edificios enteros por depredación natural, sin productos químicos, a la par que corrige las situaciones de estrés sexual de comunidades vecinales nivelándolas y redistribuyéndolas. Cobro en negro y ojalá no me pille Hacienda, aunque si lo hiciera, cuento con lo invisible de mi traje de Camaleón. El presentador![]() Soy presentador. Ya desde pequeñito jugaba a presentar las noticias, a leerlas con mucho énfasis en la parte más interesante, a medio aprendérmelas e inventar un texto no escrito pero que, dicho desde mi convencimiento, conseguía más fuerza, y, por supuesto, a mirar con intensidad a las imaginarias cámaras. Creé una muletilla cuando presentaba una noticia de injusticia social ("Y esto me puede"), hacía siempre los mismos gestos cuando daba paso a los vídeos o a reportajes (dibujaba una gran "O" con ambas manos y acababa señalando a la cámara lateral). Además daba pequeños golpes en la mesa con las palmas abiertas cuando estaba indignado, sonreía irónicamente enarcando una ceja cuando leía una curiosidad, e incluso aplaudía sosegadamente aprobando con la cabeza delante de un premio, un buen gol, un juez que impartía mi justicia o el anuncio de una buena película en la cartelera. Creé un estilo. Vivía únicamente para mi estilo. Mi estilo era la meta de mi vida. Y ahora, ya de mayor, cuando me pongo delante de la cámara, amplío todos los registros que puedo para afianzar mi propio estilo de comunicar, y por ende mi vida: abro enormes ojos de sorpresa, hago preguntas con la mirada, aprieto puños de solidaridad, niego imposibles con la cabeza, entrechoco las manos de alegría, en fin... que con mi estilo he conseguido cierta fama e incluso que algunos imitadores me parodien. Sin embargo, he de confesar que hace algún tiempo estuve en punto muerto, al borde de tirar la toalla. Parecía que se me habían agotado todos los gestos, todas las muletillas, todas las miradas a cámara y recurría continuamente a los intuitivos de la infancia, a los de la fantasía creativa que tenía de niño... hasta que se me acabaron también. Casi hago una locura cuando me quedé sólo delante del reborde de aquel acantilado. Por suerte, cambié un viaje en el vacío por ver, ya de regreso en casa derrumbado en el sofá, un programa de televisión en donde actuaba en esos momentos uno de aquellos imitadores que me duplicaba los gestos. Me enfadé con sus exageraciones que rayaban el ridículo, con su peinado estrambótico y sus excesos de maquillaje que criticaban mi aspecto presumido. Y luego hubo algo nuevo, un giro, un gesto fresco, inédito, algo que podía utilizar de verdad en las noticias y me levanté de golpe del asiento y comencé a practicarlo. Hubo muchos más que anoté con lujuria en una puerta de escape que en ese instante se me abrió. Desde entonces no me pierdo ningún show de imitadores. Incluso declaro que me enfado con los imitadores para conseguir que me imiten más y recoger ideas nuevas que lancen. En estos momentos estoy imitando al imitador que me imita, que recogerá estos mismos gestos para volver a imitarlos y, si tengo suerte, para crear un gesto nuevo que imitaré yo. He vuelto a la vida , a la sonrisa, a recrear mi estilo, aunque sea a costa de reimitar la imitación de mi estilo.
Escultores![]() A veces, cuando no llevo ni veinte minutos en la cama y estoy en ese duermevela caótico, lleno de sueños que puedes tocar con la punta de tus dedos, de sabores que te inundan la garganta y deseos que quieren desbordar, te encuentras con imágenes curiosas que se te quedan grabadas si te despiertan en esos momentos y que saturan tu necesidad de descanso. La última fue ayer jueves. Al cabo del poco tiempo de meterme en cama mi hijo pequeño gritó y salí de ese duermevela para ir a verlo. En los cuatro pasos para llegar a su habitación seguí dentro del proyecto de sueño de aquella noche. Yo era un escultor que no usaba martillo y escoplo sino que sacaba las formas ocultas en la piedra a base de pasar lentamente el dedo por encima de ellas y pensarlas. La sensación fue tan real, que la arena arrancada de la roca al "tallarla" con la imaginación, me golpeaba la cara y con las manos la quería apartar o al menos protegerme de ella. Mi hijo debió verme que entraba así a su habitación y me dijo con voz llorona "¿Tú también los has visto, papi?". Me desperté del todo y sin decir palabra, le dí un poquito de zumo , le ofrecí la mano y esperé un par de minutos a que cerrara los ojos. Ocilleántropo![]() Bueno, ya sabéis cómo va esto. Una noche sales a disfrutar de la luna llena y te encuentras con un animal simpático, lo acaricias, te muerde y te cambia la vida. Y entonces, todos tus sentidos se agudizan: hueles y escuchas mejor. Incluso cantas mejor y aunque te acompaña la fuerza que te hace sobrevivir cada día, hay algo que te impide huir. Los ruidos fuertes te molestan y protestas cantando y te salen en el cuerpo unos plumones extraños que te recubren desde los pies hasta el cuello y la cabeza, pelada, calva y aviejada, se vuelve rosa. Y justo, debajo de la papada, te crecen dos largas berrugas. Te da la impresión que te falta cerebro... Todo explota en la siguiente luna llena y te transformas en el animal que has sido todos estas semanas y la perversa naturaleza que hay en ti, te obliga a descargar tu ira Algunos tienen suerte y les muerde un lobo. A mí, en cambio, me ha acompañado la misma mala suerte perra de siempre y me ha mordido un pavo. Hay que joderse. Soy un hombre pavo. O si queréis un Ocilleántropo. Esta noche es luna llena y salgo a vengarme. Es la naturaleza de esta putada: la venganza. Voy a morder a veinte por lo menos. No sabéis la cantidad de hombres-pavo que hay sueltos por ahí. ¡¡¡NO LO SABÉISSS!!! Salir volando Ayer necesité viajar. Así que me subí a las aspas del ventilador del dormitorio de mi chiquillo y lo conecté. Salí volando por la ventana y he comprobado que es mejor que ir en bici porque se ve todo desde las alturas y aunque te mareas un poco y si asciendes mucho te falta el oxígeno, de verdad que merece la pena. Todavía no he vuelto, claro, porque los viajes de altos vuelos deben ser largos y bonitos. ¿Os gustan las vistas?Cara![]() Tengo una cara que me sigue. Tenéis que saber que es una cara desvergonzada porque siempre se anda riendo en voz alta, hasta en las peores situaciones. No se calla ni cuando vamos en bicicleta a trabajar. Por ejemplo, la Señora Martínez, la vecina del tercero, tuvo un pálpito al pasar por delante de la administración de lotería del barrio, así que entró y se compró un décimo pensando en el primer premio. Lo fue pregonando por todas las tiendas (lo del pálpito y el décimo del primer premio digo) y como la gente la veía tan convencida y le ponía tanto entusiasmo en lo que le iba a cambiar la vida, tuvo tanta envidia que empezó a pensar lo que siempre se piensa en estas situaciones, que viene a ser algo como "¿Y si fuera verdad?". Tantos pensaron lo mismo que todos se lo creyeron. Y como se puede imaginar por supuesto que todos compraron un décimo. El lotero Geremías (con G, como los Jeremías italianos) ante la avalancha de peticiones, consiguió todos los décimos de la provincia del mismo número y aún más de alguna otra ciudad distante. Hasta él mismo se quedó con toda una serie y la guardó como tesoro de mucho valor en la cajita de seguridad de uno de los bancos del centro, esa de la que ni siquiera su mujer sabía que existía y que estaba pegadita, pegadita a la que tenía su mujer, esa de la que ni siquiera el Geremías sabía que existía. El último en sentir el pálpito de envidia de la buena vida, fui yo y acabé en la administración de lotería del Geremías con el susodicho cuento del pálpito y del décimo del primer premio, que yo también lo había sentido. La cara, que en ese momento se partía de risa detrás de mí, me puso en evidencia porque me dejó por mentiroso y aprovechado, y el Geremías (con G como los Jeremías italianos) le hizo coro y se rió a gusto porque ya no le quedaban décimos y me soltó un décimo de un número feo, feo, (con deciros que empezaba en 0 y terminaba en 00 os haréis una idea). Yo, para no hacerle el idem (el feo) le pedí seis décimos. La cara que me sigue lloró de risa cuando los pagué y como al Geremías le faltó tiempo para publicarlo en el barrio, la gente me señalaba con el dedo cuando salía de mi pisito e iba al súper a conseguir comida, al kiosco a por el periódico, cuando sacaba a pasear a la tortuga (bueno no, cuando salía a pasear con la tortuga, siempre lo hacían), o cuando iba a comprar churros (sí, hasta el churrero) y se burlaban hasta hartarse, y encima, la cara, les acompañaba cantando una canción que hablaba de un torpe comprador inútil que gastó dinero fútil en conseguir su enésimo y difícil décimo que comprado con apremio, resultó ser bohemio. Me pongo muy triste al recordar todo aquello. Ahora me he tenido que ir del barrio porque no soporté las risitas que la cara que me sigue dedicaba a la gente cuando salíamos a pasear (ya sabéis, a los que me señalaban con el dedo). Ni tampoco la triste carcajada que le soltó al Geremías (con G, como los Jeremías italianos) al pasar por delante de la administración, y, bueno, cuando nos encontramos con la pitonisa Martínez (es que ahora llaman así a mi vecina del tercero), me avergonzó de tanta risa que le entró. La muy caradura provocó la situación más embarazosa de toda mi vida. Por eso me he tenido que ir del barrio. Ahora saco a la tortuga a pasear por mi piscina y muchas veces lo hago en moto. El mayordomo me dice que estropeo el césped, y oigo cómo la cara que me sigue se ríe del mayordomo. A veces no sé cómo nos aguanta y no se nos despide. Yo creo que en fondo me tiene cariño, y no como el Geremías (con G, como los Jeremías italianos) que se reía de mí y de mis cosas. La pecera![]() Hoy he entrado de nuevo en la habitación. Esta vez, al asomarme por el agujero, una succión me ha arrastrado dentro, me ha revolcado, dado la vuelta, y un movimiento peristáltico me ha conducido a ella. Me sentía como tragado por una serpiente y veía perfectamente las contracciones de su cuerpo, que por dentro era rugoso, rojo, retorcido y sin fin jugando con mi oposición al avance, con mi terror a llegar al fondo. Me daba asco por lo viscoso de sus flujos devoradores y no dejaba tregua en su empeño por acercarme a donde me negaba con todas mis fuerzas a llegar. Clavaba mis uñas en las paredes carnosas para detenerme y poder escapar, y eso era lo que más le complacía, mi lucha por sobrevivir. Entonces segregaba más excreciones hasta ahogarme y apretaba con fuerza sus paredes juntándolas, haciendo el vacío y hundiéndome cada vez más hacia la oscuridad