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Erase Una Vez

Sonrisas de la vida

Sonrisas de la vida

Algunas veces la vida me dedica una sonrisa que me hace quererla.

Como cuando mi mayor me dijo hablando del Quijote "Ah!, entonces tú eres Mucho Panza, ¿no?"

O como cuando mi pequeño me dijo "Papi, ¿Me puedo llenar de flores los bolsillos para llevárselas a la Mamá?"

o como cuando mi mayor nos dedica sus únicas canastas del partido de baloncesto

o como cuando mi pequeño le da por hablar y me atropella con cinco o seis historias que se inventa

o como cuando nos buscamos por entre las mantas

o como cuando os leo...

Piscinas de envidia

Piscinas de envidia

Está lejos, pero voy a su encuentro.

Entre dos aguas. Observo su cabeza primero, y sus dos hombros, sus caderas, sus rodillas, sus pies luego, como cuando admiras un buque anclado en una bahía, tú dentro del mar y el barco ofreciéndote la proa. Su cuerpo levita mágicamente suspendido y oigo cómo grita mi nombre sin pronunciar palabra. El pelo negro se le desparrama lento, dulce, como caen las nubes en dias de nieve.

Me acerco y oigo latidos en mi pecho.

A saltos emerjo y me sumerjo y veo las dos mitades del mismo cuadro, en el aire la primera, con ruidos de chapoteos y conversaciones que retumban, en el agua la segunda, con el silencio como cómplice.

Estoy llegando a su altura y descubro su paz y eso agranda mi envidia.

Estira los brazos. La adivino ahora crucificada, pero bocarriba, mirando al cielo. Sólo veo sus cabellos que descansan en el agua y no sus ojos que imagino reconcentrados en disfrutar de la tranquilidad del momento. Ella sigue haciendo el muerto, aislada del mundo, casi sonriendo a la vida. Y sin el casi.

Paso junto a ella, toco el final de la calle, giro y me impulso con mis pies en la pared de la piscina, viajo por debajo del agua y aparezco más allá de su reposo. No la he molestado. Pero ahora, mientras nado de espaldas para seguir espiándola, me doy cuenta que soy un incorregible mirón envidioso, y cuando termino el largo, yo también me crucifico y hago el muerto.

Ahora que empieza la temporada

Ahora que empieza la temporada

Somos como fresas y nata, todo mezcla, o como jabón y agua, que lavan. Algunas veces como cinturón y barriga que se sujetan aunque se opriman o como luz de luna y rayos de sol, que ni se pueden ver.

Pero como más me gusta es como lomito a la plancha y rebanada de pan tostadito con tomate, que hacen la boca agua, o como canción que extrae recuerdos y hace llorar o reir, según el momento y la canción.

Además, reconozco que como segurata de esta discoteca, no tienes precio. Ni como timonel tampoco, aunque sé que te mareas cuando navegas. Ni como directora de finanzas, ni como jefa del Departamente de I + D, ni como profesora de nuestros destinos.

Y ni como más cosas que me aburre decir por lo retórico... o porque no terminaría nunca, ya me conoces...

Lo sabes, ¿no?

Dichoso pelo

Dichoso pelo

La próxima vez que me corte el pelo le diré al peluquero que me afeite al cero. Así me podré sentir o como el bailarín calvo al que todo el mundo mira por raro o como el mimo alopécico disfrazado de arlequín al que nadie hace ni caso. Aún no le he decidido.

De paso le diré que me afeite algún resentimiento, sobre todo el que tengo contra el banco que me engañó con la tarjeta de crédito y el que tengo por culpa de un ex amigo y que me provoca dolores de cabeza. También le diré que me quite la idea de mirar con deseo a la vecina del primero, o al menos esa manía mía de dejar la boca abierta cada vez que la veo pasar. Y por último le diré igualmente que quiero depilarme la espalda a ver si me hace un buen precio y nos entendemos.

Lo que ocurre es que en esta casa el peluquero es mi mujer. Así que estoy pensando en callarme, no sea que tenga que dar varias explicaciones inexplicables.

Eso sí, espero que por un buen precio me depile la espalda. En eso creo que podremos entendernos.

Primavera

Primavera

¡¡¡Esto es increible!!!

Ya hay almendros en flor.

