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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2006. La pecera![]() Hoy he entrado de nuevo en la habitación. Esta vez, al asomarme por el agujero, una succión me ha arrastrado dentro, me ha revolcado, dado la vuelta, y un movimiento peristáltico me ha conducido a ella. Me sentía como tragado por una serpiente y veía perfectamente las contracciones de su cuerpo, que por dentro era rugoso, rojo, retorcido y sin fin jugando con mi oposición al avance, con mi terror a llegar al fondo. Me daba asco por lo viscoso de sus flujos devoradores y no dejaba tregua en su empeño por acercarme a donde me negaba con todas mis fuerzas a llegar. Clavaba mis uñas en las paredes carnosas para detenerme y poder escapar, y eso era lo que más le complacía, mi lucha por sobrevivir. Entonces segregaba más excreciones hasta ahogarme y apretaba con fuerza sus paredes juntándolas, haciendo el vacío y hundiéndome cada vez más hacia la oscuridad final, que no era otra cosa que la entrada a la habitación. Mi pesadilla empezó en ese momento. La luz se transformó de oscuro tunel rojizo a suave cielo pastel, y las nubes de aquel terrible cielo se llenaron con peces bobos, simpáticos, de labios gruesos permanentemente abiertos, boqueando burbujas vacías de un aire marrón que me envenenaban dulces la boca y los ojos. Todos los peces nadaban en aquella secreción viscosa hacia mí, despacio, inexorables. Cada uno de ellos era de un color pastel, como queriendo hacer juego con aquel perverso cielo: rosa pálido, amarillo pajizo, verde mar, naranja difuso. Demasiados fijaron su vista saltona sobre mí. Sus panzas se arrastraban por el suelo y su dorsal era alto, sin orgullo. Dentro de ese agua insalubre sudé, temblé de miedo. Un pez verde sorbió mis pies. No sentí nada. Sólo grité y mi grito se perdió entre el silencio de esas burbujas vacías. Pateé y conseguí soltarme. El pez reventó y todo se cubrió de una masa negra y espesa, y si queréis, llamadme loco porque os voy a asegurar que hasta debajo del agua la pude oler. Todo mi cuerpo se saturó de aquel olor a podrido. Y todo aquella masa podrida se dispersó entre los demás peces que sin cambiar su expresión ni su rapidez en el nado, aprovecharon para nutrirse del que fue su compañero. Parecía como si estuvieran esperando su estallido, como si todos ellos supieran que su fin era estallar y rellenar de negror podrido aquella pecera. Braceé cuanto pude para escapar de aquella peste y fue cuando noté que de un insoportable tirón me arrancaron un trozo de carne. Casi llorando miré qué me comía. Alcancé a ver, en mitad de un violento remolino una pequeña serpiente con la cabeza hundida en mi estómago devorando todo lo que podía. Y me reí. Me reí en medio de mi llanto porque al ver esa serpiente hurgándome, recordé las imágenes de aquellos espermatozoides que son los primeros en llegar al óvulo, coleando furiosos de puro contento por haber cumplido su objetivo. Volví a gritar y a dejar escapar burbujas grandes como sandías porque lo que ví se asemejaba a la nube de espermatozoides que queda rodeando el óvulo cuando es fecundado, sí. Pero no se trataba de espermatozoides que morirían al cabo de unas horas aceptando su triste destino, sino de una bandada de compañeras de la que me estaba engullendo dispuestas a sobrevivir a costa de mí. Cara![]() Tengo una cara que me sigue. Tenéis que saber que es una cara desvergonzada porque siempre se anda riendo en voz alta, hasta en las peores situaciones. No se calla ni cuando vamos en bicicleta a trabajar. Por ejemplo, la Señora Martínez, la vecina del tercero, tuvo un pálpito al pasar por delante de la administración de lotería del barrio, así que entró y se compró un décimo pensando en el primer premio. Lo fue pregonando por todas las tiendas (lo del pálpito y el décimo del primer premio digo) y como la gente la veía tan convencida y le ponía tanto entusiasmo en lo que le iba a cambiar la vida, tuvo tanta envidia que empezó a pensar lo que siempre se piensa en estas situaciones, que viene a ser algo como "¿Y si fuera verdad?". Tantos pensaron lo mismo que todos se lo creyeron. Y como se puede