final, que no era otra cosa que la entrada a la habitación. Mi pesadilla empezó en ese momento. La luz se transformó de oscuro tunel rojizo a suave cielo pastel, y las nubes de aquel terrible cielo se llenaron con peces bobos, simpáticos, de labios gruesos permanentemente abiertos, boqueando burbujas vacías de un aire marrón que me envenenaban dulces la boca y los ojos. Todos los peces nadaban en aquella secreción viscosa hacia mí, despacio, inexorables. Cada uno de ellos era de un color pastel, como queriendo hacer juego con aquel perverso cielo: rosa pálido, amarillo pajizo, verde mar, naranja difuso. Demasiados fijaron su vista saltona sobre mí. Sus panzas se arrastraban por el suelo y su dorsal era alto, sin orgullo. Dentro de ese agua insalubre sudé, temblé de miedo. Un pez verde sorbió mis pies. No sentí nada. Sólo grité y mi grito se perdió entre el silencio de esas burbujas vacías. Pateé y conseguí soltarme. El pez reventó y todo se cubrió de una masa negra y espesa, y si queréis, llamadme loco porque os voy a asegurar que hasta debajo del agua la pude oler. Todo mi cuerpo se saturó de aquel olor a podrido. Y todo aquella masa podrida se dispersó entre los demás peces que sin cambiar su expresión ni su rapidez en el nado, aprovecharon para nutrirse del que fue su compañero. Parecía como si estuvieran esperando su estallido, como si todos ellos supieran que su fin era estallar y rellenar de negror podrido aquella pecera. Braceé cuanto pude para escapar de aquella peste y fue cuando noté que de un insoportable tirón me arrancaron un trozo de carne. Casi llorando miré qué me comía. Alcancé a ver, en mitad de un violento remolino una pequeña serpiente con la cabeza hundida en mi estómago devorando todo lo que podía. Y me reí. Me reí en medio de mi llanto porque al ver esa serpiente hurgándome, recordé las imágenes de aquellos espermatozoides que son los primeros en llegar al óvulo, coleando furiosos de puro contento por haber cumplido su objetivo. Volví a gritar y a dejar escapar burbujas grandes como sandías porque lo que ví se asemejaba a la nube de espermatozoides que queda rodeando el óvulo cuando es fecundado, sí. Pero no se trataba de espermatozoides que morirían al cabo de unas horas aceptando su triste destino, sino de una bandada de compañeras de la que me estaba engullendo dispuestas a sobrevivir a costa de mí. Gentes![]() Paco era muy peculiar. Si a alguien había que decirle eso de que vendió el burro para comprar la alfalfa, ese alguien era él. Paco compró el coche antes de sacarse el carnet de conducir. Y lo hizo con la convicción de que sabiendo ese dinero gastado, le daría ánimos para enfrentarse a los papeles de la autoescuela de su amigo Ezequiel, con sus señales, sus tests, y el temido examen de tráfico. Paco tenía manos inmensas, hartas de mover pesos, amigas de sus muchos amigos, y de un buen vaso de vino de la taberna del Andrés pero enemigas de bolígrafos, libros y libretas. Su yerno, Alfonso, el hijo del Andrés, diez años más tarde, contaba que los ingenieros de la ITV no podían creer que un coche de esa edad tuviera 30 Km (los que le había hecho para acercarlo a esas dependencias). Alfonso nunca contó que les dijo (para que no pensaran mal de su suegro) que era el capricho de un coleccionista, pero claro, un Renault 4L, no solía estar en vitrinas de coleccionista alguno. Además, Alfonso se acababa de sacar su carnet de conducir pero ya tenía sus buenos treinta. Como el caso era bien raro, los ingenieros llamaron a las autoridades, por si estuvieran tratando con amigos de lo ajeno o alguna familia de poseídos y Alfonso tuvo que responder a unas cuantas preguntas allí mismo, en un despacho de la ITV que le hicieron una pareja de guardiaciviles, pero esto, como ya he dicho, nunca lo contó, claro. Ni tampoco la panzada de reír que se dieron a su costa y a la de su suegro cuando conocieron y comprobaron la verdad. Ezequiel, en los tiempos en que Paco se quería sacar el carnet, tuvo un accidente con un coche cargado de alumnos que casi le cuesta el negocio. Le reconoció a su hija Nieves. repentinos desvanecimientos durante las clases, culpables de despistes, falta de reflejos y de algún accidente más o menos grave, mejor o peor confesado y siempre mal disimulado y muy bien difundido para su desgracia. Pero no le contó que todos se mofaban de sus breves siestas, ni que le hacían parodias simulando sus cuellos rotos y zarandeándolos ante los vaivenes del coche en las curvas, en los baches y en las paradas. Había quien lo despertaba en los semáforos frenando a fondo, con mucha brusquedad, de forma que el hombre se levantaba casi un palmo de su asiento. Y un coro de risas aguantadas sonaba en el coche. Alguien, incluso contó el cuento de la bella durmiente y Ezequiel volvió a la consciencia justo antes del beso del príncipe. Se quedó con el mote del Bello Durmiente. Nieves se enteró de eso diez años más tarde, en una de las conversaciones que tuvo en la cama con Alfonso, el hijo del Andrés. Alfonso, el de los frenazos, no sabía que Ezequiel recién superada su enfermedad, acababa de morir en un choque frontal con un camión porque su conductor se quedó dormido, ni tampoco se llegó nunca a enterar del dolor y el daño que causaron las malas lenguas como la suya, que repitieron una y otra vez sin conocer lo que realmente ocurrió, la antigua historia del Bello Durmiente. Alfonso suspendió seis veces el carnet con Ezequiel, así que lo dejó para otra época. Ezequiel mantuvo la autoescuela abierta seis meses después de su principio de narcolepsia porque quería que su hija la heredara, contratando personal para dar las clases y perdiendo el poco dinero que entraba del negocio. Cuando vio la falta de interés de ella, lo traspasó. Nieves se acostó seis veces con Alfonso el hijo del Andrés y se las arregló para que Paco los pillara en la cama la sexta vez. En seis días, Alfonso se encontró en la calle, sin un céntimo, sin esposa, sin casa, sin amante, sin trabajo y con fama de ponecuernos. En seis semanas se encontró viviendo en otro lugar, queriendo olvidar nunca supo qué, porque nunca supo de dónde le vino la patada que le dieron en el culo porque nunca se le dio bien eso de atar cabos. El espía que marchó al frío![]() Soy espía de un estrecho callejón y sus colores me llegan rebotados en las paredes de ladrillo rojo y negro. Debajo se puede oír cómo las olas abrazan las rocas o cómo se deslizan entre los bloques de hielo que se golpean sordos, solitarios. Hay 2537 ladrillos entre ventana y ventana y un dibujo de un dragón escupiendo llamas azules al que alguna vez le he pedido fuego y compartido algún cigarrillo. La mesa del despacho, está junto a la ventana, soportando los juegos negro-rojo, rojo-negro de los ladrillos de las ventanas y la luz del día, siempre gris, entra con tanta tacañería que siempre hay que dejar encendidos los fluorescentes. Me salpica una ola y el viento, a base de golpes, me acaricia la cara y me lava el pelo con sus remolinos. En mitad del callejón hay una mancha de sangre que me recuerda al mapamundi y que ahí, caída, respirando la mugre, da color al gris asfalto. Cada vez se escuchan más las voces de los niños jugando a saltar en la nieve y el frío, a buscar cubos de hielo para hacer enormes castillos de arena con diez torres regordetas y una puerta de pluma de gaviota. La mancha de sangre nunca supe quién la dejó y para explicármela, invento historias de amores despechados heridos de muerte sobre ella, o asaltos violentos de navaja, o un pintor que amaba la soledad del callejón y la pintó allí mismo, en forma de gota de sangre dispersa. A pesar del nevado gris encapotado, frio y helado, el sol me quemaba los ojos, así que recurrí a gafas oscuras y a la crema protectora para el resto del cuerpo. Luego me puse el traje de piel, sobre el bañador. La sangre siempre me ha llamado la atención. No podía verla en mi cuerpo. Me desmayaba. Y sin embargo en los demás hasta incluso me agradaba porque recogía tonos de ojos tristes y miedos repugnantes cargados de escalofríos. Por eso me pasaba el tiempo libre agarrado a un vaso de whisky, mirando sin mirar, mirada ausente, muriendo por mirar el vómito de sangre pintado por un pintor sin nombre en el estrecho callejón, espiando... expiando. La policía contó a la prensa que había saltado desde la ventana, que era curioso porque conmigo eran tres los suicidas, y, como yo, los otros dos habían caído con la cabeza exactamente en el mismo sitio: una mancha rojiza que algún malintencionado dibujó en el suelo, el centro de una diana perversa, el fin del camino para unos pobres alucinados y otras frases por el estilo que engordaron y magnificaron este arrebato. Pero os juro que no fue así. Tan sólo me asomé a la ventana para ver más de cerca el glaciar del callejón y la gente que vivía allí y, por puro descuido, resbalé en el hielo y caí. No recuerdo más. Ahora estoy aquí, en el glaciar, junto a otros dos amigos y saludamos al nuevo que, de vez en cuando, se asoma por la ventana con aires aburridos y nos mira sin mirarnos. 