Sombras

Sombras

Todos en mi tierra saben que las sombras son tristes y oscuras y que no hay ningún remedio para sanarlas. Cuando las miras entran ganas de llorar y los niños más pequeños que tú les tienen miedo y se esconden cuando las ven pasar. Hay algunas verdaderamente terribles porque se desfiguran haciéndose más largas o más cortas cuando nos alejamos o nos acercamos a las luces. Incluso yo he visto que de una sola sombra nacen cuatro más, todas idénticas que te rodean amenazando con agarrarte de los brazos y convertirte en una de ellas.

Pues yo voy a pintar de colores tus sombras tristes para que no sean terribles y no sientan vergüenza de mirarse en los espejos. La tuya la pintaré de azul sol y de naranja manzana y la mía de verde mar y plata dorada. Les pediré que se den la mano y que den la mano a todas las que quieran abandonar el negro riguroso y vivir una vida de color. Les pediré que cambien los sustos por sonrisas, las malas miradas por suaves melodías y los agarrones de brazos por abrazos agarrados. Y una vez así, que me ofrezcan un gran abrazo abrazado y que me conviertan en colores irisados flotantes de inmensas pompas de jabón, de esas que tardan tantos años en caer y explotar en suelos de primavera.

Píderman

Píderman


Calentando motores...
"Ji, ji... Si me viera la seño Sorfanta vechstido de píderman... ji, ji."

Lugares

Lugares

Sueño con lugares cercanos donde se escuche a la hierba crecer, donde se escuche a las nubes viajar, donde se escuche a las gaviotas volar.

Sueño con lugares cercanos donde la noche se vista de día, donde la tempestad se vista de calma, donde las dificultades se vistan de alegría.

... Y sólo son pesadillas ...

Viajes de ascensor

Viajes de ascensor

Cerré la puerta doble del ascensor y pulsé el cero. Para entretener la espera me reflejé en el espejo y terminé por aplastarme un poco más el pelo, me supervisé la limpieza de los dientes, me guiñé un ojo y ensayé una postura seductora apoyado en la barra imaginaria de una cafetería imaginaria exhalando la última bocanada de humo imaginario antes de la total prohibición del tabaco en lo público.

El indiscutible vaho humeante que nació de mi garganta, síntoma de frío extremo, empañó el espejo y no me quedó más remedio que enfundarme el abrigo de piel de foca, suave y cálido, enguantarme las manos para evitar su congelación y cubrirme con el capuchón la cabeza y las orejas.

Ya preparado, recogí el arpón del suelo y comencé a buscar el rastro de los renos que había perdido ayer al caer la noche. Las huellas aparecían claras en la nieve. Había tenido suerte porque ninguna ventisca nocturna las borró. Los tenía cerca. Los presentía.

Decidí correr durante un pequeño tramo para entrar en calor, así que aseguré el cuchillo de caza con una fuerte tira de piel, muy al fondo de las botas y comencé a trotar como trotaría un muñeco de trapo por entre las nieves perpetuas de aquél desolado lugar.

Hice mal. Desperté la curiosidad de un pequeño oso que no debería estar merodeando por allí. Se acercó rápidamente por detrás, me trabó las piernas para hacerme caer y saltó sobre mí. De un empujón me lo quité de encima. Ahora corrí como un loco. Sabía que lo peor estaba por venir. Y, desgraciadamente, no me equivoqué. Mientras corría poniendo en mis piernas la gasolina de la desesperación, escuché una y otra vez el profundo rugido de la madre del cachorro repetido cada vez más cerca. Debía de estar orgullosa de que el bebé encontrara comida. El osezno aguardó a su madre para iniciar desde el principio una cacería en toda regla y experimentar el cobro de aquél animal tan extraño que huía empleando tan sólo dos patas.

