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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006. MJ![]() Añadí un dedo de ginebra al Martini, unas gotas de zumo de limón y unté el borde del vaso con el mismo limón que había exprimido. Las aceitunas rellenas, una en cada extremo del mondadientes acabaron el aperitivo. Luego, lo mezclé con un poco de música, un poco de lectura y me hundí en el sillón durante hora y media, disfrutando de un momento de soledad. Entre página y página me vi hablando con esa amiga que se tiene a los quince o dieciséis años de la que estás enamorado hasta las lágrimas, que te habla como si fueras su hermano porque sabe que tu mejor amigo es su novio y para ti ella es intocable... o tal vez por eso, a ver si provocando me dejo llevar, a ver hasta dónde soy capaz de aguantar. Me agarró una noche de los pelos y me obligó a decirle a otra que me gustaba, pero se lo dije mirando a sus ojos, sin apartarme de su cara. La cosa acabó cuando acabó el verano, se reanudó durante el siguiente verano y acabó en el verano de los diecisiete cuando, teniendo vía libre, no me atreví a decirle que la quería. La idolatré y la comparaba con las que iba conociendo y como nuestra imaginación es tan poderosa y consigue que las diferencias entre dos personas lleguen a convertirse en defectos, me fui alejando de todas las que conocí. Un día, mucho después la vi por la calle. Esperaba el autobús. Iba con su hijo. Los mismos ojos grandes y grises que te devoraban cuando la mirabas, la misma sonrisa, el mismo pelo largo, muy rizado y alborotado, los mismos latidos locos en mi pecho, secretos, veloces, el mismo sonrojo, la misma estupidez en mis gestos y en mi hablar. Trató de que introdujera una compañía de seguridad en el polígono en donde yo trabajaba. No la he vuelto a ver. No sé. Esta noche me ha dado por pensar en ella, pero no me ha latido con fuerza el corazón ... Será por el Martini... 04/01/2006 02:37 Autor: eraseunavez. Enlace permanente. Tema: Cosas casuales blogeras Hay 6 comentarios. Licántropo![]() Pagué al conductor el billete y me arrinconé contra la ventana en un asiento de los del centro con la esperanza que los otros pasajeros, o siguieran hasta el final o se quedaran al principio, dándome una paz que reclamé desde que me caí de la cama aquella misma mañana. El autobús arrancó. Clavé la cabeza en el cristal frío y sentí cómo una sangre nueva me invadía. Cerré los ojos y sonreí. Esa paz enemiga se volvió amiga, y recorrió todo mi cerebro para hacerlo más grande y mejor. Recorrió mis brazos y mis piernas, mi pecho y mis espaldas para hacerme grande, fuerte, merecedor de la felicidad. Y el bullicio de la gente, lejano, inaudible, se convirtió enseguida en cataratas de gritos, en estampidas de carreras locas y en terrores de pesadilla. No quise despertar de mi felicidad y bostecé aullando, molesto por la insignificancia de los que gritaban y los lamentos crecieron desde ambos lados del autobús. Abrí los ojos repentinamente, me levanté y protesté violento con un alarido para que callaran todos de una buena vez y dejaran de molestar. Me encontré con manos extendidas hacia mí, luchando contra mi aliento, luchando contra el huracán de mis labios, arrumbados entre un desbarajuste de ojos desorbitados y de dientes que sobresalían de sus gargantas. Sus gargantas... Me apetecía quebrarlas. El autobús osciló hacia un lado y hacia el otro, mecido por la avalancha de gente aterrorizada que trababa las puertas intentando escapar de algo incomprensible (que yo no veía en ningún sitio por mucho que buscara alrededor como un demonio enjaulado). Me enfurecí y chillé como no lo había hecho hasta ahora y mi mirada fué un lanzallamas que paralizó el aire, lo vació de oxígeno y ahogó todos los espantosos llantos que peregrinaban errantes mortificando mis agudos oidos. Husmeé todos y cada uno de sus olores, y todo se agolpó en mi cerebro, tan receptivo en esos momentos. Mi fuerza se triplicó y sentí estallar mis músculos debajo de la ropa. La felicidad fué completa. Ya no se oía a casi nadie. Quizá algún incomprensible lamento, pero que ya no importaba. Me calmé y dí las gracias a todos por su comprensión. De reojo, observé que la saliva que había empleado en callar a toda aquella gente, me goteaba por la barbilla y caía encharcando el suelo seco. Daba igual. Seguía elevado en mi felicidad. Y me senté cerrando los ojos. Creían que no los escuchaba, pero los percibía claramente. Se apresuraban en abandonar el autobús con cuchicheos sobre una fiera dormida, sobre la suerte de que no tuviera hambre, con palabras de terror temblorosas. Incluso el conductor. Se estaba bien allí, sin ruidos, de noche, en mitad de ninguna parte, con la luna llena, antes invisible por la contaminación espesa de la ciudad. Se estaba bien. Sí. Me quedaré a dormir aquí, en mitad de ninguna parte. ¡Qué paz! ¡Qué feliz quedo! La vidaLos juegos se han inventado para que siempre pierda. |
Erase Una VezCuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama.
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