02/04/2006 03:49 Autor: eraseunavez. Enlace permanente. Tema: Buenas noches No hay comentarios. Comentar. El joven más viejo.![]() Estoy acostumbrado desde que recuerdo a cambiar un minuto de sueño por uno de vigilia. Al principio, tenía ganas de hacer el tiempo eterno, impaciente y lleno de aventuras y cuando en el primer mes logré vivir media hora más de juegos, exploté de alegría. Entonces fue cuando me planteé vivir más que nadie. Ahora, tras veinticuatro años ahorrando un minuto de sueño cada noche, me he convertido en el hombre joven más viejo del mundo y al mismo tiempo he cumplido un año menos. Enlazo anocheceres y amaneceres y disfruto siempre de ese minuto que le gano al día siguiente como el triunfo cotidiano. Soy rico en tiempo, y en experiencias, en lecturas y en viajes, y me sacan en televisión de vez en cuando. Tengo un notario del libro de los Guiness viviendo en casa desde hace unos años esperando certificar el record, y la gente acude a mi tienda de 24 horas, más para verme la cara y fotografiarse conmigo que para comprar. Y, la verdad, cuando me hablan de sueños cumplidos, de sueños de amor, hasta cuando me hablan de pesadillas, y me preguntan por los míos, siento una envidia tremenda por algo que todavía no he podido vivir. Me doy cuenta que he entrado en coma profundo inverso porque se me ha olvidado cómo dormir. Se me ha olvidado cómo soñar. Problema de densidades![]() Abrí una libreta. En la primera hoja escribí un hombre andando sobre el agua de un lago. Se explica porque era mas ligero que el agua y por eso no se hundía. En la segunda, el hombre conoció a una mujer de la aldea de la montaña que bajaba todos los días de verano a bañarse al amanecer del lago y la espió detrás de una nube de mosquitos. La mujer miraba la nube de mosquitos. La miraba porque le parecía que los mosquitos formaban una cara. Esa era su razón. En la tercera hoja, escribí que el hombre que flotaba lloró al comprobar que la mujer se asustaba de su presencia y además escribí que la razón de que la mujer se asustara era porque los mosquitos podrían dañar los labios de esa cara y no soportaría ese dolor. En la cuarta el hombre agitó sin querer las manos y las abrió y los mosquitos creyeron que las descubría para que descansaran de su vuelo incesante y se posaron en ellas. La mujer comprobó que la nube dejó de ser nube y se convirtió en una mano perfecta, suave, larga, de finas arrugas en dedos alargados, que pedían entrelazarse con los suyos. Con el sol queriendo imponerse a la noche y la magia de la visión de una mano se oyó un fuerte chapoteo, como el de un cuerpo que cayera en el agua. La razón del chapoteo es que el peso de los mosquitos hizo que el cuerpo del hombre dejara de ser liviano y se hundiera en el agua. En la quinta hoja escribí que los mosquitos huyeron de la mano que los arrastraba hacia el fondo del lago e inmediatamente una columna de agua se levantó pero a la inversa y el hombre que flotaba y que se hundió volvió a flotar. La razón es que volvió a ser ligero. También escribí que la mujer tenía los ojos verde primavera más bonitos y transparentes que se pueda alguien imaginar y otras cosas de ella que hicieron enamorarse al hombre ligero. En la última hoja el hombre más ligero que el agua y que por eso flotaba sobre ella decidió dejar de ser invisible (Esa era la verdadera razón de que fuera tan ligero y flotara) y al momento la mujer enrojeció recogió sus ropas y se marchó con su hijo y su esposo a la aldea de la montaña y jamás volvió. El hombre no pudo desmaterializarse porque la materialización de lo invisible es un cambio irreversible. Ahora recorre las aguas del lago con lamentos infinitos que se mecen en las orillas del lago. El hombre materializado no está muerto. Su alma sí. Cuando nosotros vemos a alguien lo vemos porque tiene el alma cosida al cuerpo, pero cuando se rompen las costuras ya no. Por eso no vemos ningún hombre en el lago. En cambio sí oímos su lamento de viento y las olas que provoca en las orillas. Esa es la verdadera razón de las olas y del ruido del viento cuando cabalga sobre ellas. La huella![]() Tengo una huella que siempre me lleva la contraria. De vez en cuando se me escapa y me pisa al revés renunciando a todo. Ella dice que es por amor, pero yo creo que es por fastidiar, por llevarme la contraria. El otro día, sin ir mas lejos me crucé con unas rodillas enmarcadas entre una falda ceñida dos palmos hacia arriba y unas largas botas de cuero, dos dedos por debajo. Y claro, allí saltó mi huella contraria, con el consentimiento de mi subconsciente y por puro amor. Se puso a caminar a saltos detrás de aquellas botas con huellas de tacón alto (todo hay que decirlo) y de mucho carácter, como debe de ser. Ante tamaña rebeldía, corrí hacia ella y la despegué del suelo en un santiamén. Cuando iba a reprenderla unos ojos mudos alumbraron mis palabras nonatas recriminándolas, y sencillamente me ahogaron la riña. Aquellos ojos eran los dueños de las huellas de las botas y por puro amor dejé de regañar y acaricié toscamente la huella contraria, sonreí y la dejé marchar. Desde entonces ya no ando igual. Al menor despiste se me rebelan las huellas y se escapan en todas direcciones. Yo hago lo que puedo. Las persigo, las recojo y me las guardo en los bolsillos y cuando llego a casa los vacío encima de la mesa y les canto las cuarenta. Hay un guardia en el barrio que las multa en cuanto se escapan por ir en dirección contraria. Yo las despego del suelo y me las guardo, pero no doy abasto. El guardia ni se inmuta y no atiende a mis quejas. Sigue agotando talonarios de multas. Así es que ya está bien. Ya no puedo más. Me voy detrás de mi subconsciente, de mis huellas rebeldes y de los ojos que arropan en sueños mis palabras nonatas, que no me dejan vivir, que ya no sé si los odio de muerte o los amo de locura. Licántropo![]() Pagué al conductor el billete y me arrinconé contra la ventana en un asiento de los del centro con la esperanza que los otros pasajeros, o siguieran hasta el final o se quedaran al principio, dándome una paz que reclamé desde que me caí de la cama aquella misma mañana. El autobús arrancó. Clavé la cabeza en el cristal frío y sentí cómo una sangre nueva me invadía. Cerré los ojos y sonreí. Esa paz enemiga se volvió amiga, y recorrió todo mi cerebro para hacerlo más grande y mejor. Recorrió mis brazos y mis piernas, mi pecho y mis espaldas para hacerme grande, fuerte, merecedor de la felicidad. Y el bullicio de la gente, lejano, inaudible, se convirtió enseguida en cataratas de gritos, en estampidas de carreras locas y en terrores de pesadilla. No quise despertar de mi felicidad y bostecé aullando, molesto por la insignificancia de los que gritaban y los lamentos crecieron desde ambos lados del autobús. Abrí los ojos repentinamente, me levanté y protesté violento con un alarido para que callaran todos de una buena vez y dejaran de molestar. Me encontré con manos extendidas hacia mí, luchando contra mi aliento, luchando contra el huracán de mis labios, arrumbados entre un desbarajuste de ojos desorbitados y de dientes que sobresalían de sus gargantas. Sus gargantas... Me apetecía quebrarlas. El autobús osciló hacia un lado y hacia el otro, mecido por la avalancha de gente aterrorizada que trababa las puertas intentando escapar de algo incomprensible (que yo no veía en ningún sitio por mucho que buscara alrededor como un demonio enjaulado). Me enfurecí y chillé como no lo había hecho hasta ahora y mi mirada fué un lanzallamas que paralizó el aire, lo vació de oxígeno y ahogó todos los espantosos llantos que peregrinaban errantes mortificando mis agudos oidos. Husmeé todos y cada uno de sus olores, y todo se agolpó en mi cerebro, tan receptivo en esos momentos. Mi fuerza se triplicó y sentí estallar mis músculos debajo de la ropa. La felicidad fué completa. Ya no se oía a casi nadie. Quizá algún incomprensible lamento, pero que ya no importaba. Me calmé y dí las gracias a todos por su comprensión. De reojo, observé que la saliva que había empleado en callar a toda aquella gente, me goteaba por la barbilla y caía encharcando el suelo seco. Daba igual. Seguía elevado en mi felicidad. Y me senté cerrando los ojos. Creían que no los escuchaba, pero los percibía claramente. Se apresuraban en abandonar el autobús con cuchicheos sobre una fiera dormida, sobre la suerte de que no tuviera hambre, con palabras de terror temblorosas. Incluso el conductor. Se estaba bien allí, sin ruidos, de noche, en mitad de ninguna parte, con la luna llena, antes invisible por la contaminación espesa de la ciudad. Se estaba bien. Sí. Me quedaré a dormir aquí, en mitad de ninguna parte. ¡Qué paz! ¡Qué feliz quedo! Meditación![]() Todas las mañanas, cuando me levanto, medito un rato sentado, a solas con mi intimidad. El cuerpo me lo pide y por eso no fallo ni una mañana. Y allí estamos, mi amigo Roca, el silencio y yo. Y medito sobre todas esas cosas en las que suelen meditar las moxcas a esas horas: "¡Ala! ¡Cuántos pelos tengo en los dedos de los pies!" "¿Hoy toca lavarme los dientes?" "¡Anda! ¡Si se me ha abierto la boca!" "Zzzzzzzz" Medito tan profundamente que ya me han puesto más de una vez el despertador para que salga del estado de nirvana profundo en que caigo. Pero no cualquier despertador, no. Me ponen el de las campanas grandes, ése del que el año pasado vino a quejarse el del cuarto ("Como presidente de la comunidad de vecinos y en representación de todos y cada uno de ellos, te conmino a que te deshagas del dichoso despertador ese que tienes, que cada vez que resuena la escandalera, salen los bomberos del parque a ver quién les gasta bromas y a nosotros... hombrepordiossantobendito ¡¡¡¡¡Todas las mañanas a las seis!!!!!") La última vez que me sonó en una de mis meditaciones profundas, volví a la vida en mitad de un infarto y de unas malintencionadas carcajadas con timbre de esposa juerguista y bullanguera. Y ji,ji,ji, ja,ja,ja, como te pille, cógeme si puedes, puerta por aquí, puerta por allá, roces de gacela y de león, terminamos, sin darnos cuenta, haciendo el amor en mitad de la calle. Los curiosos en el momento PLOP, prorrumpieron en una cerrada ovación y nos vimos obligados a subirnos a un contenedor de basura y saludar. "¡Que se besen! ¡Que se besen!" "¡No, que me da mucha vergüenza!" (dije yo) "¡Pero abuelitos, que tenéis nietos!" (dijo mi nieta) "¡Agh! ¡Mi nieta! ¡Qué bochorno! ¡Tierra trágame!" (dije yo) Pero como suelen suceder en estas cosas todo acabó en confusión, porque al final, resultó que nuestros hijos, de 5 y 10 años aún no habían engendrado, estaban todavía durmiendo y además se nos echaba encima la hora de llevarlos al Cole, y que, como siempre, íbamos a llegar tarde. Convendréis que mi vida, sin meditaciones, no es nada Dolores de CabezaTodo empezó anoche, cuando hicimos el amor con mucha nocturnidad y alevosía y continuó esta mañana cuando repetimos la mucha y variada alevosía pero con luz diurna. Ya no me acuerdo el tiempo que hacía que no se repetía este raro fenómeno. Luego, a medio día, me inventé un aparcamiento en un barrio donde era imposible aparcar. Fuí a hacer una fotocopia de un DNI y me encontré una cola que se derramaba hasta la puerta de la librería y no tuve más remedio que esperar en la calle, a pleno sol del sureste a las casi dos de la tarde. ¿Alguien sabe lo que es la siesta del borrego?. Sí, esa que te da a la hora del Martini, justo antes de comer. ¿Y alguien se ha quedado dormido alguna vez de pié?. Pues sí, a pleno sol, me quedé dormidito, soñando que soñaba sueños ligeros. Me despertó un perro callejero que no mediría mas de un palmo de alto. Y además creyó que yo estaba en celo porque se encaramó a mi pierna y empezó a tirársela como si le fuera la vida en ello y yo fuera la última perra sobre la faz de la tierra y se sintiera obligado en conciencia a perpetuar su especie. Asqueado, me lo sacudí de encima a base de una tremenda epilepsia de pierna, pero como persistía me agaché a coger una piedra del suelo, o a hacer que la cogía, que con sólo el gesto, los chuchos salen por piernas. En estas, una señora que andaba paseando a su divina perrita (a saber lo que hacían a las dos y media de la tarde la divina y la señora en la