La angosta entrada de una cueva, fácil de defender con el arpón, era mi única esperanza y un golpe de suerte al doblar a la carrera una pequeña colina helada me la ofreció en bandeja. Me iba la vida en aquellos cincuenta metros escasos que me separaban del agujero excavado en la pared de una gigantesca roca que se elevaba en mitad de la nada. Treinta metros y los osos los tenía pegados a los talones. Me quité la capucha y la lancé a un lado y la osa se desconcertó un momento. Lo suficiente para ganar diez metros más. Miré con pánico hacia atrás. La osa se preparaba para saltar. En el último instante esquivé el salto, la osa se resbaló y gané otros diez o quince metros. El sudor helado, los pequeños ojos desorbitados, la estrecha entrada del agujero. Lo podía conseguir. En dos zancadas me planté junto a la gran roca y me agaché para entrar en el escondite. Al mismo tiempo que preparaba el arpón, sentí que algo tiraba de mí y me arrojaba lejos. Aturdido me giré en la nieve con el arpón en la mano dispuesto a defenderme y la osa, de un zarpazo, me lo arrebató de las manos. No me quedaba otra que gritar, cerrar los ojos y esperar lo inevitable.

Se abrió la puerta del ascensor y me escapé al portón del edificio. El vecino del segundo me miró como se mira a los demonios y entró mascullando palabras hirientes. Huí calle abajo y entonces escuché un grito desgarrador y recordé que el vecino del segundo era más fondón que yo.

Pájaro de pico de oro

Pájaro de pico de oro

De una lucha entre dos nubes nació el pájaro del pico de oro.
Y como puedes suponer no era un pájaro vulgar.
Le gustaba la poesía y la música, las matemáticas y la química, y aunque no supiera dibujar, admiraba los vivos colores del arco iris, las blancas nevadas de las más lejanas montañas, los azules luminosos de los mares tropicales y las acuarelas vibrantes de los pintores de la tierra.
Tenía la costumbre de volar tan cerca de las nubes que rozaba a veces la luna y sus rayos plateados se entremezclaban con su dorado plumaje y al surcar las ciudades, escuchaba claramente los gritos de admiración de las gentes.
Se alimentaba de canciones que flotan en el aire, como las de las olas al romper en una cala rocosa, como las del viento al jugar con las copas de los árboles o como las palabras del juglar cuando escapan de sus labios.
Disfrutaba oyendo contentos, viendo la oscuridad y tocando perfumes.
Siempre andaba buscando inspiración para firmar tus más bellos deseos, tus mejores momentos y, no lo dudes, tus risas más sinceras.
Pero un mal cazador lo capturó en un peor sueño y todo se volvió gris.
Salgo a buscarlo siempre que duermo. Y también mis amigos y mis vecinos y todos los que leyeron el anuncio en el periódico. Algunas veces sueño feliz porque creo que lo recuperé, pero no. Sólo son recuerdos crecidos de los que me sembró el pájaro del pico de oro.
Pero esta noche sé que tú lo encontrarás y cuando lo liberes de la jaula del cazador, sólo le has de pedir que vuele lejos de los que le odien y que de vez en cuando, se acerque por tus sueños para engordarlos de cosas que te hagan sonreír, como ahora mismo, que mientras duermes, te alegras de soñar.

Adivina, adivinanza

Adivina, adivinanza

Hace un año y medio, mi vida giró de la noche a la mañana. Y fué un giro con dolor físico primero y psicológico después. Y fué entonces cuando tomamos una decisión (mi esposa y yo) y me lancé a un año vacío relleno de esperanzas, esperanzas de cambiar de vida, de poder querer a los míos con todo el tiempo del mundo, de recuperar cordura y serenidad y de retomar las sensaciones que perdí hace ya mucho tiempo (esas que todos guardamos en nuestra caja fuerte, esas que nos enternecen al recordarlas). Había una vocación aplazada (o no, según se mire) en la que intenté poner ganas e ilusión y que terminaba en examen. Como suele pasar en estos casos no salió. Pero no me preocupé. Había ganado más que perdido y eso me mantenía entero.

Seis meses más tarde voy a firmar un papel. Lo voy a firmar esta misma mañana, entre las diez y las once, y quedaré totalmente desvinculado de mi vida anterior y entraré en la nueva, por la puerta de atrás, con pocas horas a la semana, en algo que no llega a ser..., pero con mucha, mucha ilusión, porque al fin al cabo, aquí quiero estar.

¿Mis miedos? Mi fobia a la organización, a dejarlo todo para última hora, a llegar tarde o en el último segundo, a que no me entiendan ni yo a ellos.
¿Mis certezas? Que lo haré cada día mejor. Mi rápido aprender de perro viejo. Mis objetivos finales para con ellos.