imaginar por supuesto que todos compraron un décimo. El lotero Geremías (con G, como los Jeremías italianos) ante la avalancha de peticiones, consiguió todos los décimos de la provincia del mismo número y aún más de alguna otra ciudad distante. Hasta él mismo se quedó con toda una serie y la guardó como tesoro de mucho valor en la cajita de seguridad de uno de los bancos del centro, esa de la que ni siquiera su mujer sabía que existía y que estaba pegadita, pegadita a la que tenía su mujer, esa de la que ni siquiera el Geremías sabía que existía. El último en sentir el pálpito de envidia de la buena vida, fui yo y acabé en la administración de lotería del Geremías con el susodicho cuento del pálpito y del décimo del primer premio, que yo también lo había sentido. La cara, que en ese momento se partía de risa detrás de mí, me puso en evidencia porque me dejó por mentiroso y aprovechado, y el Geremías (con G como los Jeremías italianos) le hizo coro y se rió a gusto porque ya no le quedaban décimos y me soltó un décimo de un número feo, feo, (con deciros que empezaba en 0 y terminaba en 00 os haréis una idea). Yo, para no hacerle el idem (el feo) le pedí seis décimos. La cara que me sigue lloró de risa cuando los pagué y como al Geremías le faltó tiempo para publicarlo en el barrio, la gente me señalaba con el dedo cuando salía de mi pisito e iba al súper a conseguir comida, al kiosco a por el periódico, cuando sacaba a pasear a la tortuga (bueno no, cuando salía a pasear con la tortuga, siempre lo hacían), o cuando iba a comprar churros (sí, hasta el churrero) y se burlaban hasta hartarse, y encima, la cara, les acompañaba cantando una canción que hablaba de un torpe comprador inútil que gastó dinero fútil en conseguir su enésimo y difícil décimo que comprado con apremio, resultó ser bohemio. Me pongo muy triste al recordar todo aquello. Ahora me he tenido que ir del barrio porque no soporté las risitas que la cara que me sigue dedicaba a la gente cuando salíamos a pasear (ya sabéis, a los que me señalaban con el dedo). Ni tampoco la triste carcajada que le soltó al Geremías (con G, como los Jeremías italianos) al pasar por delante de la administración, y, bueno, cuando nos encontramos con la pitonisa Martínez (es que ahora llaman así a mi vecina del tercero), me avergonzó de tanta risa que le entró. La muy caradura provocó la situación más embarazosa de toda mi vida. Por eso me he tenido que ir del barrio. Ahora saco a la tortuga a pasear por mi piscina y muchas veces lo hago en moto. El mayordomo me dice que estropeo el césped, y oigo cómo la cara que me sigue se ríe del mayordomo. A veces no sé cómo nos aguanta y no se nos despide. Yo creo que en fondo me tiene cariño, y no como el Geremías (con G, como los Jeremías italianos) que se reía de mí y de mis cosas. Esos días...![]() - Mire usted... Que me ha venido la regla. No, si ya se que no tiene nada de extraordinario que a alguien le venga la regla, ya lo se. Pero oiga, en mi caso, un poco casi que sí... - Verá... es que es la primera vez. - Y es que tengo cuarenta años. - Y es que soy hombre. El médico me escuchó impasible y a continuación escribió una dirección en un papel, y con un garabato por firma, unas tristes palabras de consuelo y una mal contenida ironía cuando habló del extraño virus que asola a las gentes durante esta época del año, me quiso despedir. Me hice el remolón y entonces me recetó también Nolotil, "por si los dolores menstruales", me dijo, y se levantó, me levantó, me puso la mano en la espalda y sin parar de hablar de hacer unos análisis para dentro de una semana, ("a ver la evolución"), me empujó fuera de la consulta y llamó al siguiente enfermo de la lista, un señor bajito y delgado con cara de estreñido y a punto de llorar. Y allí me quedé, en mitad de una sala del Centro Médico, rodeado de señores con caras de estreñidos y a punto de llorar, con una dirección, con una receta y con cara de asombro. Volví a casa. "¿Cómo que una dirección?... Tú estás tonto. ¿Y no le has dicho que qué te pasa? ¿Qué cómo se cura? ¿Qué si es para siempre?.... ¿Cómo que no?... Tu estás tonto". Tras estas dulces palabras de apoyo a mi problema, mi