calle) se puso a recriminarme, al principio sin miramientos (que por qué le iba a tirar piedras a los pobres animales), luego duramente (¡Asesino violento!. ¡Parece mentira que los humanos seamos nosotros y los perros ellos!. Oiga usted, señora, que se me quería casar. ¡¡Guau, guau!) a continuación violentamente con insultos (¡¡Desvergonzado, descarado, maltratador!! ¡¡¡Socorro POLICÍA!!!... Y mientras, me golpeaba con la correa de la divina sin descanso. ¡¡GUAU, GUAU, GRRRR!!) Yo, en parte porque no soy violento, en parte porque odio los escándalos, en parte porque me hacía daño, en parte porque no podía devolverle los golpes, en parte por si venía la policía de verdad y en parte porque la papelería de las fotocopias ya la habían cerrado, salí corriendo hacia el coche perseguido por los gritos de ella y los ladridos de la divina. Debía entregar la dichosa fotocopia en la Consejería de Vivienda para optar a una jugosa subvención. Era el último día de un plazo improrrogable y ya me había peleado con la funcionaria porque no me había querido hacer la maldita fotocopia en la fotocopiadora que tenía detrás de ella y que llevaba diez minutos sin tirar una copia. Además, la misma funcionaria me había denegado el presentar la documentación por falta de algún impreso escondido entre la letra pequeña y ésta era la tercera vez. No podía volver sin ella. Aunque en vista de las circunstancias y siendo las tres menos cuarto, ya daba por perdidos los jugos de la subvención. Todo esto pasaba por mi cabeza mientras corría como un poseso hacia el coche. Con las prisas de querer refugiarme en su interior intenté abrir la puerta sin quitarle los seguros y la alarma nueva que le había colocado hacía unos días con la voz del Neng chillando a pleno pulmón "¡¡¡¡Socorroooooooo que me quieren robaaaaaaaaaaarr!!!! Comenzó a sonar, así como repetidos pitidos y demás estridencias propias de la situación. Como no podía ser de otra forma, las cortinas de las ventanas se descorrieron y juraría que por lo menos diez vecinos estaban con el móvil en la mano con cara de rabiosa preocupación describiéndoles a la policía, el ladrón, el modelo del coche y su matrícula. Así que me ví en la necesidad de dar explicaciones y con las manos en alto, sosteniendo las llaves y recorriendo con la vista las ventanas, como hacen los toreros con las orejas y el rabo, paseé las llaves a lo largo de tendido, mostrándolas bien y apagando la alarma y gritando casi con lágrimas en los ojos ¡¡ES MÍO. ES MÍO!! Me introduje después de recoger la multa que tenía en el limpiaparabrisas del coche (en la que se leía claramente: hay que ver qué manera tiene usted de inventarse aparcamientos) y casi a punto de que la mujer me alcanzara con otro duro golpe de correa. ........ Esta noche, mi esposa me espera con el tanga rojo, el sujetador de puntilla que tanto me gusta y la caja de condones de sabores tropicales. A mí me ha dado un mal presentimiento, así es que le voy a decir que me duele la cabeza y que si lo dejamos para otro día. Más o menos es así.![]() Tuve un sueño: Dos enormes patos volaban rasantes y tiraban de mí arrastrándome por la superficie de un río enorme. El río no era sino un río de gente que me empujaba porque no me quería y me devolvía al aire de donde provenía y los patos no querían sino dejarme caer. Tropecé con multitud de cabezas, de puños y de rabia hasta que alguien no me empujó sino que me recogió y me guardó en su bolsillo. Allí hice mi vida y aquí estoy. A ella le ocurrió igual que a mí, nada más que fui yo quien la recogió en mi río, la metí en mi bolsillo y aquí está. Ahora estamos cada uno en el bolsillo del otro y a veces nos preguntamos qué pasará cuando tengamos que tirar nuestros pantalones por viejos. Cuento de Moxhijopequeño a Moxpapi![]() En la cama, nos vamos a dormir y lo convenzo para que me cuente una de sus historias, y más o menos me sorprendió así. Empieza él. - Me sé dos - El que quieras. - ¿El nuevo? - El nuevo. (Je, je ,je. El viejo se lo pediré otro día). - Vale. Esto era una vez un caballo que se llamaba Sestín. - ¿Cómo? (y por dentro estoy descojonado de risa. Menudo nombre se ha inventado) - Sestín, papi. Estaba casado con una caballa. Pero era una caballa muy mala. - ¿Ah, sí? ¿Por qué? - Porque era de color naranja, amarillo, lila y rosa. Entonces el caballo luchó contra la caballa y le metió un patada que le rebotó. ¿Sabes lo que es rebotar? - No. ¿Qué es rebotar? (no me puedo aguantar la risa y me río, pero no se mosquea y sigue con su lengua de trapo explicando el cuento) - Rebotar es que te dan una patada y se te pone la picha en el culo y al revés. - ¿Cómo, cómooo? (escandalizado) - Sí, que se te pone la picha donde está el culo y el culo donde está la picha. - Pues eso duele. - Sí. - Sobre todo cuando vas a hacer caca. (Silencio. Lo piensa. Más silencio. Y se ríe a carcajada limpia. Le pido que baje la voz, que como entre su madre nos dará tirones de orejas por estar contando cuentos y no dormir, que es lo que tendría que hacer a las diez de la noche ¿o debo decir tarde?, porque todavía hay luz solar). - Pues el caballo le da una patada a la caballa y la caballa otra al caballo y luchan y... - ¿Y no hay besos ni abrazos? - ¿...? - Sí, como los que me das tú cuando llego a casa o los que te doy yo cuando te veo contento. - Sí que hay. - Es que es mejor que los caballos se den besitos y abrazos apretados y que coman fresas con nata y que se rían y se lo pasen bien. - Sí. - Mejor que darse patadas y hacerse daño. Luego sabes que lloran cuando se pegan. - Sí, pues bueno, y colorín colorado este cuento se ha acabado. Nada. Ni caso. Cuento de Moxpapi a Moxhijopequeño![]() Érase una vez un dragón encerrado en un castillo que, llorando, gritaba: - Por favor. Sacadme de aquí. No quiero estar encerrado. Un día pasó un caballero que escuchó los lamentos del dragón. Así que se montó en su caballo y con una lanza mágica corrió hacia el castillo. En cuanto tocó la puerta con su lanza mágica, el castillo se derrumbó y el dragón que sabía volar huyó por el cielo no sin antes decir: - Te estaré eternamente agradecido y acudiré a una llamada tuya. Adiós. El caballero continuó buscando y justo a la entrada de un bosque, unos ladrones le quisieron robar. Eran al menos cincuenta y el caballero no tuvo más remedio que pedir socorro a gritos. Un cazador armado con arco y flechas acudió en su ayuda. El jefe de los ladrones recibió una flecha en todo el culo y llorando de dolor dijo: - ¡¡¡Retiradaaaa!!!. Vámonos de aquíííí. (Je,je ¿En todo el culo?) (Sí) El caballero le dio las gracias al cazador, el cual, como si nada hubiera ocurrido siguió cazando. Descubrió un pavo que comía gusanos en mitad de un prado y le acertó con una flecha. El pavo se lamentó. - ¡Ay!, ¡Ay!. Qué daño me has hecho. El cazador no podía salir de su asombro. (Papi, es que el pavo habló y los pavos no hablan. Sólo hacen gluglugluglú) En efecto. Era un pavo sorprendente porque hablaba y el cazador no se lo podía creer. El pavo contó su historia. - Soy un príncipe de un país vecino al que una bruja mala convirtió en este pavo que ves. He venido hasta aquí para buscar a un dragón que habita en el castillo de detrás de esa montaña porque tiene una poción para anular el hechizo. El cazador se ofreció a escoltar al pavo al castillo. Cuando llegaron, el castillo estaba destruido y no había dragón. El pavo, desesperado se puso a llorar. A todo esto, acertó a pasar por allí el caballero de la lanza mágica que volvía al castillo que destruyó para salvar al dragón. En pocas palabras, el cazador explicó la situación del pavo y entonces, el caballero llamó al dragón. En menos de un segundo el dragón apareció en el cielo y aterrizó y cuando el caballero le contó la situación del pavo, el dragón rebuscó en su mochila. - Hum,... Este brebaje para que los niños crezcan... No. A ver... Este brebaje para convertir leones en moscas.... No. ¡Ah!, ¡Sí! ¡Aquí está!. Este es el brebaje para desconvertir los pavos en príncipes. Cuando el pavo lo tomó se oyó: - Glú, Glú, Glú (por eso todos los pavos hacen esto, para intentar convertirse en príncipes). Y se convirtió en un apuesto príncipe, que emocionado, dio un beso al dragón, el cual, inmediatamente se transformó en una adorable princesa. Ante los asombrados ojos de todos contó su desgraciada historia y cómo una bruja la convirtió en dragón hasta que se rompiera la maldición con un beso. Se dieron las manos y se abrazaron apretados y comieron naranjas con canela, sandía con pepitas de oro y nubes de algodón de azúcar. - ¿Y se dieron besos de amor largos? - Sí y muchos y en todos sitios... quiero decir, en la cocina, en el comedor, en la playa...Y colorín colorado este cuento se ha .... - ¡¡Acabado!! - ¿Te ha gustado? - Sí, papi. Pero otra vez no tardes tanto que tengo mucho sueñooo. Acuéstate conmigo un poquito pero callado. - Vale. Buenas noches. - Buenas noches papi. Y colorín colorado así se durmió. Igual![]() Es como cuando me encontré ese billete tirado en la calle hace ya muchos años. Igual. No paraba de mirar al suelo por simpatía, por si acaso se hubiera perdido algún otro y lo fuera a encontrar así. Durante muchos meses mi cuello fue un anzuelo de pescar billetes. Anteayer, en un semáforo, me miró una mujer por la ventanilla del coche. Me sonrió, arrancó con la luz verde y desapareció. Ahora me emparejo con todos los coches que llevan mujer incorporada por ver si me sonríen. Cuando detengo el coche, justo a la altura de la ventanilla del otro, giro la cabeza, la inclino sobre el volante y sonrío. Hasta hoy he conseguido que me sonrían dos niños, una anciana y un señor de mediana edad (pues sí, ya acepto sonrisas de todo el mundo). El resto disimulan y miran al otro lado de la ventanilla. Pero mirar al otro lado de la ventanilla de un coche es como mirar a los pasajeros del coche de al lado y cuando circulo por una avenida con tres carriles o más y aprovecho un semáforo en rojo provoco un efecto dominó de miradas desconcertadas. En cierta forma me expando y llego a todos los coches que se alinean conmigo para capturarlas. Mañana me despediré de mi familia y viajaré a Madrid y luego a Barcelona. Me encanta experimentar con avenidas anchas. Y por supuesto no os parecerá raro si os digo que sueño cada noche con los semáforos de París, Londres, Ciudad de México, Buenos Aires, Nueva York y San Francisco. Pero sé que todo llegará. Durante muchos meses mi cuello parecerá un alambre que se retuerce en cada semáforo del mundo y brinda la oportunidad a mis ojos de que les sonrían. Hoy he llegado a tu ciudad... ¿O es que acaso no me has visto hurgar con una mirada y una risa por