Menudo pulso...

Seguramente mañana, cuando vuelva a releer este post lo borre. Ya sabéis, es un contar sin decir. Es jugar un poco a mi vida sin saber si realmente vivo. Es adivinar realidades imaginadas o si lo preferís imaginaciones reales. Además, a mi libreta le hubiera dicho más (aunque no de esta forma, lo tengo que reconocer)...

Veremos...


Me lo he releido hoy. Me gusta. Me es muy sincero y lo voy a dejar.

¿Dormís?

¿Dormís?

De entre la noche, escondidas las sombras, se revuelve el día. Hoy hay frío. Las nubes se tiñen claras allá lejos y tiritan rocío. Hoy hay calma. Los coches iluminan ráfagas de amanecer y pintan la noche adormecida de brillos. Hoy hay bello. Las manos buscan la piel desnuda entre las mantas para robarle calor. Hoy no hay. Me levanto y mis ojos se disparan a las manchas del techo y las recuentan. Hoy quisiera que hubiera. La bata, la leche, el niño, el otro niño, las palabras, las protestas, las risas, las regañinas, las peleas, las comidas, los invitados, la calle, la película, las caricias, el edredón, la noche (vuelve la noche). Hoy, cansancio. Nos sujetamos la cara con dedos de alas de mariposa, nos besamos con sabor a chocolate y nos olemos nuestros cuellos de limón hasta rendirnos al sueño.
Y viene ese momento de la noche. Despierto intranquilo en la hora de las brujas y mi compañero se viene conmigo a navegar un poco, a leer blogs y a escribir todo lo que se asoma al teclado, a comprobar a otros insomnes. Luego, casi cuando se cae el alba del cielo, me ataca el traicionero dolor de párpados y busco un edredón mágico que me reconduzca a la intranquilidad del sueño.
De entre la noche, escondidas las sombras, se revuelve el día. Hoy hay frío.

Sueño

Sueño

Soñé que era un adulto en edad escolar recién llegado a una clase de adolescentes y que se quería integrar como un compañero más. Pero cualquier intento de acercamiento siempre terminaba en un rechazo total y absoluto.

Un día la profesora ideó un extraño juego. Nos sentó en círculo para que todos pudiéramos vernos las caras y nos propuso que escogiéramos un objeto imaginario con las manos y que lo pasáramos al vecino. No se podía hablar. Sólo podíamos mirarnos a los ojos y hacer gestos para hacer ver lo pesado o lo voluminoso que era. Todos coincidimos que era un juego muy estúpido, pero como había que pasar la hora allí sentados, comenzamos a jugar. El primero le pasó al segundo de muy mala gana un objeto imaginario sostenido con manos temblorosas indicando así el gran peso que soportaba. El objeto fue pasando de mano en mano y llegó hasta mí.
"¿Puedo improvisar?" pregunté a la profesora.
"Sí, si son sólo gestos y no hablas."
Entonces, sin decir palabra, me levanté del asiento y golpeé con los nudillos una puerta invisible que debería de abrir el compañero vecino, por cierto, uno de los líderes de la clase. Como me miró desconcertado y sin saber bien qué estaba haciendo, volví a repetir el gesto, pero encontré la misma respuesta. Me encogí de hombros y me arranqué algo de las orejas y de los ojos y me sorprendí. Entonces, con una sonrisa, le pasé el “paquete” que ahora sí aceptó.

Habíamos terminado la ronda cuando la profesora pidió que explicara mis gestos al resto de los compañeros. Les chocó cuando solicité que los interpretaran ellos. Todos fabularon sobre puertas cerradas o visitas incordiantes rechazadas, pero les sorprendí otra vez diciéndoles que acababa de hacer un experimento. Callaron y esperaron curiosos a mis palabras.

“Veréis. Como sólo escuchaba silencio, tenía serias dudas de si estaba flotando en el espacio exterior de una nave espacial o no. Allí sabéis que los sonidos no se propagan porque está vacío, pero claro, aquello no podía ser porque respiraba, es decir, que por lo menos habría aire. Hice entonces el experimento de golpear mi pared para comprobar si estaba encerrado entre muros de algún rincón imposible y escuchar al menos los golpes. Pero no sonaron.