mujer me mandó a la dirección de marras con un último y prudente consejo. ("¡¡No vuelvas hasta que no lo soluciones, calzonazos!!") Cuando llegué, una multitud aguardaba que la tragara unas enormes puertas de un enorme edificio que se abrirían de un momento a otro (según un señor con cara de estreñido y ganas de llorar) y que, seguramente, eruptarían con fuerza después de tal banquete. Como siempre pasa en mis enfrentamientos con las multitudes que viajan en la misma dirección que yo, me sentí apretujado al principio, luego aplastado y finalmente, cuando rehusé entrar e intenté dar la vuelta, aprisionado entre varios cuerpos que me teletransportaron hacia dentro a pesar de haber levantado los pies y mantenerlos en el aire sin rozar siquiera el suelo. Al entrar y descongestionarse la pelota de gente, aterricé en un gran salón que ocupaba toda la planta baja del edificio. Excavadas en las paredes y cada cuatro o cinco metros se distribuían ventanillas lo largo de la habitación salpicadas de vez en cuando por puertas de madera macizas que accedían a habitáculos repletos de funcionarios. (Pues sí, era un edificio institucional) Una vez dentro y en un despiste de la marabunta, me arrojé en brazos de una de aquellas ventanillas tras la cual, la consiguiente funcionaria me miraba expectante. - Oiga, es que me ha venido la regla. - Ventanilla treinta y cinco. - ¿No me oye? ¡Que me ha venido la regla! - Ventanilla treinta y cinco. - Es que el médico me ha dado esta... - ¡¡Que-se-vaya-a-la-ventanilla-treinta-y-cinco!! Y como no puede ser menos, la ventanilla treinta y cinco era la única con una cola enorme que serpenteaba por todo el edificio. La cola la integraban señores con cara de estreñido a punto de llorar. Al cabo de las tres horas y cuando creí que me cerraban, llegué a mi destino. Un amable funcionario me pidió que le describiera con exactitud y detalle el problema, cosa que hice gustoso y emocionado al mismo tiempo, porque, por vez primera, un ser humano sería capaz de escuchar sin reservas y abiertamente mis problemas menstruales.
- Ya está. No me diga más. - Oiga, si no he empezado a hablar. - ¿Ha rellenado la declaración de Hacienda? - No. - Está usted acojonado porque tendrá que pagar y eso le tapona el tiroides lo que le provoca un funcionamiento hormonal desfasado. Usted necesita rellenar la Declaración de la Renta, que le saldrá a pagar. Pero no se preocupe. Mire a su alrededor a todos estos señores con la misma cara estreñida que tiene usted. Pasa en esta época. Usted pague y no se desasosiegue, verá cómo todo volverá a su cauce. Ahora vuelvo a casa a recoger las retenciones, los papeles del préstamo y los papeles del catastro. Me supongo que me esperará mi mujer, así es que me voy a pasar por la farmacia, ya sabéis, a por el Nolotil. pintores![]() Necesitaba el color de tu alma para pintarme por dentro. Necesitaba atravesar esa alegre sonrisa de ojos tristes y bucearte. Y tu me gritas al oído todo lo que necesito para pintar pero no te escucho. Y eso que ni siquiera tengo ya la venda que no me dejaba escuchar. En una azucena colgabas tus horas muertas y me pinté de perfume blanco. Me equivoqué. Luego te vi hablar con el mar y me tizné de azul espuma diamante. Me equivoqué. Mas tarde ofreciste al sol tu rostro y me cubrí de polen dorado y dulzón. Me equivoqué. Ahora no te pienso. Te has ido. Porque aunque estés ya no estás. Por eso te has ido. Y eso que estás. O puede que a lo mejor me haya ido yo. Sí, será eso. Ahora he encontrado un gris marengo casi negro. No se si me equivoco... Hola...¿Me dejas tenerte un poco conmigo? Salir volando Ayer necesité viajar. Así que me subí a las aspas del ventilador del dormitorio de mi chiquillo y lo conecté. Salí volando por la ventana y he comprobado que es mejor que ir en bici porque se ve todo desde las alturas y aunque te mareas un poco y si asciendes mucho te falta el oxígeno, de verdad que merece la pena. Todavía no he vuelto, claro, porque los viajes de altos vuelos deben ser largos y bonitos. ¿Os gustan las vistas? |
Erase Una VezCuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama.
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