el interior de tu coche mientras esperas que se ponga en verde el semáforo? Rodar![]() Llegaron, nadie sabe de dónde, y a pesar de ser nosotros un pueblo desconfiado, pronto nos convencieron. Cuando aparecieron por entre las cabañas de la aldea abriendo los brazos e inclinando sus cabezas amables repetidas veces, pensamos que unos seres así no nos traerían peligro. De caras pintadas y tatuadas, vestían con ropajes oscuros. Andaban como si se deslizaran flotando entre nubes bajas y eso nos impresionó tanto o más que la primera vez que les escuchamos articular un sonido. Porque sus voces cantaban mejor que nuestras flautas y si se ponía atención se captaban murmullos de ríos torpes enredados en curvas retorcidas o suaves ecos de profundas montañas cargadas de nieve. Sus gestos invitaban a comunicarnos y pronto logramos entendernos. Por todo eso, tampoco fue difícil maravillarnos ante la sencillez del mundo y su proyecto para mejorarlo. Nos pedían colaboración. Y nosotros se la dimos. Veréis: Nuestra aldea se situaba en la zona de las luces perpetuas, así que para dormir se habilitó la Gran Cueva. Por turnos, varias familias dormíamos a la vez mientras el resto hacía vida. No dejábamos que nuestras lágrimas asomaran y nunca nos pudo ningún sentimiento. Todo se medía en función de nuestra necesidad de dormir y nunca llegamos a sentarnos a contemplar el tiempo ni a capturar el cuerpo de otro dejando el propio en prenda. Ellos venían de la zona de las sombras perpetuas donde la luna reinaba y la poesía invadía sus vidas, dejando los abrazos como moneda de cambio frecuente, los besos como pago impagable, y la unión de sus espíritus como terrenal y alcanzable. Todo lo medían en función de su necesidad de querer y acostumbrados como estaban a la oscuridad nos sorprendió que fueran capaces de dormir con los ojos abiertos. Porque para nosotros dormir era el ritual más sagrado, de ello dependía nuestro ritmo de vida. Cuando nos dijeron que no nos haría falta la Gran Cueva para retener un poco de oscuridad, que podríamos ver en la oscuridad con nuestros propios ojos la luna y enamorarnos de nuestros sentimientos, y que ella nos inspiraría poesía y corazón, en fin, cuando nos describieron la noche y solicitaron nuestra ayuda para tener algo que deseábamos más que nada, no nos importó compartir la luz perpetua. En absoluto. Nos contaron que eran viajeros incansables y que habían logrado llegar tan lejos que habían vuelto de nuevo a su propia ciudad, pero entrando por el lado opuesto: habían vuelto al punto de partida del viaje. Por esto y después de estudiar las estrellas de su noche, revisar sus rutas y hablar con todos los pueblos de la tierra, habían llegado a la conclusión de que el mundo era esférico y que la mitad de él siempre estaba soleado y la otra mitad en sombra, es decir, el mundo estaba parado. Trazaron entonces hasta tres líneas en el mapa del mundo que lo cruzaron de lado a lado y enviaron mensajeros a todas las aldeas situadas allí. La idea era solicitar ayuda para ponerlo en marcha. Una vez convencidas las gentes de esta necesidad de dejar que el mundo rodara, a lo largo de las líneas se colocarían todos los habitantes disponibles y a la señal de una bengala todos al unísono darían un paso hacia delante, y con un preciso intervalo de tiempo de dos segundos, darían cinco pasos seguidos, y tras otros dos segundos, diez más, y así hasta no parar de caminar. El proyecto se realizó con precisión matemática y nos encontrábamos todos preparados para dar el primer paso. Un nerviosismo se extendía a lo largo de nuestra línea. Los últimos de nuestra aldea saludaron a los primeros de aldeas vecinas y a lo lejos se observaban en ambas direcciones cómo la línea humana se perdía en ambos horizontes. No se oyó ninguna respiración hasta percibir la bengala. - ¡Ya! Y un murmullo de alegría recorrió el mundo. Hasta hoy. LA VIDA FUTURA![]() Acabo de recoger a los niños del parque. Como ya han jugado bastante, les he sacudido un poco el polvo y los he guardado en el bolso. Ahora tomaré el autobús hasta casa. En la parada hay haciendo cola otras cinco mamás con sus bolsos que protestan y me insultan cuando me cuelo y me subo al primero que llega. Me gusta esta idea del Ayuntamiento de, en horas punta, contratar a cinco mamás con sus bolsos llenos de niños sin polvo que esperan al autobús para que te insulten cuando te cuelas. Quita monotonía a tus quehaceres cotidianos. Le doy la dirección de casa al autobús, pero primero me lo tengo que ajustar a mi talla de pié. Ya está . Echo la moneda y mientras me lleva a casa leo la revista de cotilleo de moda. De Moda, cumple hoy 10 años de edición y hay un suplemento especial. Me pongo las gafas magnéticas tridimensionales para leer y sin darme cuenta llego a casa. Saco a los niños del bolso. Los armarios y las duchas corren a por ellos y en un plis plas los duchan y les ponen los pijamas. Yo, mientras, preparo la cena. Llamo al telepizza y pido una de carbonara y otra de atún con bacon, jamón York y extra de queso. También un poco de ensalada para que se note la dieta mediterránea. Abro la ventana y recojo la pizza que ha venido volando. Ahora me toca poner la mesa, así que la saco del cajón, le estiro las patas y le aliso el tablero. Los cubiertos son automáticos así que no me preocupo de ellos. Los niños se sientan a cenar. Les pregunto cómo les ha ido la Universidad y me dicen que bien, que tienen deberes. Demostrar la teoría de Schöredinger en el átomo de hidrógeno. Desde luego ¡menuda educación! ¡Cada vez peor!. A estas alturas, en mis tiempos ya estábamos en el átomo de He. En fin, les digo que es fácil y que les echaré una mano. Se zampan las pizzas y se retiran a sus cuartos a estudiar. Le cambié las pilas a los lectores de libros así que no tienen excusas para salir de allí. Ahora espero a mi marido. Llega como siempre a las 2 p.m. Hoy dice que ha trabajado mucho, pero no le creo. Estoy seguro que la secretaria se lo devora. Ayer le faltaba un trozo de muslo y hoy ya le noto a faltar una pierna entera. En fin, ya se le regenerará esta noche. Él sigue con sus sucias mentiras y siempre las tengo que lavar yo. Cada vez son mas sucias y ya no sé qué detergente usar. Tendré que inventar otro. Pide la comida y le digo que se la haga él, que yo ya he tenido bastante con la de los niños, y que no grite tanto que están muy sensibles. Dice que le da la gana gritar en su casa, y que como nos está grabando, no podré denunciarle por malos tratos. Si ya me lo dijo mi madre, que éste marido le caía mal, y de hecho la última vez que le cayó, terminó con ella. Ahora seguro que viene del bar de beber leche con canela con los amigotes y de ponernos a parir a todas sus esposas hablando mal de nuestras habilidades en la cama (que si ya no le penetro como antes, que si ya no aguanto tanto, que si los hijos me la han dejado fofa. Qué sabrán ellos de parir.) (--Mi marido escoge el mejor huevo de avestruz y se hace una paella, luego abre una caja de espaguetis y los engulle crujientes casi sin sal. Cocina mejor que yo, no hay duda.--) Desde la revolución del 2 de Mayo de 2808, las mujeres pasaron a llamarse hombres y los hombres mujeres. Desde entonces gestamos en el escroto y parimos por el glande y por supuesto que nos cuesta trabajo movernos embarazadas. Los nombres de hombres están prohibidos. Nosotros somos simplemente nosotras y adoptamos hasta los veinte años de casados sus nombres que luego se emancipan y se los damos a nuestros hijos para que no se pierdan en el camino de su vida. Yo tengo dos hijos que me costó un ojo de la cara amamantarlos y adopté por tanto a dos nombres, que ya están bastante creciditos. Si me divorcio otra vez, la gente murmurará, lo sé, pero me tiró los tejos el vecino del quinto. Ya sé, ya sé que no consigo cambiarme de escalera con mis seis divorcios, pero es que el barrio me gusta y el edificio también. En el próximo me iré al edificio de enfrente, que me ha dicho la del segundo que se divorció el otro día que sus esposos son bien avenidos. En fin, que me voy al gimnasio, a cansarme con las máquinas y no ver más a mi marido, que seguro que se irá a jugar al tenis americano, al snow-fútbol y al strip-poker, y vendrá tarde. Cuando me tumben en la camilla, me pongan los electrodos de tres máquinas a la vez (una de ellas la de abdominales), me concentraré en cualquier sopicaldo y dejaré que me succione con apetito algún hombre con cara de oso hormiguero. O me iré a Africa a morirme de sed o me iré de inmigrante a Venus. En fin. Tengo que rehacer mi vida. (me voy a volar un rato y ahora vengo) Sombras![]() Todos en mi tierra saben que las sombras son tristes y oscuras y que no hay ningún remedio para sanarlas. Cuando las miras entran ganas de llorar y los niños más pequeños que tú les tienen miedo y se esconden cuando las ven pasar. Hay algunas verdaderamente terribles porque se desfiguran haciéndose más largas o más cortas cuando nos alejamos o nos acercamos a las luces. Incluso yo he visto que de una sola sombra nacen cuatro más, todas idénticas que te rodean amenazando con agarrarte de los brazos y convertirte en una de ellas. Pues yo voy a pintar de colores tus sombras tristes para que no sean terribles y no sientan vergüenza de mirarse en los espejos. La tuya la pintaré de azul sol y de naranja manzana y la mía de verde mar y plata dorada. Les pediré que se den la mano y que den la mano a todas las que quieran abandonar el negro riguroso y vivir una vida de color. Les pediré que cambien los sustos por sonrisas, las malas miradas por suaves melodías y los agarrones de brazos por abrazos agarrados. Y una vez así, que me ofrezcan un gran abrazo abrazado y que me conviertan en colores irisados flotantes de inmensas pompas de jabón, de esas que tardan tantos años en caer y explotar en suelos de primavera. Pájaro de pico de oro![]() De una lucha entre dos nubes nació el pájaro del pico de oro. Y como puedes suponer no era un pájaro vulgar. Le gustaba la poesía y la música, las matemáticas y la química, y aunque no supiera dibujar, admiraba los vivos colores del arco iris, las blancas nevadas de las más lejanas montañas, los azules luminosos de los mares tropicales y las acuarelas vibrantes de los pintores de la tierra. Tenía la costumbre de volar tan cerca de las nubes que rozaba a veces la luna y sus rayos plateados se entremezclaban con su dorado plumaje y al surcar las ciudades, escuchaba claramente los gritos de admiración de las gentes. Se alimentaba de canciones que flotan en el aire, como las de las olas al romper en una cala rocosa, como las del viento al jugar con las copas de los árboles o como