Entonces lo comprendí todo. Había algo que me impedía ver y algo que me impedía oír. Me quité las gafas negras impenetrables de mis ojos y me arranqué los cascos en los que sonaba la música de mi vida (tan alto que no podía dejarme oír la de los demás), y más tranquilo, regalé un paquete a mi vecino. Me hizo gracia que lo recibiera porque él tenía puestos cascos y gafas y a pesar de eso, supo recogerlo sin que se le cayera”.

No dije nada más y me senté.

Todos comprendieron que era así tal y cómo me sentía estando entre ellos, que había hecho el esfuerzo de acercarme pero no me dieron ninguna oportunidad. A partir de entonces...

Pero en fin, ya se sabe lo que ocurre en los sueños. Lo normal es que se nos escape el final por la puerta de atrás y no nos acordemos nada más que de lo impactante...

Solo que mi sueño fue una excepción...

Tsunami

Tsunami

Aquí hay direcciones interesantes. Ya sabéis de qué va. Si alguien tiene más, por favor que las ponga en comments y yo las subiré al post.

Para ayudar:
Cruz Roja: teléfono: 902 22 22 92
SCH: 0049-0001-53-2110022225
Intermón Oxfam: teléfono: 902 33 03 31
La Caixa: 2100 0765 81 0200111128
Caja Madrid: 2038 8978 10 6000172112
UNICEF: teléfono: 902 25 55 05
Médicos Sin Fronteras: teléfono: 902 25 09 02
Médicos del Mundo: teléfono: 902 286 286
La Caixa: 2100 4466 99 0200020000
BSCH: 0049 0001 59 2810010006 (ref. Asia)
Cáritas: teléfono: 902 33 99 99
Save the Children: teléfono: 902 01 32 24
Santander Central Hispano: 0049 0001 52 2410019194
Caja Madrid: 2038 1004 71 6800009930
La Caixa: 2100 1727 12 0200032834
BBVA: 0182 5906 88 0010020207
MPDL (Movimiento por Paz): teléfono: 91 429 76 44
BBVA:0182 5906 83 0010003334
Caja de Madrid: 2038 1005 10 6000754525
Acción contra el Hambre: teléfono: 902 10 08 22
SCH: 0049 0001 59 2810090000
Manos Unidas: teléfono: 902 40 07 07
SCH: 0049 1892 63 2210525246
Fundación Vicente Ferrer: teléfono: 902 22 29 29
La Caixa: 2100-3331-96-2200096273
Banco Popular: 0075-0283-22-0600311966
Bomberos unidos sin fronteras: teléfono: 91 46 71 216
Caja Madrid: 2038-0603-28-6006434259
Entreculturas: teléfono: 902 44 48 44
SCH: 0049-0496-81-2410194617
BBVA: 0182-5906-82-0201510322
Ayuda en Acción: teléfono:902 402 404
La Caixa: 2100-2262-13-0200206814
Caja Madrid: 2038-1052-40-6000724418
SCH: 0049-0001-50-2610020001
BBVA: 0182-5906-83-0201507377
CECA: 2000-0002-24-9100530704
Banco Popular: 0075-0001-84-0606696673

Información recogida de el mundo

También podéis mandar un SMS al 343 con la palabra AYUDA. El coste íntegro de la llamada (0.90€) irá a parar a la Cruz Roja. Esta campaña se llama "Un puente solidario", está promovida por Antena 3 TV y colaboran Telefónica Moviestar, Vodafone y Amena.

Tsunami 2

Tsunami 2

Buscando una imagen para ilustrar el anterior post alejada de los dramas humanos escabrosos que suelen recoger las fotografías de una catástrofe, tropecé con ésta que me llegó al corazón, me conmovió tanto que me bloqueó por completo y me hizo soltar una lágrima de amargura.
También me hizo reflexionar en lo que tenía. Me hizo temer la muerte imprevista. Me hizo sacar mi rama cobarde de querer morir yo primero para ni siquiera sospechar ese tipo de dolor. Me quebró el alma.

Quisiera gritar calladamente algo a ese padre para consolarlo. Pero no se me ocurre nada.

Esta foto era portada del Arizona Dayly Star y de otros más. Autor: Arko Datta / Reuters.