las palabras del juglar cuando escapan de sus labios. Disfrutaba oyendo contentos, viendo la oscuridad y tocando perfumes. Siempre andaba buscando inspiración para firmar tus más bellos deseos, tus mejores momentos y, no lo dudes, tus risas más sinceras. Pero un mal cazador lo capturó en un peor sueño y todo se volvió gris. Salgo a buscarlo siempre que duermo. Y también mis amigos y mis vecinos y todos los que leyeron el anuncio en el periódico. Algunas veces sueño feliz porque creo que lo recuperé, pero no. Sólo son recuerdos crecidos de los que me sembró el pájaro del pico de oro. Pero esta noche sé que tú lo encontrarás y cuando lo liberes de la jaula del cazador, sólo le has de pedir que vuele lejos de los que le odien y que de vez en cuando, se acerque por tus sueños para engordarlos de cosas que te hagan sonreír, como ahora mismo, que mientras duermes, te alegras de soñar. ¿Dormís?![]() De entre la noche, escondidas las sombras, se revuelve el día. Hoy hay frío. Las nubes se tiñen claras allá lejos y tiritan rocío. Hoy hay calma. Los coches iluminan ráfagas de amanecer y pintan la noche adormecida de brillos. Hoy hay bello. Las manos buscan la piel desnuda entre las mantas para robarle calor. Hoy no hay. Me levanto y mis ojos se disparan a las manchas del techo y las recuentan. Hoy quisiera que hubiera. La bata, la leche, el niño, el otro niño, las palabras, las protestas, las risas, las regañinas, las peleas, las comidas, los invitados, la calle, la película, las caricias, el edredón, la noche (vuelve la noche). Hoy, cansancio. Nos sujetamos la cara con dedos de alas de mariposa, nos besamos con sabor a chocolate y nos olemos nuestros cuellos de limón hasta rendirnos al sueño. Y viene ese momento de la noche. Despierto intranquilo en la hora de las brujas y mi compañero se viene conmigo a navegar un poco, a leer blogs y a escribir todo lo que se asoma al teclado, a comprobar a otros insomnes. Luego, casi cuando se cae el alba del cielo, me ataca el traicionero dolor de párpados y busco un edredón mágico que me reconduzca a la intranquilidad del sueño. De entre la noche, escondidas las sombras, se revuelve el día. Hoy hay frío. Sueño![]() Soñé que era un adulto en edad escolar recién llegado a una clase de adolescentes y que se quería integrar como un compañero más. Pero cualquier intento de acercamiento siempre terminaba en un rechazo total y absoluto. Un día la profesora ideó un extraño juego. Nos sentó en círculo para que todos pudiéramos vernos las caras y nos propuso que escogiéramos un objeto imaginario con las manos y que lo pasáramos al vecino. No se podía hablar. Sólo podíamos mirarnos a los ojos y hacer gestos para hacer ver lo pesado o lo voluminoso que era. Todos coincidimos que era un juego muy estúpido, pero como había que pasar la hora allí sentados, comenzamos a jugar. El primero le pasó al segundo de muy mala gana un objeto imaginario sostenido con manos temblorosas indicando así el gran peso que soportaba. El objeto fue pasando de mano en mano y llegó hasta mí. "¿Puedo improvisar?" pregunté a la profesora. "Sí, si son sólo gestos y no hablas." Entonces, sin decir palabra, me levanté del asiento y golpeé con los nudillos una puerta invisible que debería de abrir el compañero vecino, por cierto, uno de los líderes de la clase. Como me miró desconcertado y sin saber bien qué estaba haciendo, volví a repetir el gesto, pero encontré la misma respuesta. Me encogí de hombros y me arranqué algo de las orejas y de los ojos y me sorprendí. Entonces, con una sonrisa, le pasé el “paquete” que ahora sí aceptó. Habíamos terminado la ronda cuando la profesora pidió que explicara mis gestos al resto de los compañeros. Les chocó cuando solicité que los interpretaran ellos. Todos fabularon sobre puertas cerradas o visitas incordiantes rechazadas, pero les sorprendí otra vez diciéndoles que acababa de hacer un experimento. Callaron y esperaron curiosos a mis palabras. “Veréis. Como sólo escuchaba silencio, tenía serias dudas de si estaba flotando en el espacio exterior de una nave espacial o no. Allí sabéis que los sonidos no se propagan porque está vacío, pero claro, aquello no podía ser porque respiraba, es decir, que por lo menos habría aire. Hice entonces el experimento de golpear mi pared para comprobar si estaba encerrado entre muros de algún rincón imposible y escuchar al menos los golpes. Pero no sonaron. Entonces lo comprendí todo. Había algo que me impedía ver y algo que me impedía oír. Me quité las gafas negras impenetrables de mis ojos y me arranqué los cascos en los que sonaba la música de mi vida (tan alto que no podía dejarme oír la de los demás), y más tranquilo, regalé un paquete a mi vecino. Me hizo gracia que lo recibiera porque él tenía puestos cascos y gafas y a pesar de eso, supo recogerlo sin que se le cayera”. No dije nada más y me senté. Todos comprendieron que era así tal y cómo me sentía estando entre ellos, que había hecho el esfuerzo de acercarme pero no me dieron ninguna oportunidad. A partir de entonces... Pero en fin, ya se sabe lo que ocurre en los sueños. Lo normal es que se nos escape el final por la puerta de atrás y no nos acordemos nada más que de lo impactante... Solo que mi sueño fue una excepción... Dulce Navidad![]() Me pillaron desprevenido. Un bajón de autoestima y una buena dosis de aborregamiento tuvieron la culpa de todo lo que ocurrió y aunque no lo deseaba me vi inmerso en la vorágine de la Navidad. Me explico. El asunto comenzó cuando encontré la caja que todos tenemos en casa para agasajar con más o menos fortuna los solsticios de invierno. Sin saber ni por qué, ni cómo, la abrí y comencé a tragar luces de árbol a tal velocidad que no pude distinguir color alguno (excepto las azules, que es el color más bonito) y prendieron en mi cuerpo bombillitas rojas, amarillas, azules, naranjas, verdes y violetas. Tampoco distinguí entre las tradicionales, las leds ni las de fibra óptica. Estaba omnibulado y todo lo consentía. Comenzaron, entonces, a colgarme bolitas rojas brillantes, cintas de colores, estrellas rutilantes y calcetines de Papá Noel. Me conectaron a un simple enchufe (fue tan fácil como hundir los dedos en él) y tras una sensación eléctrica, un escalofrío brillante que me erizó los pelos de la nuca, di comienzo a un lento parpadear en colores, medroso al inicio, con confianza y ritmo después. Mis hijos jugaban con el programador de luces para hacer el parpadeo más o menos frecuente, con mas o menos intensidad, para que se encendieran primero las rojas, luego las amarillas, luego las verdes ... Lo que más me emocionó fue cuando se olvidaron el programador y jugaron conmigo a viva voz. - Papá, enciende sólo las verdes... ahora, las violetas... y ahora intensifica las verdes, quita brillo a las violetas y márcate un parpadeo suave de naranjas y amarillas... y ahora, cuando aplauda, me quitas brillo a las amarillas en las manos, le das intensidad a las naranjas de los pies, parpadea las de las orejas en todos los colores y bailas. Esto último me lo ordenó mi mujer, que le estaba encontrando el gustillo al tema. Lo más complicado fue la posición en la que determinadas luces se encendían y apagaban al ritmo de la música del villancico de turno así como el cambio de color de una misma bombilla (¡¡Alaaaa!!!, el papi ha cambiado de azul turquesa a naranja chillón). Lo más doloroso, cuando me pisaron dos dedos de la mano derecha y machacaron las bombillas de las uñas. Pero no sólo encontraron estas utilidades. Cuál fue mi sorpresa cuando me tumbaron en el piso y comenzaron a echarme tierra blanca, a ponerme espejos que simulaban ríos y sobre ellos puentes ancianos, a colocarme unas montañas sobre las que se edificaban casas lejanas, palacios infanticidas y establos con buey y mula incluidos. Además había Reyes que caminaban sobre mí montados en camellos. Pastores, cabras y ovejas campaban a sus anchas por mi barriga generosa. Un fuego prendido delante de una cueva, un ángel anunciando nuevas,un cagón haciendo honor a su nombre. Un matrimonio con su bebé en el pesebre. Y mucha nieve helada. Aquella primera noche, me dejaron parpadeando en mitad del salón y al día siguiente se levantaron, me dieron los buenos días y me cantaron un villancico, me rompieron un par de figuras y metieron al todoterreno teledirigido para atravesar el río, el puente y las montañas. A partir de entonces mi vida transcurrió de villancico en villancico, entre juegos de niños, mazapanes, cordiales, alfajores y turrones, copas de cava, comida y uvas, juguetes y otros regalos sin dejar de parpadear día y noche. Todos los que me contemplaban convenían en la buena idea que habíamos tenido, y esposas y niños miraban de reojo a maridos incautos que hablaban de sus cosas ajenos a amenazas veladas en forma de miradas de imaginación. Y así sucedió todo. Nada más. Bueno, sí, se me olvidaba. Que cuando mi esposa y los niños me empaquetaron hasta la próxima Navidad me dieron un beso de despedida, así que nadie piense en desconsideraciones familiares. El amuleto o tómate un café mientras lo lees![]() El vecino de abajo tiene un amuleto que le da buena suerte. El amuleto es un señor hecho con palotes y de cabeza redonda que sujeta un arco iris entre sus brazos totalmente abiertos y que tiene separadas las piernas. Como suele pasar en estos casos, cada vez que el vecino olvidaba su amuleto, le costaba tiempo y dinero resolver el día, pero, en cambio, a los que quedábamos en el edificio la vida se encargaba de demostrarnos su lado amable. Como suele pasar en estos casos el secreto del amuleto era lo que el vecino mejor guardaba de su casa, pero no se podía decir lo mismo de su lengua, ni de su afición a la fiesta de unas cervezas frescas y unos pinchos de tortilla de patatas con unos boquerones en vinagre. El caso es que la gula y la cháchara le pudo al hermetismo y en cierta recogida de una cena de empresa {a la hora del aperitivo de la comida del día siguiente}, aprovechamos ese cuerpo abonado de alcohol y lo terminamos de sobornar con una especial helada y un pincho de los esponjosos, tiernos y calentitos. El secreto que sabíamos que guardaba (a todos se nos notan los secretos ocultos que queremos gritar a los cuatro vientos), dejó de serlo. Además, en un despiste, una mano larga y golfa desposeyó al pirata de su tesoro. El efecto fue inmediato. Cuando la solidaridad vecinal lo acompañaba para arrojarlo a su piso deseosa de probar el invento, sufrió un coma etílico que le hizo resbalar por la ventana abierta de un quinto piso. Cuestión de mala suerte. O por lo menos eso se les dijo a unos policías rutinarios que cerraron el caso con excesiva rapidez. Y aquello fue, convengamos en afirmarlo, cuestión de buena suerte. En la desafortunada caída, estuvimos presentes siete vecinos, por lo que el uso y disfrute de la fortuna se repartía a cada uno de nosotros una vez por semana. Pero claro, un día sin suerte no es lo mismo que un día con suerte, de ahí que no extrañará el fatal desenlace de nuestro anciano vecino del primero, que nunca tuvo problemas coronarios hasta aquél día. Ni tampoco el de la vecina del segundo, que nos abandonó por culpa de una salmonelosis extrema a pesar de ser vegetariana pura. Hubo un pacto y un cambio de finca, pero no se pudo evitar que la del tercero comiera una seta venenosa de las que salen en los libros por llevar dibujada una calavera en su sombrero ni que el del cuarto pisara sin querer una cobra escapada de un circo próximo. Y fíjate qué casualidad que cuando el del quinto huía de las garras del destino en un viaje transoceánico, se mareara, perdiera pié y fuera hombre al agua pero nadie lo rescatara. Hubo un nuevo cambio de vivienda y el vecino que quedaba y yo nos mirábamos con suma desconfianza porque no estaba bien el asistir a tantos óbitos en tan poco tiempo y sobre todo porque él era el del sexto y yo el del octavo. Como no quise entrar en polémicas propuse una reunión en un edificio abandonado, terreno de nadie, con él a solas, ya sabéis, sin ningún guardaespaldas, pero grabándola en conexión directa y automática con la policía para curarnos en salud, aunque visto lo visto, esto último fuera un contrasentido. Hablamos largo y tendido de nuestros vecinos, de sus accidentes, de su falta de fortuna y juramos nuestra mutua ausencia de implicación en ellos. Todo sea dicho. Llegado a este punto, ni la ironía podía rallar cotas más elevadas ni la gelidez del ambiente podía ser mayor. Así que para mostrar mi buena voluntad y romper el maleficio de mi sospecha, le ofrecí el amuleto, se lo puse directamente en la mesa y me despedí para siempre de él asegurando que no me gustaría asistir a ningún óbito más. Asombrado porque mi generosidad le pilló a contrapié, se levantó y me sostuvo en un largo abrazo, que yo, sorprendido, le devolví. Con lágrimas en los ojos nos despedimos. Cerré la puerta del edificio. Crucé la avenida. Me acomodé en el coche y fue entonces cuando el bloque se derrumbó. Arranqué y huí despacio. Como suele pasar en estos casos no pude por menos que sonreír. Mi mano larga y golfa acariciaba el amuleto expuesto un solo momento a la vista de mi vecino del sexto y sustituido después por una falsificación tan buena que a pesar de atesorarla en su mano crispada en el último abrazo, no pudo notar diferencia alguna, ni de color, ni de forma, ni de peso. Como se suele decir en estos casos, no me gustan los sepelios, pero si hay que ir se va. Ahora, ya mayor, vivo en un edificio alto, y he de reconocer que para olvidar que guardo un secreto, bebo demasiado y que me encanta la cerveza helada y que tampoco le hago ascos a un buen pincho de tortilla, como esos que prepara la vecina del octavo, esponjosos, tiernos y calentitos. . Adivinanza 4 Esta es fácil.Cuentan que dos niños vieron una manzana en lo alto del manzano y quisieron comérsela, pero no podían llegar hasta ella. Estaba muy alta. Uno de ellos, medía metro y medio se llamaba Luis y era el más alto. El otro medía metro y treinta cms, se llamaba Pedro y era el más bajo. Calcularon que haciendo una torre, subiéndose Pedro (el más bajo) encima de Luis (el mas alto), la cogerían. Se equivocaron por apenas unos centímetros. Desolados se sentaron cabizbajos a los pies del árbol. De repente, Luis tuvo una brillante idea. ...Y no tardaron mucho en comerse la manzana. ¿Qué hicieron? Mengánez Desde que le oí a mi amigo Mengánez decir que sus mejores amigas eran las novias de sus amigos, ya no fue más mi amigo ni vio más a mi novia. Y aunque él juraba (perjuraba, diría yo) que ya tenía novia en su pueblo y que sólo había sido sincero conmigo porque era su amigo, yo, que sabía que era alto, rubio, de ojos azules, con carita de niño bueno, deportista, muy simpático y que tenía en su revólver más muescas amorosas que Billy el niño gente asesinada, le retiré mi amistad y mi confianza.Por eso me extrañó que, después de tantos años y aprovechando que el tiempo esconde recelos, estuviéramos cenando en una pizzería del centro de Aguilas, hablando de pasados lances de estudiantes, del presente de lejanos amigos y de mi antigua novia, ahora su mujer. Comprobé que mantenía su filosofía de la vida y que seguía obteniendo sus mejores amigas de las mujeres de sus amigos, y lo sacó a relucir dos veces, dos. Pero esta vez no me alteré. Incluso le reí la gracia, aunque maldita la gracia que me hacía. Los recelos se estaban desperezando de su letargo. Pero como lo conocía y sabía que no era de los que malgastaba palabras esperé a ver lo que se llevaba entre manos. Entre la segunda y tercera cerveza, me terminó proponiendo que siguiera su filosofía de encontrar filón productivo entre las esposas de mis amigos.... como la suya... (“porque yo soy tu amigo ¿verdad?”). Sonreí con placer. Me había levantado la novia y ahora me la devolvía porque le quemaba en las manos, y jugaba con mis sentimientos dormidos y los de ella, que según le fui sonsacando seguía añorando una relación que pudo ser pero que no fue. Me explicó los celos de su mujer, o de mi antigua novia, como se prefiera, y las ventajas que tendría para él, con sus visitas a esos lejanos amigos... y sus mujeres, claro, y de las que disfrutaría yo, el despertar del primer amor, el mejor, el de los impetuosos y cálidos abrazos, el que me hacía sonreír mirando al cielo cada vez que me acordaba de ella, y el que me desgarraba el corazón cuando pensaba que ya no estaba... Llegamos a los postres. Entre amplias sonrisas encargó una botella de cava para rematar la cena y celebrar mis silencios y mis miradas de desconcierto. Me estaba tentando en un pulso entre mis sentimientos y su deseo. Y al final (como soy humano tuve que esperar al final) le susurré la respuesta a sus plegarias: -“Mengánez, cómo me gustaría, Mengánez, no sabes cómo me gustaría. “ y nos serví las dos últimas copas de cava mientras su rostro de niño bueno alumbró una última sonrisa en el brindis . -“Pero mi mujer, tu antigua novia, no me perdonaría nunca que fuera tan idiota. Por cierto, te manda recuerdos desde la mesa de enfrente”. Y me levanté a buscar a mi esposa, que le dijo al pasar “Paga también aquella cena.” Y nos fuimos paseando a disfrutar de la brisa del mar. Después de todo nos la debía ¿no?. El balcón Apoyado en la barandilla del balcón de mi castillo veo la vida pasar. Ahora que entra el invierno, tengo siempre un molesto charco de sudor a mis pies en el que chapotean conscientemente los zapatos para manchar a las piernas, pero ellas se esconden la una tras la otra llenando de risas la habitación. Me sobra la camiseta, así que me la quito y le digo que se siente junto a mí, que vamos a ver la vida. Es entonces cuando llega mi hijo, nos sentamos todos y comenzamos a hablar de las cosas del balcón.Lo primero que les digo es que escojan una piedra del montón que hay junto al postigo de la ventana, que tiene que llevar el letrero de “piedra con puntería asegurada”, porque a veces hay que lanzarla lejos y no podemos correr el riesgo de errar. Lo segundo que les digo es que tienen que tirar a la cabeza de los patos, porque es la única forma de que se caigan. Lo tercero que les digo es que hay patos de muchas formas: con forma de elefante, con forma de caballo, con forma de jirafa y algunos con forma de toro, y ya, muy raros, muy raros los que tienen forma de interrogación, que son muy sorpresivos por naturaleza. Mi hijo ensaya apuntando con una piedra plana de pizarra, yo con un pedrusco diamantino desengarzado del anillo de un mariscal y mi camiseta como no tiene ni brazos, ni boca, ni piernas, pues no puede. ¡Qué invierno más crudo! Mi camiseta está empapada de sudor, la silla de mi hijo protesta porque piensa que se ha orinado encima y mi sillón, que es perezoso hasta para mecerse (lo hago yo y así lo saco a hacer deporte), sigue durmiendo. ¡Ya está! Sale el primer pato en forma de caballo. Ese es mío. Lo sé por su manera de correr tan serpenteante, porque tiene el don de ponerse colorado cuando le increpo y por su estruendoso graznido (o parpido) parecido a mi vozarrón. Lo he tumbado a la primera. Es el caballo de mi trabajo, el trote cochinero de las horas pesadas, el galope de mis prisas, el graznido de mis protestas... Todo al suelo, de un diamantazo. Ahora sale un pato con forma de avestruz. Mío. Mueve la cabeza rápidamente, de un lado al otro, corre como el viento y levanta columnas de polvo con sus enormes patas. Mi camiseta se gira al montón de piedras muy excitada, pero como ni tiene cara, ni tiene brazos, ni tiene piernas, pues no puede. Me abalanzo a por una piedra pómez y se la lanzo con todas mis fuerzas, aterriza en el lago más allá del avestruz. He fallado. Me esperan grandes riesgos porque he errado... ¡No!. El pato observa la piedra pómez flotando en el agua y no entiende que una piedra pueda flotar, así que se la come y cae fulminado. Era el avestruz de mi adolescencia, mi impaciencia, mis ligereza... todo al suelo de un pomazo. Mira qué pato tenemos ahora. Es un pato con forma de mono, y ése es de mi hijo, busca por todas partes cosas que no sabe para qué emplearlas, se rasca mucho la cabeza cuando se pregunta algo que le cuesta autoresponder y salta de rama en rama usando manos, piernas y cola. Mi hijo va a disparar y le freno la mano. No quiero que tumbe el mono de su curiosidad tan pronto, el mono de sus equilibrios con sus situaciones, el mono de sus saltos de opinión. Y así transcurre el día. Yo tumbo casi todos los patos que me salen al paso. Sólo he dejado uno de esos raros en forma de interrogación porque no voy a tirar mi futuro, claro, y otro en forma de viejo elefante, porque todavía conservo la juventud de mi cerebro y tampoco era cuestión de abatirlo. Mi hijo, lo único que ha podido derribar ha sido un pato en forma de cachorro de león, que graznaba tan fuerte como mi pato-caballo, que ya se sabe que de tal palo, menuda astilla, y que significaba su pronta petición de independencia. Mi camiseta, como no tiene ni manos, ni pies, ni cara pues no ha podido. Mañana saldré a buscar todos esos patos. Vendrá mi hijo. Mi camiseta como no tiene manos, ni pies, ni ojos, pues no podrá venir. El Rompecuentos Las habitaciones de todos los niños están recubiertas de armarios. ¿Verdad?