Dulce Navidad

Dulce Navidad

Me pillaron desprevenido. Un bajón de autoestima y una buena dosis de aborregamiento tuvieron la culpa de todo lo que ocurrió y aunque no lo deseaba me vi inmerso en la vorágine de la Navidad.

Me explico.

El asunto comenzó cuando encontré la caja que todos tenemos en casa para agasajar con más o menos fortuna los solsticios de invierno. Sin saber ni por qué, ni cómo, la abrí y comencé a tragar luces de árbol a tal velocidad que no pude distinguir color alguno (excepto las azules, que es el color más bonito) y prendieron en mi cuerpo bombillitas rojas, amarillas, azules, naranjas, verdes y violetas. Tampoco distinguí entre las tradicionales, las leds ni las de fibra óptica. Estaba omnibulado y todo lo consentía.

Comenzaron, entonces, a colgarme bolitas rojas brillantes, cintas de colores, estrellas rutilantes y calcetines de Papá Noel. Me conectaron a un simple enchufe (fue tan fácil como hundir los dedos en él) y tras una sensación eléctrica, un escalofrío brillante que me erizó los pelos de la nuca, di comienzo a un lento parpadear en colores, medroso al inicio, con confianza y ritmo después. Mis hijos jugaban con el programador de luces para hacer el parpadeo más o menos frecuente, con mas o menos intensidad, para que se encendieran primero las rojas, luego las amarillas, luego las verdes ...

Lo que más me emocionó fue cuando se olvidaron el programador y jugaron conmigo a viva voz.
- Papá, enciende sólo las verdes... ahora, las violetas... y ahora intensifica las verdes, quita brillo a las violetas y márcate un parpadeo suave de naranjas y amarillas... y ahora, cuando aplauda, me quitas brillo a las amarillas en las manos, le das intensidad a las naranjas de los pies, parpadea las de las orejas en todos los colores y bailas. Esto último me lo ordenó mi mujer, que le estaba encontrando el gustillo al tema.
Lo más complicado fue la posición en la que determinadas luces se encendían y apagaban al ritmo de la música del villancico de turno así como el cambio de color de una misma bombilla (¡¡Alaaaa!!!, el papi ha cambiado de azul turquesa a naranja chillón).
Lo más doloroso, cuando me pisaron dos dedos de la mano derecha y machacaron las bombillas de las uñas.

Pero no sólo encontraron estas utilidades.

Cuál fue mi sorpresa cuando me tumbaron en el piso y comenzaron a echarme tierra blanca, a ponerme espejos que simulaban ríos y sobre ellos puentes ancianos, a colocarme unas montañas sobre las que se edificaban casas lejanas, palacios infanticidas y establos con buey y mula incluidos. Además había Reyes que caminaban sobre mí montados en camellos. Pastores, cabras y ovejas campaban a sus anchas por mi barriga generosa. Un fuego prendido delante de una cueva, un ángel anunciando nuevas,un cagón haciendo honor a su nombre. Un matrimonio con su bebé en el pesebre. Y mucha nieve helada.

Aquella primera noche, me dejaron parpadeando en mitad del salón y al día siguiente se levantaron, me dieron los buenos días y me cantaron un villancico, me rompieron un par de figuras y metieron al todoterreno teledirigido para atravesar el río, el puente y las montañas.

A partir de entonces mi vida transcurrió de villancico en villancico, entre juegos de niños, mazapanes, cordiales, alfajores y turrones, copas de cava, comida y uvas, juguetes y otros regalos sin dejar de parpadear día y noche. Todos los que me contemplaban convenían en la buena idea que habíamos tenido, y esposas y niños miraban de reojo a maridos incautos que hablaban de sus cosas ajenos a amenazas veladas en forma de miradas de imaginación.

Y así sucedió todo. Nada más. Bueno, sí, se me olvidaba. Que cuando mi esposa y los niños me empaquetaron hasta la próxima Navidad me dieron un beso de despedida, así que nadie piense en desconsideraciones familiares.

El amuleto o tómate un café mientras lo lees

El amuleto o tómate un café mientras lo lees

El vecino de abajo tiene un amuleto que le da buena suerte. El amuleto es un señor hecho con palotes y de cabeza redonda que sujeta un arco iris entre sus brazos totalmente abiertos y que tiene separadas las piernas.
Como suele pasar en estos casos, cada vez que el vecino olvidaba su amuleto, le costaba tiempo y dinero resolver el día, pero, en cambio, a los que quedábamos en el edificio la vida se encargaba de demostrarnos su lado amable.
Como suele pasar en estos casos el secreto del amuleto era lo que el vecino mejor guardaba de su casa, pero no se podía decir lo mismo de su lengua, ni de su afición a la fiesta de unas cervezas frescas y unos pinchos de tortilla de patatas con unos boquerones en vinagre. El caso es que la gula y la cháchara le pudo al hermetismo y en cierta recogida de una cena de empresa {a la hora del aperitivo de la comida del día siguiente}, aprovechamos ese cuerpo abonado de alcohol y lo terminamos de sobornar con una especial helada y un pincho de los esponjosos, tiernos y calentitos.
El secreto que sabíamos que guardaba (a todos se nos notan los secretos ocultos que queremos gritar a los cuatro vientos), dejó de serlo. Además, en un despiste, una mano larga y golfa desposeyó al pirata de su tesoro. El efecto fue inmediato. Cuando la solidaridad vecinal lo acompañaba para arrojarlo a su piso deseosa de probar el invento, sufrió un coma etílico que le hizo resbalar por la ventana abierta de un quinto piso. Cuestión de mala suerte. O por lo menos eso se les dijo a unos policías rutinarios que cerraron el caso con excesiva rapidez. Y aquello fue, convengamos en afirmarlo, cuestión de buena suerte.
En la desafortunada caída, estuvimos presentes siete vecinos, por lo que el uso y disfrute de la fortuna se repartía a cada uno de nosotros una vez por semana. Pero claro, un día sin suerte no es lo mismo que un día con suerte, de ahí que no extrañará el fatal desenlace de nuestro anciano vecino del primero, que nunca tuvo problemas coronarios hasta aquél día. Ni tampoco el de la vecina del segundo, que nos abandonó por culpa de una salmonelosis extrema a pesar de ser vegetariana pura.
Hubo un pacto y un cambio de finca, pero no se pudo evitar que la del tercero comiera una seta venenosa de las que salen en los libros por llevar dibujada una calavera en su sombrero ni que el del cuarto pisara sin querer una cobra escapada de un circo próximo. Y fíjate qué casualidad que cuando el del quinto huía de las garras del destino en un viaje transoceánico, se mareara, perdiera pié y fuera hombre al agua pero nadie lo rescatara.
Hubo un nuevo cambio de vivienda y el vecino que quedaba y yo nos mirábamos con suma desconfianza porque no estaba bien el asistir a tantos óbitos en tan poco tiempo y sobre todo porque él era el del sexto y yo el del octavo.
Como no quise entrar en polémicas propuse una reunión en un edificio abandonado, terreno de nadie, con él a solas, ya sabéis, sin ningún guardaespaldas, pero grabándola en conexión directa y automática con la policía para curarnos en salud, aunque visto lo visto, esto último fuera un contrasentido.
Hablamos largo y tendido de nuestros vecinos, de sus accidentes, de su falta de fortuna y juramos nuestra mutua ausencia de implicación en ellos.
Todo sea dicho. Llegado a este punto, ni la ironía podía rallar cotas más elevadas ni la gelidez del ambiente podía ser mayor. Así que para mostrar mi buena voluntad y romper el maleficio de mi sospecha, le ofrecí el amuleto, se lo puse directamente en la mesa y me despedí para siempre de él asegurando que no me gustaría asistir a ningún óbito más. Asombrado porque mi generosidad le pilló a contrapié, se levantó y me sostuvo en un largo abrazo, que yo, sorprendido, le devolví. Con lágrimas en los ojos nos despedimos.
Cerré la puerta del edificio. Crucé la avenida. Me acomodé en el coche y fue entonces cuando el bloque se derrumbó. Arranqué y huí despacio.
Como suele pasar en estos casos no pude por menos que sonreír. Mi mano larga y golfa acariciaba el amuleto expuesto un solo momento a la vista de mi vecino del sexto y sustituido después por una falsificación tan buena que a pesar de atesorarla en su mano crispada en el último abrazo, no pudo notar diferencia alguna, ni de color, ni de forma, ni de peso.
Como se suele decir en estos casos, no me gustan los sepelios, pero si hay que ir se va.
Ahora, ya mayor, vivo en un edificio alto, y he de reconocer que para olvidar que guardo un secreto, bebo demasiado y que me encanta la cerveza helada y que tampoco le hago ascos a un buen pincho de tortilla, como esos que prepara la vecina del octavo, esponjosos, tiernos y calentitos. .