- Sí, papi. Esta es la historia de un niño que abrió cada puerta de cada armario que encontró en su habitación, incluso la del armario más secreto, que fue descubierto una tarde de lluvia, cuando su mamá rescató de su profundo fondo un par de relucientes botas verdes de agua. - Papi, ¿cómo se llamaba el niño? - ¿Cómo quieres que se llame? - Uuuuu... Álvaro. El niño Álvaro tenía mucha curiosidad por saber qué contenían todos los cajones de todos los armarios de la habitación. Una vez se encontró un calcetín sucio, y otra una caja de zapatos vieja y otra el león de plástico que se le perdió de pequeño... Pero una noche, justo en el armario secreto, encontró una extraña bolsa redonda de cuero. La abrió y una luz salió de su interior. Quiso saber qué producía la luz y hundió su mano en ella y sacó... - Papi, no sigas - ¿? - Que me das miedo. - Pero si es muy bonito, mira, sacó... - ¡¡¡Que noooo!!! (¡UY! ¡UY! ¡UY! Se avecina tormenta. Mejor no meneallo). - Bueno, vale. No te lo cuento. Ahora, bebe zumito, cierra los ojos y piensa cuando juegas con tus amigos en el cole y te lo pasa bien. - Papi... - Quééééé - ¿Me cuentas los tres cerditos? El Árbol de los Caramelos Pero tú sabes que en los cuentos, los caramelos crecen en los árboles, ¿verdad?. Crecen todo el año en sus verdes bosques y los recogen los fabricantes para envolverlos en papelitos, meterlos en bolsitas y repartirlos a todos los niños y mayores que quieran. Hay caramelos de todos los sabores. A mí, los que más me gustan son los de sabor a beso, porque son muy dulces y calentitos y además hacen ruido si te los comes con fuerza. Puede también que te salga un caramelo de beso amargo. Pero eso sólo les pasa a las personas mayores y se cura con los caramelos que les regalan sus niños. Otros que me encantan son los caramelos de sabor a verdad. Je, je, cuando te tomas uno, ya puedes inventarte la mayor mentira de la historia, que cuando la vayas a contar, no podrás. Esos caramelos no le gustan a mucha gente y a casi ninguna persona mayor (aunque te digan que sí, no te fíes, que se los dejan para el final y nunca se los toman), pero todos los llevamos encima por si alguien quiere y así, cuando hacemos preguntas, nos podemos enterar de muchos secretos... Pues no, no pica nadie, sólo los inocentes. Hay también caramelos con gusto a abrazo. Esos son de los que más me gustan. Cuando me tomo uno, persigo a todo el mundo para abrazarlo y la gente tiene que salir corriendo, y a alguno pillo, no creas. Pues sí, que es más o menos lo que te pasa a ti cuando vamos a recogerte al cole, que parece que acabaras de comerte dos o tres. Pues claro que hay de sabor a jugar, lo que pasa es que los mayores nos comemos los de sabor a jugar a ganar dinero, a jugar a perder momentos, a jugar a estar tristes, a jugar a encontrarse por dentro, a jugar a respirar olores de otros, a jugar a cerrar los ojos del pensamiento, a jugar a creer en nosotros mismos,... Pero en fin, que los que os gustan a vosotros son los de sabor a jugar con alegría, y que sepas que esos os los mezclan con los de sabor a risas, a contento y a gritos, para que sean los mas sabrosos. Pero hay muchos más. Están los de sabor a pintar, los de sabor a cantar, los de sabor a tocar música, los de sabor a estar con los amigos, los de sabor a compartir otros caramelos, en fin, que hay la tira... Mañana me dices los que más te gustan y si podemos nos vamos a algún cuento a buscar un bosque verde de árboles de caramelos y nos traemos una cesta para casa. Yo me pido uno con sabor a escribir. A por flores Las escaleras sirven para alcanzar cosas inalcanzables.Dos hermanos se enteraron que había un jardín entre las nubes que albergaba las flores más hermosas del universo, y como querían regalarle un gran tulipán a su abuela que estaba en el hospital tuvieron que buscar una escalera muy larga para llegar hasta el cielo. Por aquel entonces las escaleras eran salvajes y pastaban en los prados de la montaña y para capturarlas había que enlazarlas y cabalgarlas hasta que se rindiesen. El hermano mayor, con su astucia, descubrió las huellas de una manada de escaleras y guió al hermano pequeño hasta unos matorrales, cerca del río, donde las esperaron ocultos. Al acercarse para beber agua, el hermano menor, con su puntería y agilidad enlazó a la más alta y la cabalgó hasta rendirla, y rápidamente se subieron ambos en el último escalón y galoparon hasta la nube más baja del cielo, donde estaba el jardín de tulipanes. Encontraron un gran tulipán que lloraba alegres gotas de rocío. Las escaleras sirven para alcanzar cosas inalcanzables, no como la sonrisa de la abuela a sus dos nietos cargados con una maceta de azaleas. Pequeño Saltamontes Los jóvenes monjes shaolín Buho Despierto y Pequeño Saltamontes deberían ir a buscar al Gran Maestro Saholín al lejano templo Chan para acompañarle en su regreso a casa. El camino era largo y enrevesado pero consiguieron llegar hasta las inmediaciones del gran templo, justo hasta un cruce de caminos en el que se encontraba un anciano descansando de su viaje. Como tenían duda sobre qué camino escoger, le preguntaron al anciano que muy amablemente les dijo que había dos posibles y les indicó el que a su juicio era el más seguro para evitar a una banda de ladrones que actuaba por la zona.Le hicieron caso, pero se encontraron con los ladrones que les robaron ropas y calzado. Al llegar al templo su Maestro, después de proveerles de nueva vestimenta y escuchar la historia les preguntó: - ¿Qué enseñanza habéis extraido de este incidente? Los dos jóvenes se miraron y fueron conscientes de la importancia de las palabras que dijeran frente a su Gran Maestro. Buho Despierto fué el primero en hablar: - A pesar de las apacibles apariencias, no debemos confiar en nadie. Pequeño Saltamontes tragó saliva cerró los ojos y habló: - Hay que esperar lo inesperado. El Gran Maestro expulsó del Templo a Buho Despierto porque sabía que no serviría para reconocer almas y se esforzó en que Pequeño Saltamontes conociera toda su sabiduría. Pero yo sólo conozco Buhos Despiertos. Solución a los globitos comunicados Cuando se ponen en contacto dos globos de diferente tamaño por medio de un tubo que permita el paso de aire de un globo al otro, pasa aire del globo menos hinchado al globo más hinchado.Compruébalo. Es sorprendente. Hay un acertijo de números que me llamó la atención el año pasado cuando me lo contaron, por lo espectacular del último dato que daban. Dice así: Dos amigos se encuentran en un bar. Hablando de la vida, uno de ellos le pregunta al otro la edad de sus tres hijas, a la que el otro le contesta: “Mira, te apuesto una caña a que no lo averiguas, y como sé que te gustan los números, te voy a dar estos datos para que lo resuelvas. El producto de las tres edades es treinta y seis, y la suma de todas ellas es el número des portal en el que vives. Ni corto ni perezoso, el primer amigo, bolígrafo en mano, comienza a hacer sus combinaciones, y al cabo de un rato, le recrimina: “¡Eh!, que me falta un dato”. A lo que el segundo replica: “¡Ay, sí!, perdona, se me había pasado. La mayor toca el piano”. ¿Le pagó la caña? ¿Cuáles eran las edades? ¿Porqué eran esas y no otras? Hay premio de una camiseta al primer acertad@r que lo acierte, que buen acertad@r será. Pero virtual. La solución a la dosAquí tienes la solución a la adivinanza (2). Si no has desafiado a los guardianes y a la voz de ultratumba, éste es el momento de hacerlo. Vamos rétate y consíguelo. De todas formas ésta es la solución: La pregunta que hay que hacer a cualquiera de los guardianes es "¿Qué diría el otro guardián si le preguntara cuál es la puerta de salida?". Para escapar por la salida correcta hay que hacer lo contrario de lo que te responda... ¡Sí!, en cualquier caso. ¿AH, no?. Pues pruébalo. Pon a tu hermana la lista en una puerta y a tu suegra la malvada en la otra. Hazlas guardianas de forma alternativa de la puerta de la vida y de la puerta de la muerte y pregunta, pregunta. Aquí os dejo otra interrogante. Si hinchas dos globos, uno más que otro y los unes con un tubito para que el aire circule entre ellos. ¿Qué pasará? Adivina, adivinanza (2)Atención. Te estás jugando el acabar aquí tu camino. Has despertado en mitad de una habitación y observas dos salidas custodiadas por sendos guardianes. Una voz de ultratumba te informa que uno de ellos siempre dice la verdad pero el otro siempre miente y que, de las dos salidas, una te lleva a la perdición mientras que la otra te lleva a la salvación. Y además te permite una mínima posibilidad para escapar: Puedes hacer una sola pregunta a uno de los guardianes. ¿Cual? Adivina, adivinanza (1)Un señor que pesa exactamente 99 Kg atraviesa un puente que soporta exactamente 100 Kg para comprar dos barras de pan que pesan exactamente 1 Kg cada una en la panadería que hay al otro lado del río. Lo chulo de la historia es que consigue regresar a casa atravesando ese mismo puente con las dos barras de pan. Y la pregunta del millón es... ¿Qué profesión tiene el susodicho señor? Las rayas de las cebrasTambién podemos pedírsela prestada, aunque esto es más difícil porque son muy tacañas y no las prestan así como así. Solo lo hacen a los que hablan su idioma, pero hasta hoy, no sé de nadie que hable el idioma cebro. Pero escucha, hay una tercera posibilidad... Ven, vamos a un sitio donde podamos hablar flojito. La podemos robar. No te diré nunca cómo se hace, porque es un secreto y si te atrevieras a contarlo las cebras se quedarían sin rayas y morirían de melancolía. Tan sólo te diré que hay que hacerlo cuando duermen y esperar a noches de luna llena para así poder leer el principio de cada cuento y escoger el más interesante. También te diré que hay que tirar rápido y con fuerza para que la cebra piense que un mosquito le ha picado en el lomo y no se despierte. Pero no te diré cómo se despega el principio de la raya ni cómo estirarla sin que se rompa la historia. ¡Ah! ¿No lo sabías?. Las rayas de las cebras son tan negras y tan anchas porque todas las palabras del cuento están escritas sin espacio entre ellas y apiñadas, embrolladas y vueltas a amontonar una y otra vez. Tenemos que saber cómo desenrollarlas sin que se rompan y ése es el secreto mejor guardado que hay. Luego, cuando la cebra, que tiene mala memoria, cuente sus rayas no se dará cuenta que le falta una y no nos perseguirá. Y, ¿sabes qué?. Al cabo de un año, le crecerá una raya nueva, y entonces podremos volver a por otra. Pero necesito algo de ayuda. ¿Quieres venir conmigo? Y el puñetero que todavía no estaba durmiendo me dijo: - Sí, papi. |
Erase Una VezCuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama.
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