Ess

Ess

Hasta luego.

Holmes

Holmes

La afición favorita de mi abuela era apoltronarse detrás del balcón y ver pasar la vida. Reconocía a los presurosos, a los preocupados, a los que iban al bar, a los ennoviados, a los que no habían comido en todo el día, a los mentirosos...

Pero lo que realmente le gustaba era buscar los por qués a sus reconocidos. Una tarde que me senté un rato con ella jugó a adivina.

- ¿Ves el hombre de ahí enfrente? Dentro de poco, cruzará la calle, comprará en el estanco un paquete de tabaco, se encenderá un cigarro y saldrá corriendo.
Como si la hubiera escuchado, el hombre hizo lo que ella le predijo. La boca se me abrió un palmo y la miré entre escandalizado y asombrado tal y como se mira a una bruja, así que me contentó con una sencilla explicación para quitarse de encima mis asustados ojos.
- Ese hombre llevaba palpándose la ropa un rato con un mechero agarrado en una mano. Seguramente el paquete de cigarros lo dejó olvidado y por eso se compró uno nuevo. Salió corriendo porque llegaba tarde a su trabajo en la ferretería, dentro de cinco minutos.

Adivinó también la presencia de un ataúd en la calle en cuestión de minutos, y no se equivocó. Y es que vio que al tío Juan, su hermano, interrumpir la partida de cartas en el bar y, acompañado de tres cariacontecidos vecinos, entrar en su casa, que a la vez le servía de negocio: una funeraria.

Adivinó que dos novios se habían peleado porque a pesar de mantener las apariencias, circulaba mucho aire por medio de ellos, e imaginó que seguramente lo dejaran porque por la mañana había visto tonteando al novio con la hija de la panadera, y en el barrio todo se sabe y en cuestión de honores de faldas no había perdón.

Adivinó que un anciano (más que ella) no comió aquél día porque no se movió del banco de la plaza del barrio ni para entrar en casa, e imaginó que no tendría nada en la despensa (¿para qué entrar si no tengo comida?). Cuando llegó su hija cargada con una enorme cesta de esparto, le faltó tiempo para meterle mano allí mismo y llevarse a la boca un trozo de pan.

Se distraía imaginando vidas, viviendo sueños de otros o dominando existencias. Le costaba andar y raras veces salía de casa por eso se aferraba al mirador.

Allí constaté las dotes de observación de mi abuela, su profundo conocimiento de las rutinas del barrio, y sus acertadas predicciones. Era un poco mi particular Sherlock Holmes.

Largo Instante

Largo Instante

Entrecerré los párpados hasta que mis pupilas se convirtieron en noche oscura.

Entreabrí los labios suavemente y me acosté en los suyos.

Entrelazamos después nuestras lenguas que jugaron al escondite, a buscarse y a descubrirse, a explorarse y a atragantarse.

Y en ese largo instante fluyeron de mi garganta versos enamorados, temores infundados, cariños atrasados, conversaciones pendientes, alegrías reprimidas, calor entusiasta, manos posesivas, lunas brillantes, soles negros, amores distantes, amores próximos, amores incomprendidos, amores incomprensibles, melodías dulces, discusiones suaves, susurros estridentes, portazos que duelen, verdades mentirosas, verdades como puños, verdades a la cara, verdades terribles, verdades amables, trampas visibles, explosiones justificadas, silencios injustificables, un día entero, una vida alejada, un te quiero falso, un te amo sin palabras, un guiño cómplice, un ponte más cerca, un aquí estoy.

Entresacamos nuestros pensamientos, desenredando nuestras lenguas.

Entrevimos nuestros ojos, alegres.

Entremezclamos nuestras piernas llenas de deseo.

En un largo instante.